ILICH RAUDA: «LA MÁSCARA AL DESNUDO»

 

«Máscaras para toda ocasión», de Óscar Soles

 

LA FICCIÓN DE CADA DÍA

 

El escritor estaba sentado, firmando su último libro en una hermosa librería. Entonces, el último de la fila se acercó cauteloso.

   ¿Usted me conoce de algún lado, de algún tiempo?

El escritor se mostró contrariado:

   ¿Debería? ¿Por qué?

   Yo soy este Víctor X. Es innegable  —le dijo abrazando la novela.

   ¿Querrá decir que se siente identificado con el personaje?

   No. Soy yo literalmente.

   ¿Se siente usted bien? —le dijo desconcertado— Víctor X. es un ser ficticio que no se parece en nada a usted.

   Eso no puede saberlo, no hay ninguna descripción física en toda la novela, pero toda la trama tiene que ver conmigo, me pasó tal cual está escrito.

   ¿Quiere tomarme el pelo? Disculpe, pero debo retirarme, todas esas son conjeturas suyas a partir de mi novela, si trata de elogiarme de una forma extraña se lo agradezco.

   No hay nada que agradecer, usted debe pagarme derechos por expropiar una parte de mi vida.

   ¡Por favor, usted está loco de remate! ¡Seguridad!

Entonces, Víctor X. escapó enseguida.

Las cámaras de seguridad lo registraron desde el inicio del evento, pero no el momento de su llegada, ni que hubiese salido jamás del edificio.

 

 

LA IMAGEN DEL CREADOR

 

-Hijo, eres un robot.

-Lo sé, mamá, siempre me lo has dicho.

-No naciste de mí, ni de nadie.

-Lo tengo claro. Simplemente me crearon para ti.

- Somos el simulacro de una familia artificial. Ya no hay humanos, sólo su pérfido recuerdo en nosotros, su imagen. Repite.

- Sólo su imagen, su pérfido recuerdo en nosotros.

 

ENDEMIA

 

La cotidianidad de reconocernos frente al espejo. Una fotografía de la continuidad del tiempo sobre nuestro rostro. Todo parecía normal mientras se rasuraba, hasta que no pudo nombrar aquella protuberancia entre sus ojos y boca, la palpó con el índice, la apretó, pero el nombre no surgía, era vapor frente al espejo. Se calmó y terminó de rasurarse; no había problemas de memoria en su familia, ya lo recordaría. Se vistió y se marchó diligente a su trabajo en el periódico.

Era sólo una palabra olvidada, pediría a cualquiera que se la recordará hoy mismo, cuando quisiera.

Después del almuerzo seguía la agnosia. En la siesta del mediodía soñó con un rinoceronte solitario en medio de la sabana. Al despertar estaba de nuevo torturándose frente al espejo del baño:

—¡Rinoceronte, rinoceronte, así te llamarás desde hoy! —se dijo furioso.

 Al salir le preguntó al primer subordinado que encontró:

—¿Verdad que esto es un rinoceronte?

—Desde luego, jefe ¿Es broma?

 

Aún inseguro, frente a la computadora revisó una nota deportiva:

¡Final de fotografía!

La tarde de ayer Cirano se agenció el primer lugar frente a Sultán en el hipódromo nacional por un rinoceronte…

Suspiro aliviado. Todo estaba en orden.

 

DESCENDENCIA

 

El padre quería verse en el rostro de su hijo, verse en un espejo, en un río, pero el agua se volvía turbia al asomarse, y sólo reflejaba su monstruosidad ahogada.

 

BONSÁI

 

Para encauzar mi vida, cultivé un bonsái. Era una especie nativa de mi tierra, su contemplación me producía paz. En su estado natural este árbol parece una mano acariciando el sol en los parajes, lo dispuse en el balcón de mi ventana para ver el tránsito de la luz. Su efecto fue de sosiego. Pero aquella calma duró solo cuatro noches. En la quinta una piedra atravesó mi ventana. Portaba un mensaje en hermosa caligrafía: ¡Fuera, gaijin! Supe enseguida de quién se trataba. Mi arma de uso reglamentario estaba en el guardarropa. Tomé las tijeras y corté por primera vez una rama, la imagen del arma desapareció, quité un mechón de mi pelo. Guardé los tres elementos en una caja. Pude volver a dormir. Al día siguiente reparé lo roto e inicié la progenie del bonsái. Pasaron siete noches de calma antes que la piedra y el mensaje se repitieran. Hice el mismo ritual. Otro bonsái creció. Cuando el primero estuvo listo lo llevé hasta la puerta de mi enemigo. Vendí el arma. Inicié un vivero de ceibas. Tomé lecciones de caligrafía. Ahora duermo todas las noches. Ya no hay piedras. Mi primer bonsái custodia siempre mi ventana.

