Microcuentos y haikús de Milton Puga

Pieter Bruegel


Bon appétit!


Es verdad. Mis parientes golpearon al misionero con un garrote. Luego lo guisaron y finalmente se lo comieron en una cena muy animada. Sólo dejaron los zapatos. Actualmente están en el museo de la aldea, dentro de una caja de cristal. Desde entonces las cosas no han marchado bien para nosotros. Han pasado más de cien años y todavía dependemos de la pesca y la recolección de frutas para alimentarnos. No tenemos hospitales, escuelas ni caminos. Por eso organizamos la cena de aniversario. Para pedir perdón, para sacudirnos esta maldición y para reconciliarnos con nuestro turbulento pasado. Afortunadamente los familiares de la víctima no nos guardan ningún resentimiento. Entienden que éramos –y en cierta forma continuamos siendo– unos pobres salvajes. Aceptaron de inmediato la invitación, a pesar de la distancia y las dificultades para llegar hasta aquí. Fue una jornada memorable. Muy temprano en la mañana realizamos la visita al museo. Le pedimos perdón a la familia delante de los zapatos del misionero. Hubo discursos, lágrimas y tiernos abrazos. Al atardecer, en una playa de blancas arenas encendimos una fogata sobre un lecho de piedras para guisar pescado. El crepitar de las llamas iluminaba los rostros. Sentados en torno al hogar extendíamos nuestras manos para tomar el alimento. El tataranieto del infortunado misionero estaba junto a mí. Con sus finos dedos desgarró un trozo de carne de nuestro pez más sabroso, me miró a los ojos y me lo ofreció con una sonrisa. Se me hizo agua la boca.



Razones de peso

Los animales salvajes dedican toda su vida a devorarse entre sí. Esto a nadie le sorprende. Pero yo no soy un animal. Soy gorda y por eso me desprecian. A los seis años ya pesaba cincuenta y cuatro kilos. Quizá me temen. Deben pensar que puedo abalanzarme sobre ellos para morder sus miembros atléticos y bronceados. En cierta forma tienen razón. Mi boca siempre está al acecho. En ocasiones, cuando he vaciado la despensa de mi casa, he tenido que asaltar los refrigeradores de mis vecinos. Esto apena mucho a mi mamá. Ella es muy delgada. Cuando me sale a buscar, siempre trae consigo el cinturón de papá. Es muy ancho y muy largo. Y pega fuerte. Ahora último me cuesta salir. Tengo que hacer un esfuerzo para pasar por la puerta. Desde la ventana de mi pieza observo a la gente. Son todos delgados y hermosos. Especialmente las chicas de mi edad. Una vez me crucé con un grupo de ellas. Llevaban regalos y vestían con primor. A la distancia escuchaba su conversación. Iban a una fiesta de quince años. Decidí seguirlas. Después de caminar un trecho se detuvieron frente a una puerta y llamaron. Les abrió una mamá encantadora. Por la puerta entreabierta me llegó el dulce aroma de una torta. Bizcocho remojado en caramelo, con crema de naranja y adornos de mazapán. No pude contenerme. Corrí con todas mis fuerzas. Justo antes de llegar, la puerta se cerró. Me desplomé en la acera, vencida por el esfuerzo y aplastada por mi propio peso. Del otro lado de la puerta me pareció escuchar algunas risas.


 
Academia

“El arte es largo, la vida breve.” Lo sabemos por experiencia. Muchos han partido sin haber visto concluida nuestra magna obra. Yo soy el más joven. Tengo noventa y siete años. Hace setenta años nuestros predecesores comenzaron a trabajar en la novena edición. Actualmente vamos en la letra P. Debemos proceder con extrema cautela. Desde hace algún tiempo se ha incrementado la presión para introducir neologismos. Con frecuencia se nos acusa de elitistas e inútiles. Se dice que demoramos indefinidamente la conclusión del diccionario para seguir aprovechando privilegios y prebendas. ¡Atolondrados! ¡Insensatos! ¡Temerarios! Cada mañana me ajusto el monóculo y reviso los titulares de la prensa. Allí asoma la avanzada de la barbarie contra la cual luchamos desde nuestro alto sitial. Esas pobres mentes se han dejado esclavizar por la necesidad más inmediata. En los titulares, con porfiada insistencia, se repiten las mismas palabras. Pocas y pobres palabras. Esta sola circunstancia bastaría para justificar nuestra existencia y, por qué no decirlo, también nuestros privilegios. De no ser por nuestra labor, ¿quién podría develar a las gentes sencillas la belleza profunda que oculta la etimología de la palabra “pabellón”? ¿O la secreta afinidad que vincula a los términos “yugo” y “cónyuge”? ¿Quién sino nosotros podría poner de manifiesto la infinita sabiduría contenida en refranes como “En tierra de ciegos, el tuerto es rey”?

 


 
 
 
---Haikús---

Una araña en

el cielo teje contra

viento y marea.

*
El viento ruge.

En los nidos se eleva

una oración.

*
Montón de tierra.

Pájaros silenciosos.

Último adiós.

*
Paseó su color

en la sombra y en la luz.

Volando se fue.
 
*

Del otro lado,

el viento hincha sus alas.

Es la libertad.

*

Nuevas canciones.

Los pequeños ángeles

despiertan el día.



*



Milton Puga

Rancagua, Chile, 25 de noviembre 1960.

Profesión: Diseñador Gráfico.

Oficio: Publicista.

Vocación: Lector que escribe.

Desde diciembre de 2011 reside en Temuco, en La Frontera del Reyno de Chile, donde asesora a empresas e instituciones en gestión de marca y comunicación estratégica.

Un libro publicado: Amanecer, Sudamericana, 2003; doce relatos de ficción.

Tiene la esperanza de publicar pronto otra docena de cuentos con el título Reverso.

Cultiva la microficción. 
 
 
 
 

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