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RUBÉN GARCÍA G.: «LAS RAZONES DE PASÍFAE»

 

Giulio Romano

LAS RAZONES DE PASÍFAE

Tengo tres días de haber parido al minotauro. El cuerpo lacerado y la matriz desgarrada me duelen, como si estuviera pariendo de nuevo.

El cuarto es sobrio: una ventana pequeña, una mesa con agua y frutas frescas que Dédalo me hace llegar desde la huerta del palacio. Como madre y reina, ordené que solo yo le amamantara. Todos lo ven como un monstruo; para mí, es solo mi hijo.

Antes de dar a luz, Minos llegó a mi dormitorio para echarme en cara el ultraje.

—¿Estás disfrutando del embarazo? —dijo, irónico, cruzándose de brazos.

—Todos se disfrutan, aunque causen dolor; es nuestra matriz dadora de vida. Es el instante donde la madre se eleva a la altura de los dioses.

—¿Debo entender que te sientes satisfecha? —me miraba fijamente.

—Por supuesto que sí —le contesté, enfrentándolo.

—¿Cómo puedes hablar así? Eres la comidilla del pueblo; exigen que te recluyan o que te expulsen de Creta de por vida. —Alzaba la voz, ignorando a la servidumbre.

—No tienes que gritar para que entienda. Piensan así porque no saben que cambiaste el toro nevado de Poseidón por otro cualquiera de tus pastizales.

—Eso lo sabías tú y el cuidador nada más.

—¡Ingenuo! ¿Acaso piensas que Poseidón no lo notaría? ¿Que Helios no ve cada rincón? Su venganza cayó sobre ti, no sobre mí. Yo fui solo un medio para castigarte. ¿De verdad creíste que Poseidón, quien te otorgó el reino de Asterión, se quedaría cruzado de brazos? ¿Que Afrodita no me hechizaría para sentir esa pasión desbordante por el toro, por orden de Poseidón? Y mi dolor no será por las rupturas o el sufrimiento del parto. Mi mayor herida es saber el destino que le aguarda.

Nada duele tanto como ver a un hijo condenado. Duele más que la muerte de un ser amado, porque el futuro se despliega ante ti y solo puedes implorar a los dioses que se apiaden de él. Mi cuerpo podrá sanarlo mi hermana Circe con alguna pócima, pero mi alma de madre... no habrá dios que me consuele. Moriré llevándome la pena de saber que el minotauro encontrará espinas y garfios en su vida. ¿Y qué culpa tiene él? Yo fui solo un vehículo; el origen fue el engaño y la decepción de Poseidón hacia el gran Minos.

 

EL REGALO Y SUS CIRCUNSTANCIAS

Todos los días mi padre viene por mí. Hoy salí temprano y, en vez de esperarlo, fui a su negocio. Lo vi deslizar su mano por el talle de la empleada. Se dio cuenta de que lo vi.

Ahora, en mi cuarto, no puedo dejar de pensar. ¿Le digo a mi madre? Me repito que deben ser figuraciones mías, que quizás estoy malinterpretando. ¿Y si se separan? Siempre he sido su princesita. No sé cómo sería mi vida sin su cariño. Mi padre me procura, me da lo que necesito, me lleva de vacaciones. Tampoco me imagino tener un padrastro.

“Su mejor amiga debe ser su madre —dice mi maestra—. Tienen que contarle todo”. Es cierto, nadie me quiere más que ella. Pero, ¿contarle lo que vi?

—No se lo merece —exclamó mi madre—. Sus calificaciones dejan mucho que desear.

—Es para que se aplique más —dijo mi padre, dándome la caja con el móvil que tanto había pedido.

—¿Te ha gustado tu regalo? —me preguntó días después.

—No tanto —le respondí, devolviéndoselo—. No es el que te pedí.

 

TODO CAMBIA

Ayer vi a Frankenstein salir de una sala de maquillaje. Se acomodó un rulo frente al espejo de un centro comercial y lucía una cabellera dorada y reluciente que terminaba en una colita de pato. Lo seguí hasta una sala de espera, donde departía con un grupo de clientes. Les confesaba, entre risas, que él era un monstruo, y todos reían hasta romperse la mandíbula. Esperaba su turno para una manicura.

Yo soy el Hombre Lobo, salvaje y desaliñado, y por mi olfato reconocí que era Frank. Lo reproché con un gruñido que resonó en la sala, babeando sin parar por su actitud delicada y burguesa. Para calmar mi enojo, di media vuelta y me fui a perseguir los carros que velozmente pasaban por el bulevar.

 

SOLEDAD

En la calzada solitaria, un niño roto tirita, como una sombra que se desdibuja bajo la furia del cielo. Me jala la gabardina y extiende la palma de la mano. No me pide una moneda; me pide un abrazo. Me detengo, respiro, y lo cubro.

 

EN EL DESPUÉS

La sábana color madera se tendía impecable. La luz solar, filtrada por los vidrios, proyectaba un tablero sobre la cama. Ella era una reina blanca, sus vetas canela bronceaban su pecho. Él, un alfil de ébano que sudaba copiosamente. Aún dormidos, soñaban la batalla.

 

EL GEN

Sintió la presencia de otro ser similar, y aprovechando una contracción puso el cordón alrededor de su cuello. Después de la cesárea, sólo uno de los gemelos lloró.

 

LA FUGA

Los dedos del pianista alcanzaron una velocidad de vértigo. En un rondó de arpegios que semejaban alas en movimiento, las manos escaparon hacia el cielo.

 

KILLER

Tumbado en la hamaca, entornando los ojos y rascándome las lonjas de la panza, espero pacientemente al tiempo para matarlo.

 

AÚN TE FALTA OLER EL MAR

No sentirás dolor, le dice el médico a mi esposa. Estoy cubierto por sedantes y analgésicos. Afuera, el perro aúlla; ¿será presagio o buen deseo? Respiro con dificultad; el frío me cala hasta el tuétano, y, aun así, sudo, como si mi cuerpo expulsara el filo de lo que me daña. No tengo dolor, no tengo dolor, me repito, tratando de ser un paciente disciplinado, como si con ello me diese ánimo.

En medio de esta confusión, sueño. En el sueño, un aroma a hierba triturada me envuelve; el olor es intenso. Llega como descarga, el hipo. En un destello, veo a Don Agustín, con sus ochenta y tantos años, señalando a su sirvienta con un dedo calloso: «¿Usted cree? Esta vieja dice que si tengo hipo por un día es señal de que me voy a morir».

Sigo en el sueño, pero las voces de afuera se filtran. Mi esposa, al escuchar mis quejidos, me toca la frente con su mano tibia y temblorosa. «Está agonizando», murmura con un hilo de voz que se quiebra.

«Es puro hipo, mamá», responde el benjamín, el hijo que más amé, con esa mezcla de inocencia y certeza que solo un púber puede tener. «Ya acabó, mamá. Ciérrale los ojos ahora; si no, quedará con los ojos abiertos. Así descansa él, y nosotros también».

El silencio se rompe con un sollozo distante, un lamento que parece venir de otro mundo. Es la voz de mi madre, desde algún lugar, que susurra con tono firme y sereno: «Aún no es hora. Cierra tus oídos y llénate de vida; vuela entre las montañas, entrégate a las olas del mar y surge como un pájaro que lleva en el pico los aletazos de un pez».

Años después, mi esposa me dirá: «Sentimos que te morías». Su mirada estará cargada de algo más que recuerdos.

***

Rubén García García

1946 en Álamo Ver. Mex. Médico, egresado de la UNAM. Las experiencias en el servicio social son importantes en su narrativa ya que muchas historias están ambientadas tanto por el paisaje como por la cultura del sitio. Ejerció la medicina privada. Como trabajador de la salud estuvo en contacto con poblaciones y supervisando las unidades de salud dispersas. Ejerció como maestro en la facultad de medicina y actualmente está jubilado por la Universidad Veracruzana.

Es Importante en su trayectoria su inclusión a Ficticia.com. donde obtiene los elementos para comprender la brevedad. Acepta que le fueron enseñados, desinteresadamente por maestras pacientes y capaces.

Publicaciones (algunas)

Revistas electrónicas: Piedra y nido, Brevilla, inmediaciones, ficticia.

Antologías: Eros y Afrodita en la minificción, (Ant. Dina Grijalva) El libro de los seres no imaginarios (Ant. José Manuel Ortiz Soto) Cien fictiminimos (compilador Alfonso Pedraza) Cuentos pequeños GRANDES LECTORES (Ant Agustín Cadena Amélie Olaiz) Contribuye en educación básica en  “Proyecto mundo para todos” 2007 Puerto Rico ediciones sm Sexto año. “Pluma y lapiz” 2005 Puerto Rico, ediciones sm.

Libros: Historias de amor y muerte (edición privada), La seña del murmullo Editora BGR y La danza de las fuerzas, de próxima publicación en Editora BGR (2025.

La revista Brevilla dirigida por Lilian Elphick me da la alegría y el honor de exhibir algunas de mis ficciones. Mi agradecimiento a ella y a sus colaboradores.  