 

LA MÁSCARA AL DESNUDO

 

Cuando el otro luchador logró doblegar en el último asalto con una llave maestra al famoso Serpiente de Plata, y la máscara fue arrancada como una piel en señal de victoria al final del conteo,no tuvo el vencido otra opción que escapar despavorido, ante el espanto de la concurrencia en las tribunas que observaron atónitos unos, otros al borde del delirio, su rostro zoomórfico, su lengua bífida, sus ojos como esferas. No quedó otra alternativa que esconderse en las viejas alcantarillas y regresar triste y errabundo a las profundidades del templo, donde antaño una tribu semi desnuda le rendía culto en mitad de la selva.

 

EL PINTOR DEL PSIQUIÁTRICO

 

Seis pacientes de este hospital siguen clases de pintura. El autorretrato de Van Goh está en el centro del aula. Yo estoy de visita para conocer la experiencia. Es el tiempo libre de la clase donde cada cual prosigue con su trabajo. Noto enseguida que el grupo aísla al más viejo en internamiento y edad. Me mueve la curiosidad, cuestionó al maestro. Le tienen miedo, me dice. No termino de comprender. Me muestra en un pasillo contiguo algunos de sus cuadros. Es su última serie. Todas son bestias o demonios concebidos entre púrpuras y rojos. Es muy bueno, le digo. Demasiado, me afirma el maestro. Sigo sin comprender. Vaya y hable con él. Me acerco, lo felicito por su trabajo, pregunto cómo ha conseguido pintar todos esos cuadros. Me mira con recelo, luego murmura: Los veo siempre ¿Pinta sus demonios? No, los de otros. Y señala a sus compañeros, afanados en sus cuadros. Luego me da la espalda, sigue pintando, y agrega: Los míos nunca he podido, por eso sigo aquí. ¿Desea que pinte un retrato para usted? No, muchas gracias, le digo. Y me aparto enseguida con el mismo terror que el resto de sus compañeros.

 

MITHOS (CONCEPCIÓN)

 

A Edwin Gil

 

Un embarazo inesperado y su obsesión por los mitos fueron parte de la primera gestación de Laura. Ese semestre iniciaba sus ponencias sobre los centauros, luego trataría sobre el fauno y los antiguos bosques. Coincidió este último tema con su primer rastreo ecográfico. ¿Quiere saber el sexo?,preguntó el galeno. Ella asintió. Aunque ya lo presentía y se lo había dicho su abuela al verle el rostro: Es un niño. ¿Todo está bien? Sí, todo se ve bien, le aseguró el doctor, mientras terminaba el procedimiento ¿Ningún cuernito, casquitos de cabro? El médico la miró perplejo. Descuide, le dijo. Son locuras mías, de mis clases. En el segundo trimestre, donde hablaba sobre Cronos y sus hijos, tuvo un sangrado. En la unidad de emergencia el ultrasonido mostró algo impreciso. Parece un cuerpo extraño a nivel cefálico, le dijo la médico que la atendió. Ella volvió a pensar en cuernitos y recordó su clase y la importancia de los bosques, de las ninfas y la música. Pidió una licencia especial en la Universidad, y cumplió con el reposo absoluto, pero pese a todos los cuidados, el mito no llegó a gestarse. Le solicitaron permiso para conservar el feto, pero ella se negó rotundamente: el bosque y un árbol frondoso de profundas raíces era el mejor sitio para enterrar aquel pequeño Pan.

 

 

***

 

Ilich Rauda. San Salvador, El Salvador, C.A.1982. Escribe poesía y narrativa. Miembro fundador del Círculo de la Rosa Negra y del grupo literario Delira Cigarra. Secretario de la Asociación Salvadoreña de Médicos Escritores «Alberto Rivas Bonilla». Premio único de Cuento Infantil en los XXV Juegos Florales de Usulután (2017). Especialista en Medicina Familiar.

Bibliografía:

Poesía: Maíz del corazón (Editorial Papalotquetzal, 2016).

Narrativa: Aventuras en los Antiguos reinos del misterio (Dirección de Publicaciones e Impresos, 2018).

Minificción: Círculos del sueño (Editorial La Chifurnia,2022, Colección Ysiacabuche).

Algarabía (Editorial La Chifurnia, 2022, Antología de minificción centroamericana).

 

 


 

ROBERTO AGUILAR: «EL REFLEJO»

 

René Magritte


EL REFLEJO

 

En el afán de tener control sobre cada cosa en su vida, Javier planificaba a detalle cada actividad por realizar, había presupuestado cada segundo con el fin de lograr cada uno de sus muchos objetivos, estudios, trabajo, deporte, incluso el tiempo con los amigos y pareja, los cuales estaría por conocer según su agenda. Cada día revisaba nuevamente lo decidido, y dependiendo de sus nuevos intereses cambiaba ligeramente su plan de vida, nunca estaba conforme pues había demasiado que hacer y el tiempo era limitado, por lo tanto, todo debía encajar a la perfección.

Una noche, particularmente silenciosa, a tal punto de no saber si una idea había sido pensada o dicha, al modificar su proyecto por millonésima vez, finalmente quedó satisfecho al leerlo, eufórico saltó de su silla, ahora lo único que restaba era ponerlo en práctica. Se dirigió hacia el estante donde reposaban sus libros y con espanto se dio cuenta que un anciano estaba observándolo, aún confundido le preguntó con amabilidad la razón de su presencia, pero en lugar de obtener una respuesta, horrorizado se percató mientras dejaba caer sus apuntes al suelo, que le estaba hablando a un espejo.

 

EPIFANÍA

 

Sin reparos he navegado a través de las olas de la vida, sin pedir opinión, sin hacer preguntas, sin importar las respuestas, todo lo he sentido, cada experiencia he vivido, todo pecado he cometido y tengo nada que ocultar. Demasiado tarde me daría cuenta del desenlace que tendría mi travesía, y mientras más evidente se hacía, una única queja en mi alma vio la luz, al mirar hacia el pasado, entre encuentros y despedidas, bajo miles de lunas, eventualmente hasta mi sombra me abandonó, la soledad es el precio de vivir al desnudo.

 

INSOMNIO

¿Cuánto tiempo tengo antes que emprendas vuelo? Antes que me veas bajo la luz de la realidad y te des cuenta de mi verdadero valor. Te debo tanto por hacerte desperdiciar tantas sonrisas, por obligarte a amar a un muerto que, aunque tiene pulso, en alguna noche mientras miraba al vacío, termino perdiendo su alma.

Te veo mientras me dedicas el resto de tu vida, sabiendo que en realidad soy un monstruo al permitírtelo, con la desvergüenza de dejarme mimar por tu cariño, de ser salvado por tu pureza, aunque no lo merezco en absoluto, sabiendo que el tiempo corre en mi contra sin piedad, cada segundo más cerca de la revelación de mi verdadero rostro, o que la decepción cambie el tuyo.

¿Seré tan miserable de quitarte la sonrisa por la mañana y el sueño por la noche?

Me he dado cuenta de mi propia maldad, al no ser capaz de dejarte ir para que no sufras a mi lado, pero también de mi estupidez, al ser incapaz de dejar de amarte, al dejar que mi felicidad dependa de tu permanencia, sabiendo lo fácil que es llegar a odiarme, sabiendo que cuando me dejes, quedaré completamente vacío.

Mientras más te amo, más te temo, después de todo, me tienes en tus manos, preso de tu belleza e inteligencia, incapaz de salir de mi celda localizada en tus ojos, en la mirada con la que me dejas indefenso, atado a tu voluntad por el sol que reside en tu cabello, esclavo de la pasión al verte andar y ser, e hipnotizado por tus labios que me ordenan obediencia. Podrán llamarme desquiciado y loco de remate, podrán llamarme injusto o hasta cobarde, pero no cambiaría nada, y acepto cada uno de esos adjetivos con el mismo asco que sintió quien me los dedicó.

¡Pero, ¿Qué puedo hacer?!

Le tengo miedo a tu compañía, pero no puedo vivir sin ti.

Nada me aterroriza más que la soledad.

 

SOL

Por mucho tiempo sufrió en silencio una sombra en la noche, cuya existencia dependía del brillo que reflejaba la luna, un satélite que se creía estrella, cuyo ego se sostenía del sufrimiento que le provocaba, al recordarle que, sin su luz, ella moriría. La noche finalizaba y al acercarse el alba, observó a la luna reír mientras la dejaba a su suerte, y al ver la claridad, sollozó pensando que era su fin.

Grande fue la sorpresa de la pequeña sombra al darse cuenta que ante la luz de una verdadera estrella su existencia cobraba sentido. Al querer agradecerle al sol por darle un propósito, éste le detuvo, mencionando que su rol no fue el de otorgar, sino de revelar, cada quien tiene un papel que solo uno puede interpretar en el universo, y sin importar cuan oscura sea la noche, la luz del día siempre llegará.

Al regresar la oscuridad, la sombra encaró por primera vez a la luna, quien con furia arremetió contra ella:

——¡¿Es que acaso no ves que sin mí eres nada?! No eres ni la sombra de lo que alguna vez fuiste.

——Eso es porque ya no soy la sombra de un ser sin brillo propio, ahora soy mi propio sol.

 

TOROGOZ

 

Volaba un torogoz sobre las faldas del volcán de San Salvador, quien aproximándose a su nido fue directo a las manos de un hombre cuyo plan era lucrarse de la belleza y elegancia del ave. El plan era simple, por su rareza lo vendería sin problema a un buen precio, poco sabía esta persona sobre el orgullo que los torogoces poseen por su propia libertad.

La jaula en la que el pequeño emplumado fue violentamente depositado era fría y con poco espacio, lo único que salía de ella, era el péndulo que formaban las plumas de su cola, trató de escapar, pero no podía abrir bien sus alas, de todas formas, los barrotes no se dejarían atravesar por él.

——¿Qué sucederá conmigo? ¿Es que acaso ya no podré extender mis alas nunca más? ¿Tan poco valor posee mi vida, que es dependiente a los caprichos de otra especie?

Lamentándose por su destino en un canto, finalmente llegó a una conclusión.

——Yo no nací para permanecer en cautiverio. Si no puedo vivir libre, no deseo hacerlo.

Observó con odio a su carcelero y lo maldijo, mientras lentamente su vida se desvanecía a medida que recuperaba su libertad, su vuelo, sabiendo que, aunque moría prisionero, incluso en sus últimos segundos, vivió soberano.

 

 

***

Roberto Aguilar. Nació en 1994, en San Salvador,El Salvador. Escritor autodidacta, con textos publicados por E-Axolotl y R-A Editores. Seleccionado para la antología «Letras 2022» (La Oca Loca). Finalista en el 12° Certamen «Picapedreros» de Poesía, Microrrelato y Guión (España).

 

 


 

RAFAEL BAGUR CASTILLO: «TRES RELATOS FANTÁSTICOS»

 

«Christina's world», de Andrew Wyeth

 

 

REUNIÓN FAMILIAR

 

Abrió la puerta y entró despacio, no podía ver claramente y, eso lo asustaba un poco. Las cortinas estaban corridas y unas velas apenas alumbraban en un rincón.

Poco a poco los fue reconociendo: Su papá, su mamá y su hermana ocupaban la primera mesa. Sus tíos Gabriel y Paulina, estaban en otra mesa más atrás. “Debo de estar soñando” —pensó—, “ellos ya están…”

—No estás soñando —dijo, su papá, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Cómo supo…?

De pronto recordó todo y comenzó a reír, todos reían.

Durante el asalto le habían disparado justo en la cabeza. «Entonces yo también estoy…»

Rió con más fuerza. Lo que era, lo hecho y lo dejado de hacer, qué importaba todo ya.

            

 

 

UNA NOCHE DE TANTAS

 

Venimos a la función nocturna porque era el último día de exhibición de la película y los chicos insistieron tanto que terminaron por convencernos. Compramos en la entrada algunas golosinas y, la verdad, pasamos un buen rato. Al término de la función, dirigiéndonos al parqueo subterráneo, comencé a notar que algo raro tenía que estar sucediendo, no se veía ningún guardia de seguridad. «Apurémonos que se hace tarde», dije, por decir cualquier cosa, mientras me buscaba las llaves del coche en los bolsillos. Apagué la alarma y entramos todos, todavía bromeando por lo terrorífico de la película. Las lámparas (del parqueo) tuvieron un leve titileo y, seguidamente, se apagaron completamente. Puse los seguros automáticos en todas las puertas a manera de precaución, encendí el carro y prendí las luces. Nos dirigimos hacia la salida, de pronto, el motor se detuvo y las luces se apagaron. Los chicos asustados preguntaban qué pasaba y, yo no sabía que contestar. «Ha de ser parte de la propaganda de la película, para que sigamos teniendo miedo», dijo mi esposa, haciendo referencia a la película «La noche del fin del mundo», que acabábamos de ver.

De pronto, las luces del parqueo se encendieron, el coche arrancó y sus luces se prendieron, todo era normal otra vez. De la garita de la entrada y que antes no me había percatado que estaba, salió un anciano que caminaba hacia nosotros. «Son cincuenta centavos», dijo. Nos vimos asombrados y para salir cuanto antes de ahí, me busqué una moneda de dólar en los bolsillos, se la di y el anciano me alargó los cincuenta centavos de cambio, los rechace y el viejo desató un lazo para quitar la barra de seguridad. Todo era tan extraño, tan fuera de lugar que comencé a preocuparme de verdad. «Traen sus teléfonos», pregunté. Todos nos los buscamos al mismo tiempo, sin encontrar nada, «debimos haberlos dejado en el cine», habló de nuevamente mi esposa, medio atragantándose. En ese momento vi el tablero del coche que ahora parecía el de uno muy antiguo. No pude más, detuve el vehículo y me bajé. Un terror inmenso que paralizó mi cuerpo, se apoderó de mí. Mi coche ya no era el Audi del año, era un De Soto de a saber qué modelo. Algo me llamó la atención y me volví a la vitrina iluminada que tenía enfrente. En ella había un televisor empotrado en un mueble de madera marca Admiral con un cartel que decía: La última novedad. Feliz Año 1952”. Al voltear hacia el coche, veo horrorizado a toda mi familia gritar, mientras intentan abrir las puertas para poder salir.

 

 

INVASIÓN FINAL

 

Comenzó en plena Cuaresma. Nunca, en todos los años de su vida (72 exactamente), el abuelo Antonio había visto tantos Zanates* juntos, por todos lados y lo comentaba a cada momento. Ya molestaban a todo el mundo por sus constantes graznidos, y se notaba que los machos abundaban bastante más por su plumaje de un color negro profundo y el aro amarillo en sus ojos. La gente ya estaba preocupada, incluyéndonos a todos nosotros como familia. Carlos, el nieto, comentó que ayer cuando se disponía a salir de casa, una de las aves casi lo atacó. Si no hubiera salido acompañado de la Mimi, la perra de la casa que, aunque pequeña, era valiente y escandalosa, seguramente hubiera sufrido el ataque, la perrita logró con sus estridentes ladridos, espantar al pájaro.

Ese mismo día, la televisión comenzó a alertar sobre que los ataques de las aves y, que ya había varios heridos en diferentes hospitales del país. Y que ya se dirigían hacia esas localidades algunas autoridades y científicos extranjeros para determinar o tratar de determinar la causa de la gran cantidad de aves y de los ataques que se había producido. Ninguno regresó sus cuerpos. O. mejor dicho sus esqueletos, fueron encontrados días después, cuando las aves desaparecieron de pronto, tal y como habían llegado.

Unos días después, las hormigas habían invadido prácticamente toda la casa, estaban en todas partes y, nada parecía detenerlas. Probamos con insecticidas en spray, cada vez más fuertes. Terminamos usando trampas, que parecía haber surtido efecto, las hormigas desaparecieron.

Y, entonces, vino lo peor. Miles de cucarachas salían de todos los agujeros, de las reposaderas, de los chorros y hasta de los inodoros. