Microrrelatos de Arnoldo Rosas

Christine von Diepenbroek





EN ESTOS DÍAS


En estos días, al cruzar la calle, al encender un cigarro, al bebernos una merengada, al salir de la iglesia, al regreso del mercado, al terminar el café: ¡Hola, Muerte, cómo estás!



VENGANZA


A veces, mi mujer se orina en la cama. La humedad siempre me despierta en medio del mismo sueño: estoy ahogado a veinte metros de la paya. Alzo la cabeza desesperado, y, en la oscuridad, no distingo nada. Jadeo. Tiendo a levantar los brazos suplicando auxilio y, sólo entonces, distingo las velas que alumbran la estampa del Corazón de Jesús. Humillado, giro a mirar a mi mujer: sonríe, perdida Dios sabe dónde.

Salgo del dormitorio a fumar en el balcón. La noche no apaga mi furia. Estoy cansado de estos juegos. Despertarla ya no es venganza. Lloraría de pena un rato, cambiaría las sábanas, un beso de perdóname, el sueño y el olvido. Prefiero masturbarme y llenarle de semen la dormilona. No soy capaz de hacerlo. Me conformo con arrojar a la calle una de sus figuritas de porcelana.

Después de la cena descubrió la ausencia del adorno. Extrañada, ha recorrido la casa sopotocientas veces. Abre gavetas. Remueve las cosas de los clóset. Sacude las ropas. Se hala los cabellos. Es divertido oírle preguntar si lo he visto, si me acuerdo de él. Me lo describe. Conteniendo la risa, respondo que no, que nunca lo he visto.

Diariamente hago desaparecer algún objeto. He sacado incluso la mesa del comedor y el sofá de la sala. Siempre es gratificante verle la sorpresa en los ojos agigantados, en el apuro por ingerir el tranquilizante, en los nervios que le impiden encender el cigarro.

Estoy por marcharme. Mi venganza estará sellada cuando, algún día, uno de nuestros amigos más cercanos le diga, por esos extraños juegos de la memoria, que no, que siempre la ha conocido soltera, que yo nunca existí.



COMO EN EL FRÍO


La mujer abrazó al bebé y lo arropó con la sábana contra su pecho como si lo protegiera del frío y no de las balas que escupían las ametralladoras de los policías que vinieron a rescatarlos.



TAL COMO LA QUEREMOS

Toda buena fiesta, toda agradable reunión, termina en la cocina. Cinco remodelaciones, y una próxima en la mente de mi esposa, la mantiene a nuestro gusto: siempre perfectible.



DOMINGO EN PATINETA


La niña en patineta acompaña el trote del padre por el malecón. Habla del colegio; de los profesores que le gustan; de los compañeros de clases. El padre jadea por el ejercicio, pero anima a la niña a continuar la plática. Él llegará a casa, se bañará, y seguirá la rutina del domingo hasta el lunes por la mañana. Ella conservará este recuerdo por siempre o hasta que el Alzheimer los separe.



*

ARNOLDO ROSAS (Porlamar, Venezuela 1960), ha publicado los libros de relatos Para Enterrar al Puerto (1985), Olvídate del Tango (1992), La Muerte No Mata a Nadie (2003), Sembré los muertos (2013) y De amores y domicilios (2014); la novela corta Igual (1990) y las novelas Nombre de Mujer (2005), Uno se acostumbra (2011), Massaua (2012) y Un taxi hasta tus brazos (2015). 

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