Microrrelatos de José Gimbel


András Kőrössy



Cualquiera


Cualquiera podría pensar que aquí no pasa nada.

Ese mismo cualquiera podría pensar que los días transcurren unos detrás de otros, que se reproducen miméticos en lo esencial unos detrás de otros, y que aquí no pasa nada. Claro que también es cierto que cualquiera —y cuando digo cualquiera, es cualquiera— se equivoca. El alfabeto de la memoria, la suma total de pelucas y corbatas de todo el universo, corrobora el error: nadie sale indemne del gran espectáculo de la vida.



Una ventana


Para su cumpleaños pidió una ventana. No una mirilla, no, una ventana. Y una nueva a poder ser, porque con ella quería ver un mundo nuevo. Su suerte no debía de ser de las peores, porque se la regalaron, pero —y hete aquí el maldito pero de siempre— el cristal no debía de ser de muy buena calidad, habida cuenta de que aparecían constantemente fragmentos del viejo mundo: hombres que buscaban el origen de su llanto en lejanos lugares, un loco que intentó envolver el silencio con abrazos, los delicados pulsos de unos amantes que, uno contra otro, sonaban al mismo compás, y un grupo de niños fieros y diminutos que mantenían a raya a los demonios con engaños y travesuras. En resumen, nada nuevo bajo el sol.



El hombre de su vida


Todo hombre tiene un componente importante de ficción, y este hombre, el hombre del que les vamos a hablar hoy, aun a pesar de tener sus buenos huesos y su buena porción de carnes, no era una excepción en lo que a invención se refiere.

Para empezar, hay que decir que este hombre tenía nombre. También hay que decir que este hombre estaba en un hotel que también tenía nombre. Así pues, tenemos un hombre, dos nombres y un hotel. Pues bien, este hombre cogió su identidad a cuestas y se subió a la azotea del hotel con la sana intención de fumarse un cigarrillo y tirarse al vacío. Ahora bien, si tenemos en cuenta que es el lugar el que crea al individuo, no es debiera extrañar el hecho de que, en ese mismo instante y en esa misma azotea, una tal Mariana, que se disponía a apagar su cigarrillo y volver a sus labores en la cocina, viera aparecer en esas alturas al que tenía toda la pinta de ser el hombre de su vida.


*


Del libro:

Golpes de calor, José Gimbel, Libros al Albur Ediciones, Sevilla, España, 2015


José Gimbel (Madrid, 1959) es licenciado en filosofía y trabaja desde hace años en la Comunidad de Madrid, en el área de la formación. Anteriormente ha publicado Elogio de las letras (2013) y Diccionario Ideológico Personal (2015). 
 
 
 

4 comentarios:

  1. Hermosos , gracias buen amigo es el que comparte y tu lo eres , abrazos

    ResponderEliminar
  2. Muy buenos amigo...golpe de calor...jejjjejjje

    ResponderEliminar
  3. Muy buenos amigo ....golpe de calor ....jejjejjjje..

    ResponderEliminar

No se aceptan comentaristas anónimos.