 


 

MARTÍ LELIS:«HORIZONTALIDAD DE LOS ESPEJOS»

 

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ESTO NO ES POEMA

 

Toda pesadilla tiene el encanto de la poesía. No se interpreta el sueño, sino el relato del sueño. Entre el poema y el mito, desperté por si moría del otro lado. Tener el temple para contar el horror. Donde acecha rampante cualquier deseo, vas y sueñas. Quién te viera despierto, tan callado de día y tan de noche taumaturgo (si no es que dios de los antiguos). Digo que desperté. Y ya era tarde. No había tiempo para poemas. Que florecieran. Pero el cuento sí. Día laborable. Ahora ya no comparto los cuentos. Impertinencia de contar los sueños, las pesadillas, los ensueños. Soliloquios que me digo sin reglas, sin canon, para que sean lo que quieran ser. Si fueran poemas, estarían rotos. No hay tampoco hilo argumental.

 

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LA PLUMA

 

Si bien su aspecto era repugnante, no terminaba de parecerme un detalle interesante la pluma Mont Blanc prendida a la bolsa de su camisa. Estaba bien que fuera zombi, que se agitara ante mi presencia con frenesí alimenticio, pero no lo iba a dejar que me mordiera. La pluma llevaba inscritas sus iniciales y lucía como nueva. Enajenado como estaba, la pluma se reducía a mero ornato.

Un día comencé a codiciar la pluma, a imaginar de qué modo me haría de ella sin ponerme en peligro durante la empresa de arrancarla del pecho de este zombi que veía casi a diario desde que comenzó la epidemia. Al final desistí porque imaginé al pobre zombi en soledad, en su guarida, iluminado por destellos de lucidez pasajera, queriendo escribir su historia o una carta para alguien que extrañara al que fue antes. Ahora ya no me fijo en la pluma y cada vez que veo al zombi, me pregunto si alguien lo echa de menos, si ya habrá comido ese día.

 

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TENDEDERO DE DOMINGO

 

En el marco de un domingo, prendo con alfileres la orilla inusitada de un poema y se queda pegado a la pared, no se mueven sus palabras. Haría mejor si lo tendiera al sol de un abril agonizante al lado de mi ropa repetida de poeta, entre mi pantalón y los cinco pares de calcetines; la hoja donde las palabras limpias habrán de agitarse al mediodía. Al ocaso, la ropa en los cajones y, sobre mi escritorio, el poema y sus arrugas, un crujir de papel apenas tenebroso, cosechas de un poeta en chanclas que ha metido en el papel las manos delicadas de una casi niña, que ha cambiado el monstruo del laberinto por un héroe de mitología. Mejor que lleguen mayo y la canícula para seguir poniendo espuma en las palabras, enjuagarlas y dejarlas secar al sol, papeles, hojas sueltas, jeroglíficos para futuras hojarascas.

 

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HORIZONTALIDAD DE LOS ESPEJOS

 

A veces quisiera no haber caído en la trampa del lenguaje. Vivir más con los por qué en los labios, como un temblor, un balbuceo, y no como palabras. Haber perdido todos los poemas y ganado en el número de la esperanza. Este lenguaje, no haberlo adquirido. Este lenguaje donde duelen los huesos prisioneros de la carne, y la lengua es la terrible mariposa que aletea en las sienes y crees ingenuo en su palabra. No ves que se trata de la muerte. Por eso, a veces lo quisiera en ruinas, rescatar del polvo símbolos de piedra para nuevos himnos en donde la noche baje del cielo al suelo, y pueda caminar sobre el espejo horizontal de mi ensueño, en silencio, libre, ser nada más que un hombre sin palabras.

 

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AFORISMO

 

Existen erizos de mar, pero el aforismo es una ostra: irritada por un grano de arena, forma una perla, y a veces vas y la pescas.

 

 

EL QUE INVENTÓ LAS MOSCAS

 

Viajé desde el principio de la vida a las orillas del agua. Nada pisaba la tierra ni volaba. Cuando al fin salieron de mares y ríos, había que devolver los ingredientes de lo vivo al lugar de su nacimiento.

Dejé mi huella en callejones, casas en obra negra, basureros a cielo abierto; en ciudades sin ley y pueblos olvidados. Fui persiguiendo guerras y hambrunas, nacimientos explosivos de volcanes y los restos de tsunamis. Visité selvas y bosques, playas pestilentes.

«Ése quién es. Qué busca», murmuraban. Me confundían con un saqueador de cadáveres. Mi vestimenta oscura y mi maletín de aluminio, aún les impone respeto.

Yo removía carroñas en búsqueda de una solución efectiva. Y lo logré. No sé si estaré al final de los tiempos. Lo vivo me provoca. La mosca es mi criatura.

 

 

VIDA ÍNTIMA DE LOS LIBROS

 

Todos los días, en bata y con pantuflas, se instalaba en el sillón de respaldo alto de su biblioteca y leía. Todos los días, el niño hurgaba en la basura de las casas ricas buscando algún mendrugo. Así vivió realidades amables y terribles, como si él fuera el protagonista. Su cara sucia y los cabellos tiesos, bajo las uñas mugre, sus dedos encontraron un libro entre los deshechos pestilentes. De tiempo en tiempo tiraba a la basura los que ya no leía. Tocó a la puerta y le abrió un viejo en pantuflas, los dos se miraron con un libro en la mano. «¿Tiene más?», preguntó el chico mostrándole el respetable tomo desechado. Era su oportunidad. Lo invitó a pasar, le mostró su vasta biblioteca. Al niño le brillaron los ojos y su estómago hizo ruidos. El viejo le invitó un pan y un vaso de leche. Le obsequió sus amados libros infantiles. En la puerta lo despidió satisfecho y fue a sentarse frente a la chimenea, donde continuó exultante la lectura. El pequeño atravesó el dédalo de calles, y llegó feliz al depósito con su pesada carga, en tanto el viejo ya dormía con una sonrisa. El niño salió del tiradero con un puñado de monedas: ojalá pagaran un poco mejor el papel por kilo, pensó. Y entró de nuevo al laberinto.

 

*

Los textos que van numerados son parte de la serie «Epifanías de bolsillo», de Marti Lelis.

 

***

Marti Lelis(Ciudad de México, 1968).

Escritor mexicano radicado en Tlaxcala desde 1975. Es Licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATx), lugar donde actualmente practica la docencia en Literatura y es el bibliotecario responsable de la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras.

Sus textos de ficción literaria han aparecido publicados en diarios locales y nacionales (La Jornada Semanal); también en revistas electrónicas como: Penumbria - Revista fantástica para leer en el ocaso y Revista Anapoyesis (revista literaria de ficción especulativa).

Ha sido antologado en libros como Cien fictimínimos (Ficticia, 2012), Alebrije de palabras (BUAP, 2013), y Cuentos pequeños, grandes lectores (Cofradía de coyotes, 2014). A propósito de San Juan y otras miniaturas (ITC, 2016) es su primer libro publicado. Antologado en el libro Cortocircuito (BUAP, 2018). También hay textos suyos en los siguientes libros digitales: PequeFicciones (Parafernalia Ediciones Digitales, 2020); Mosaico (Parafernalia Ediciones Digitales, 2020); Minimundos (Dendro Ediciones, 2021); Microscopios (Editorial digital EOS Villa Argentina, 2022); Una 44 con ocho balas. Antología minificcional de género negro (Editorial Kañy, Argentina, 2022) y Contra toda violencia (Editorial Kañy, Argentina, 2023).

En 2022 se publicó su primera novela, La noche fragmentada, en edición digital, Editora BGR, España, 2022.

En 2015 fue ganador del «Premio Estatal de Cuento Beatriz Espejo 2015» del estado de Tlaxcala por la obra A propósito de San Juan y otras miniaturas.

En 2016 obtuvo el «Premio Estatal de Poesía Dolores Castro 2016», del estado de Tlaxcala, por la obra Salvar caracoles con palabras.

 

 


 

SAID RAMÍREZ: «LOS TERRIBLES BLUES DE GUAYAQUIL»

 




 

Los terribles blues de Guayaquil

Intrincados son los caminos de la creación artística. Stefan Kral, escritor checo radicado en Ecuador, solicita a un fotógrafo mexicano la difícil tarea de crear un Libro de Pequeño Formato inspirado en la identidad de la ciudad de Guayaquil. Esta nanonovela es una historia sobre aquellos que viven el misterio de la creación desde lugares fuera del centro y del orden. Escrita con un lenguaje transparente y con un sentido rítmico de la composición, tan directo como lúcido en su brevedad, Los terribles blues de Guayaquil plantea un viaje singular a partir de una historia aparentemente sencilla, gracias a la cual se atraviesan experiencias sobre el arte y el extrañamiento en nuestra época, siguiendo el verso de José Emilio Pacheco: «El que se va no vuelve aunque regrese».

 

Algunos textos:

 

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Ayer no pude fotografiar. Lo que quería capturar nada tenía que ver con el Libro de Pequeño Formato y esta cámara no era mi herramienta de oficio sino una plataforma de despegue de mis cohetes iconográficos.

 

*

Desde el centro de Guayaquil, siempre estaba listo para mirar y disparar. Desarraigado, caminante eterno, a veces en bicicleta, sabía observar la ciudad y moverme en ella. Transitaba con destreza entre los soportales de la memoria urbana, así como en los experimentales pasajes del arte. ¡Click!

 

 

*

Una llamada telefónica confundida, que parecía provenir desde más allá del mar, me perturbó y me hizo inquietarme por una nube de testigos ¿Quién era él? Me pregunté antes de dormirme. Esa noche soñé que un hombre moría enredado entre manglares.

 

 

*

La noche anterior me detuve en un punto muerto y exasperado subí a la terraza a pedir una nueva botella de whisky, pues mi imaginación giraba en el vacío como un satélite sin cosmonauta.

 

 

 

Said Vladimir Ramírez Téllez (1991, Guerrero). Es Licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Guerrero y Maestro en Humanidades por la misma universidad. La literatura ecuatoriana contemporánea, en particular la Generación del 30 focaliza el centro de su interés académico. Ha publicado ensayo en revistas indexadas, participado en congresos en diversos estados de la república, y realizado estancias de investigación en Ecuador. Es miembro del comité editorial de La Manticora Revista de Humanidades. Como autor ha publicado el libro de cuentos Como cazar al tigre (La tinta del silencio, 2019). Gusta impartir talleres de cuento y poesía. Actualmente cultiva la pasión por la fotografía, los pequeños formatos y las técnicas antiguas como la cianotipia. En sus ratos libres cosecha los azules del trópico. Su nuevo libro, Los terribles blues de Guayaquil, es una novela que dialoga con el blues y la fotografía, entre México y Ecuador.

 

 


 

ALEXEI MENDOZA: «NANOTEORÍA»

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LÁGRIMAS ARTIFICIALES

 

Por fin su pedido había llegado, lo pidió por internet y tardó dos meses en llegar. Era tan sólo un frasquito de 15 ml, con la leyenda lágrimas artificiales. Por supuesto, las farmacias de la ciudad donde vive también venden gotas oftálmicas, pero no esa marca, no ese frasquito. Ansioso, lo probó de inmediato, sus ojos sintieron alivio, la comezón se había ido. Empezó a llorar, primero lágrimas lastimeras, lágrimas de cocodrilo. Surgió un llanto desconsolado, de ruptura y desilusión. Lágrimas abundantes, ya no artificiales, sino que provenían desde lo más profundo de su ser. Después de un rato se calmó. Tomó el lápiz, dispuesto para ese preciso momento, y comenzó a escribir El Poema.

 

LECTURA DOMINICAL

 

Don Alberto es un coleccionista, pero no uno cualquiera,pues busca objetos de complicada categoría. Su colección es difícil de definir. Reúne piezas incompletas, entre más pequeñas y difíciles de identificar, mejor. Para él son un acertijo mental: ruinas, indicios, minucias, fragmentos que han perdido su función y sentido una vez que se han separado del todo. La búsqueda no es fácil, don Alberto pausa su tarea y abre el suplemento cultural del periódico. Le toma por sorpresa la lectura de una minificción. Enseguida la subraya. Le parece un vestigio de novela en la psique del escritor. Don Alberto, ante este hallazgo, se replantea el alcance y objeto de su colección.

 

NANOTEORÍA


Los meteoros son primos del cuento, hermanastros del haiku y del aforismo. Son la oveja negra, marginada por su indefinición de género, por su juego de travesti. Errantes bailarines del espacio interlineado, orbitando ideas y planetas. Extraños y fugaces. Bellos en el firmamento de la página, tan poéticos como las nebulosas. Etéreos como la risa, duros como las rocas, densos como los hoyos negros, enigmáticos en su oscuridad. Extinguen dinosaurios y aparecen en sueños. Meteoros de la fricción y de la metaficción. No todos golpean; algunos arden.

 

 

ENCUENTRO CON MILLONARIO

 

Era tan pero tan rico que nunca hablaba de dinero, ni siquiera le preocupaba ganar más, despilfarrarlo o perderlo. Pagar la ronda a todo el bar le resultaba un gesto insignificante. Incluso solía pagar a ciegas, sin saber el monto. Estoy seguro de que tampoco le importaba la cifra exacta en su cuenta bancaria. Sabía perfectamente que sus números eran redondos y jugosos.

Buena persona, con finos modales. Generoso y buen conversador. Acertado en sus bromas, inteligentes y ácidas. Nunca le hizo pasar a nadie un momento amargo. Incluso se podría decir que su compañía era cálida y dulce.

Muy rico y todo, pero el sabor de su carne me supo igual que la de cualquiera.

 

DESCUBRIMIENTO

Me tomó varias semanas averiguar que Dios es impotente (otrora omnipotente) y además voyerista.

 

CONCURSO MISS UNIVERSO

 

Cuando estaban a punto de anunciar a la mujer más bella del concurso Miss universo, un rayo láser abrió el techo y de una nave espacial fueron bajando adefesios, monstruos mutantes y las criaturas más horripilantes jamás vistas, que, al observar la competencia terrícola, creyeron llegar al concurso indicado.

 

 

OTRO ANUNCIO DE LA DESEOSA

 

Fémina de 82 busca joven formal de 71 para excursión al bosque.

Ofrece: tienda de acampar, cómodo colchón inflable y disfraz de Caperucita.

Requisitos: llevar frutos rojos del bosque, crema de batir, el ímpetu de Zeus y una pastilla levantamuertos,mejor dos.

 

 

 

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Alexei Mendoza Moreno (1988) Es originario de la Ciudad de México. Es psicólogo de profesión y tiene una maestría en psicología ambiental por la UNAM. Escribe minificción, cuento y poesía. En 2015 fue finalista del II Certamen internacional de cuento breve. Algunas de sus minificciones han sido publicadas en la Revista Minificción, Arca Ficticia, Brevilla, y en la antología Mínimum.

 

 

 


 

ELIOT PANZACOLA: «DEBAJO DE MI LENGUA HABITA UN ALACRÁN»

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DEBAJO DE MI LENGUA HABITA UN ALACRÁN

 

Debajo de mi lengua habita un alacrán. No sé cómo entró ahí, ni me importa. ¿Por qué he de molestarlo si yo mismo soy un pedazo de carne en el paladar de la tierra? Si escogió mi boca como cueva, allá él. Alacrán amarillo, casi transparente. María, la vecina, no volvió a cenar conmigo cuando vio salir de mi boca su cola como espada. Por eso, mientras como o bebo agua, trato de hacerlo de manera correcta: despacio y sin prisas. Pero a veces se me olvida por culpa de la vida acelerada que llevo. Estoy seguro de que encontraré la manera de detener a tiempo mi dentadura impertinente cuando sienta su cuerpecito duro entre la masa del aporreadillo y la tortilla. ¿Cómo evitar la pequeña tragedia? Por las noches, cuando el edificio duerme y yo no puedo hacerlo debido a mi trastorno, el animalito se apiada y clava su aguijón en la punta de mi lengua para depositar dos gotitas viscosas que corren por mi cuerpo y en unos cuantos segundos quedo completamente adormilado. Durante el día, en la calle o en el trabajo, los monosílabos y las gesticulaciones han sustituido a las extensas conversaciones que caracterizaban mi personalidad. Me he percatado que algunos me miran con extrañeza e incluso hasta con horror. Pero esto no seguirá por mucho tiempo, porque presiento que mi estimado huésped, compadecido por este nuevo malestar, alguna de estas noches suministrará totalmente su fluido letal.

 

TRES CABALLITOS DE MAR

 

A orillas del muelle, el día que el mar vomitó y dejó un olor repulsivo en el pueblo, fueron atrapados tres caballitos de mar y colocados en una pequeña fuente cuadrada. A los pescadores se les escapó el cuarto. Este descuido los obligó a volver a ordenar las posiciones. En el diseño original, cada hipocampo quedaría en una esquina representando los cuatro puntos cardinales; pero aun así, con los peces incompletos, los pobladores encontraron en el fugitivo al mal agüero que presagiaría más catástrofes. Como sucedió con el pájaro negro enredado en la atarraya de don Anselmo; quien vaticinó la salida del mar. Al final, decidieron colocarlos en medio de la fuente, formando un triángulo imaginario y de espaldas para que no pudieran comunicarse o realizar un plan de escape. También la estructura que los soportaba fue movida. Algunos pretextaron que se quitara del muelle, lejos de la playa para que a los raros equinos les fuera difícil escapar y, a la manera de una procesión sevillana, los condujeron a la plaza central. En el lugar principal de convivencia de la población -además del tradicional quiosco– lo completaba la escultura en bronce de una insípida sirena de rasgos costeños. Aquellos caballitos fueron arrinconados en el lado más sucio y desordenado de la plaza. Sin plantas y flores para disimular la inmundicia, donde los borrachos llegaban a orinar y los pájaros manchaban con sus excreciones. Al verlos tan flacos, algunos habitantes tomaron la costumbre de llevarles pequeños crustáceos para alimentarlos, pero después de cierto tiempo se aburrían y corrían a jugar lotería en los corredores de las principales casas. Aquellas pieles coloridas que tanto habían maravillado a los lugareños, poco a poco se fueron ensombreciendo, a tal grado, que parecían figuras de algún retablo barroco. Pasaron los años y la gente vieja se fue muriendo. Los sobrevivientes de aquel hallazgo convocaron a otra reunión para decidir el destino de los caballitos de mar, pero no hubo mucha participación porque a la mayoría hacía tiempo que ya no le interesaba este asunto. Primero decidieron donarlos a otra población, pero al ver éstos su lamentable aspecto, desistían. Después optaron por regresarlos al mar -¿compasión o remordimiento?-, pero al verlos tan viejos pensaban en otras opciones. Nunca llegaron a nada, y así quedaron los tres caballitos de mar: parados sobre una vieja fuente cuadrada, de espaldas entre sí, con el cuerpecito endurecido y las cabezas flexionadas hacia arriba. ¿Qué esperan? Seguro, de día, saciar la sed y, de noche, nadar en el manto estelar.

 

 

ESCUPITAJOS DE ÁNGELES

 

No sé por qué me da miedo cuando salgo a caminar bajo las primeras lluvias del año. ¿Será que me estoy volviendo viejo e intolerante? ¿O, ya las noticias de cada día me están afectando al grado de quebrantar mis nervios? No lo sé. Por ejemplo, ayer no fui a trabajar porque empezó a llover. La verdad, no llovía tan fuerte; pues las ramas de los árboles no se doblaban del todo ni las personas apresuraban su paso. Aun así mandé un whatsapp a mi jefe pretextando un dolor de muela, que por recomendación de mi dentista debería quedarme en casa y realizar constantemente enjuagues bucales con bicarbonato y agua oxigenada. Pero es que estas lluvias empiezan así, como escupitajos de ángeles que desembocan en una lluvia torrencial. Cada vez que volteo a ver el paraguas negro que cuelga detrás de la puerta de mi cuarto, me da la impresión de estar viendo una extraña ave que espera con anhelo el vuelo. Mejor quedarme aquí, en este cuarto frío de paredes sucias y cortinas deshilachadas. Me queda poco saldo en mi celular para mandar otro mensaje a mi jefe. Seguro que se pondrá furioso cuando le escriba que la muela continúa inflamada, que mi dentista insiste en los enjuagues y el reposo, que para mañana es seguro la suma de los activos de la empresa, pues la muela habrá dejado de ser una molestia. Pero yo sé que no, porque continuaré con mis enjuagues mientras siga lloviendo y con la desesperante figura detrás de la puerta en los días póstumos del recibo de luz vencido. Mejor quedarme quieto detrás de esta ventana, aunque los vecinos de enfrente empiecen a murmurar y la patrulla de la zona sea más constante en esta calle. Porque no vaya ser la de malas que los ángeles, obstinados en su escatología, encuentren la manera de transformar el agua en fuego.

 

EL OTRO LADO DE LA VIDA

 

Soñó que se alejaba por un camino de tierra y polvo. Se sentía cansado pero siguió adelante. Atrás dejaba una playa reducida a un sonido húmedo que se impregnaba en sus oídos, como un molusco pegado en la roca. Le dolió la espina en su pie sin huarache. No los usaba cuando salía a pescar. La noche era clara y comprobó que frente a él estaba el otro mar: la sierra llegaba convertida en parotas, mangos, robles, helechos, bocotes y demás brotes vegetales. Su pie herido empezó a sangrar, pero continuó caminando. Poco a poco se fue encontrando con otro sonido familiar, más terrestre y agudo, pero menos monótono: el concierto nocturno de cientos de grillos que celebraban, con ritmo perceptible, el otro lado de la vida. Miró hacia arriba para comprobar si la redondez de la luna continuaba flotando en el cielo, pero las ramas de los árboles se lo impidieron y sólo algunos hilos de luz se lograban filtrar entre la espesura. Le parecían delgados alfileres que se clavaban en la hojarasca. Aquella visión lo exasperó y trató de apresurar el paso para salir lo antes posible de allí. Despertó a la misma hora de siempre y con el mismo dolor en el pie.

 

ANIMALES EXTRAÑOS

 

Al caer la tarde, cuando regresaba de la oficina, a mitad de las escaleras del edificio en el que vivo, me encontré un monedero negro con hebilla floral y de estilo clásico. Una factura de pago vencida, dos credenciales personales, un rosario con cuentas y cruz de madera y tres billetes de doscientos pesos contenía el pequeño bolso. Nadie se percató del temblor de mis manos cuando doblé y guardé los billetes rápidamente en el bolsillo del pantalón; el resto, lo tiré escalones más abajo. Tranquilo y seguro de que nadie se había dado cuenta de lo que hice, llegué a mi departamento. Me cambié la ropa y volví a bajar. Pasé de largo cuando vi sentada en las escaleras a una mujer pequeña llorando a gritos. Balbuceaba no sé qué cosas. En sus blancas y huesudas manos apretaba con fuerza un rosario con cuentas y cruz de madera. Junto a ella, dos vecinos trataban de consolarla. Salí. El cielo se oscureció cuando tomé el autobús que me llevaría a las afueras de la ciudad, para visitar el circo de animales extraños que, a principios de otoño, se instala por esos lugares tan desolados y fríos. Esta vez, la carpa estaba ubicada mucho más lejos que el año pasado, cerca de las fábricas abandonadas y a un costado de los sembradíos de maíz. Pareciera como si las autoridades del gobierno, temerosas de un posible enfrentamiento entre aficionados y opositores de tan singular espectáculo, estuvieran, con esta medida, previniendo un lamentable suceso. Como ya había ocurrido en otras partes del país. Compré un boleto y entré. ¡Pero qué desilusión me llevé al darme cuenta que las criaturas expuestas eran las mismas del año pasado! Desde luego, más viejas, menos atractivas y en unas condiciones meramente lamentables. La postura decaída de una de ellas me recordó a la pobre mujer que lloraba sentada en las escaleras de mi edificio. De haber sabido, me hubiera quedado encerrado en mi departamento como todas las noches, discretamente parado frente a la ventana, contando las veces que encienden y apagan las luces del edificio de enfrente o seguir el dulce taconeo de las zapatillas rojas de la vecina de arriba. Por suerte, no pagué todo este fiasco de mi presupuesto mensual. De haberlo hecho, me hubiera visto forzado a pedir un préstamo personal a mi jefe, cuyos intereses de por medio desestabilizarían el mes siguiente. Decepcionado, juré no volver a pisar el circo. Comenzaba a llover cuando entré a la ciudad.

 

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Eliot Panzacola (Zihuatanejo, México)

Gestor cultural. Mi primer libro, Julio Cortázar: un cronopio bajo el sol de Zihuatanejo (2021), es una investigación que, a manera de documento, intenta vislumbrar la estancia del escritor argentino en la bahía mexicana. He colaborado en la Revista Literaria Monolito, ADN Cultura, Capote, RIPmx, NEOtraba y El coloquio de los perros.

 


 

MIGUEL ALAVEZ: «LOS CAZADORES OCULTOS»

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I

Había oído decir a su padre que el mundo era cruel e injusto. Que la vida en la ciudad y el campo iba de mal en peor. Y que la naturaleza se extinguía a pasos agigantados. Por eso, el día que debía nacer, Jacinto se negó a abandonar el útero de su madre. Fue necesaria la intervención de una cesárea para sacarlo al exterior, pero antes de ello, cegó sus ojos para evitar la oscuridad del mundo. 

 

 

II

Subieron rápidamente al barco. Cada uno se situó en su puesto correspondiente y enseguida desanclaron la nave. «¡Allá vamos, en busca del tesoro!», articuló el que hacía de capitán mientras apuntaba al horizonte con su espada desenvainada, al filo de la proa. Y el viento desairado y tibio comenzó a empujar a la tripulación de niños que jugaban dentro de una caja de cartón. 

 

 

III

Lo descubro acechándome, oculto entre la hierba. Lentamente se va aproximando con el sigilo de un cazador experimentado. Y cuando apenas nos separan unos cuantos centímetros de distancia, se levanta de un brinco y clava sus filosos colmillos en mi espalda. Quisiera huir, pero no puedo: a veces, una como madre debe lidiar con los arrebatos salvajes de sus pequeños cachorros. 

 

 

IV

Casi todos los devotos del pueblo acuden cabizbajos a la iglesia a confesar las atrocidades que han cometido cuando son torturados por la sospecha de que sus esposas les son infieles con un varón desconocido. El padre, un hombre robusto y de buen vestir, no puede hacer más que consolarlos con la lectura de algún pasaje bíblico, y suspirar aliviado porque hasta ahora no ha sido descubierto.

 

 

V

Su retórica era impresionante. Hablaba con una elocuencia y exquisitez equiparables a las de un gran orador. Además, la robustez de sus argumentos era tal, que éstos parecían irrefutables. Todo su palabrerío, en suma, tenía potencial de sobra para deleitar y disuadir los oídos de cualquier espectador. Lástima que sólo podía pronunciarlo frente a su sombra.

 

VI

Alzó la pistola, apuntó al espejo y jaló el gatillo. En medio de la nube de humo que produjo la detonación suspiró aliviado: el rostro bañado en sangre del asesino había desaparecido.

 

 

VII

El pueblo entero, armado con escopetas y machetes, avanza hacia las entrañas del bosque en busca de la misteriosa criatura que desmembró a las reses del condado. Entre todo el tumulto de gente embravecida va Jacinto, con las manos ocultas en los bolsillos del pantalón y las garras aún llenas de sangre. «¡Hay que matarlo!», grita, al tiempo que simula con maestría una gran indignación.

 

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Miguel Alavez. 8 de mayo de 1997, CDMX, Estado de México.

Estudia Economía en el Instituto Politécnico Nacional. 

Las áreas de conocimiento que más le apasionan de esta ciencia son Filosofía económica, Historia económica, Macroeconomía y Métodos cuantitativos.  
Su experiencia en el ámbito de la escritura es reciente, aunque vasta.

 

Ha publicado microrrelatos en antologías latinoamericanas y un ensayo de Economía por la UNAM. También participa en «Aprende Economía» -página de facebook- publicando textos que abonan al debate de la ciencia económica. En sus ratos libres se dedica a leer y, cuando la inspiración aparece, escribe.