Lugares de K, por Lilian Elphick

Foto: Lilian Elphick



K en La Mancha

K, Don Quijote y Sancho Panza frente a los molinos de viento.


Don Quijote: —¡Ataque!

K: —¿Yo?

Don Quijote: —¿No vino aquí a desfacer agravios?

K: —Vine a La Mancha porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Hermann Kafka.

Sancho: —Ése caballero vive más al norte, señor K, donde hay ríos llenos de truchas y bosques encantados.

Don Quijote: —Vamos a buscarlo y nos olvidamos de estos gigantes de brazos largos.

K: —Pero, yo vengo del norte y él no está allí.

Sancho: —Seguramente es otro norte el que usted buscó.

Don Quijote: —Tiene razón el escudero: hay muchos nortes. ¡Andando!

K: —Yo tengo una brújula y el norte es siempre el mismo. Mire.

Don Quijote y Sancho: —¡Válgame Dios!

Don Quijote: —Usted es nigromante, K, y no nos había dicho nada.

K: —Soy escritor igual que su amo.

Sancho: —Mi amo no tiene amo, ¿o sí?

Don Quijote: —El único escritor soy yo, ¿acaso sois ciegos?

K: —Usted es un personaje creado por Don Miguel de Cervantes Saavedra.

Don Quijote: —Ha perdido el norte irremediablemente, K. Deme el aparato y finiquitamos el asunto. Usted se va por aquí y nosotros, por allá. ¿Le parece?



K entrega la brújula a Don Quijote.




K: —Ya no la necesito. Llegué al territorio de mis sueños y no me di cuenta. Ahora, debo ir al sur.

Sancho: —Si desea podemos acompañarlo, ¿no es cierto, mi señor?

Don Quijote: —Con la condición de que me llame “escritor” y no “personaje”.

Sancho: —Y que cuando diga “¡Ataque!”, usted ataca sin más ni más.

K: —Muy bien, señores, haré lo que piden. Dicen que en el sur hay volcanes activos y unos seres barbados que escriben historias mínimas que me encantaría leer. Ahí puede estar mi padre.



A Juan Armando Epple y Pedro Guillermo Jara 
 
 

Dibujos de F. Kafka


K en el espejo

Gregorio: —Buenas noches, K.

K: —…

G: —¿Estás ocupado?

K: —Un poco, sí.

G: —Entonces, lo dejamos para otro momento.

K: —No, no… es que no puedo dar con el final.

G: —Ah, el cuento que escribías anteayer.

K: —Exacto. Iba todo tan bien, la historia fluía como el agua, pero no he sabido rematarla.

G: —Fácil. Efecto dominó. Es la única forma. Vamos, atrévete a clavarle las banderillas al toro.

K: —No quiero irme por ese camino. Sería trivializar la historia; el final debe ser abierto.

G: —Los cobardes usan finales abiertos.

K: —Bueno, dejémoslo hasta aquí. Veo que estás de mal genio.

G: —No ves nada, ése es el problema. Te ciega tu propia imagen reflejada en el agua.

K: —¿Narciso yo? Ja…

G: —Todo escritor es narciso. No he dicho nada fuera de lo común. Lo que tienes que hacer es entregarte a tu personaje, ser él, ¿se entiende?; es decir, ingresar en la ficción sin ningún temor.

K: —Es lo que yo hago.

G: —Temo que voy a contradecirte, K. Tus historias son autobiográficas.

K: —¿Y las tuyas?

G: —Sé salirme del mundo; en cambio, tú no tienes ese don. Tus textos son crípticos, los escribes para ti mismo. Toda tu escritura es un maldito diario de vida. Salirse del mundo significa que los demás puedan conmoverse con tu literatura, con tu fábrica de ilusiones.

K: —He leído muchísimo más que tú, insecto execrable.

G: —Y no asimilaste nada. Si hubieras entendido, tu escritura sería de todos. ¿O es que hay una diferencia entre leer y escribir?

K: —¡Por supuesto!

G: —¿Ves? Eres más tonto que un zapato. Nunca, entiéndeme, nunca vas a llegar a ningún sitio.

K: —Estás loco. Cuando se te pase tu enésimo cruce de cables, avísame.

G: —No puedes hacer finales. No te da el seso, pequeño farsante.

K: —Imbécil, vas a ver…

G: —Imbécil, tú. Y no me amenaces, mentiroso de mierda. Siempre lo supe, ¿o crees que nací ayer?


K rompe el espejo. 
 



K en la grieta


K conversa con Gregorio en el despacho. Este espacio será circular; un escritorio, papeles, una lámpara, un sillón verde, una maleta, una ventana sin cortinas. La luz deberá ser muy tenue. Se oirá el canto de los grillos.



K: — Se hace tarde, debes partir.

G: —No quiero irme, K; si lo hago, desapareceré.

K: —Ya te pedí perdón, sólo tienes que salir por esa grieta.

G: — ¿Tú crees que pidiendo perdón solucionas todo? ¡Mírate! No eres más que una mentira. A fuerza de costumbre soy más real que tú: vivo tu vida con la experticia de los monstruos, respiro tus sueños y lo que mejor sé hacer es…es…

K: — ¡Basta! ¡No permito que me hables así!

G: — Y lo mejor que sé hacer es hablar, K, sí, hablar.

K: — Lo tuyo es sonido aberrante, chirrido, balbuceo incomprensible. Tú crees que hablas un lenguaje pleno, pero no haces más escupir la realidad.

G: — Tus huesos sonarán como cascabeles en una Europa que nunca será tuya *, K.

K: — Morir es lo de menos, estimado. Y Europa ya está destruida.

G: —Vamos, no te pongas melodramático; recuerda que no soy tu antagonista.

K: — Eres lo peor de mí. Ah, si era cosa de no escribirte, de no moldearte en mi fisura delirante.

G: — Pero lo hiciste; asúmelo y revierte la situación.

K: — ¡¿Cómo?!

G: — El que debe partir eres tú. Ahí está tu maleta. He colocado tu camisa favorita y tu traje.

K: — ¿El azul marino con botones dorados?

G: — Sí.

K: — ¿Y adónde me dirigiré?

G: — Eso yo no lo sé.


K tomará la maleta y se sentará en el sillón. El escenario comenzará a girar. El sonido de los grillos irá decreciendo; se escucharán gritos, disparos, bombas, aviones, sirenas. Gregorio se acercará a K y le dará un beso en la frente. K se abrazará a sus piernas. Lento apagón.



* Frase de Sergio Astorga en una carta.


A Natalia



Textos pertenecientes a K, de Lilian Elphick

***

Lilian Elphick (Santiago de Chile)

Ha publicado: Relatos: La última canción de Maggie Alcázar (1990) y El otro afuera (2002). Microrrelatos: Ojo Travieso (2007); Bellas de sangre contraria (2009); Diálogo de tigres (2011); Confesiones de una chica de rojo (2013) y K (2014). Dirige la revista Brevilla, junto a Patricia Nasello y Sergio Astorga. Mantiene el blog Ojo Travieso desde 2006.
 


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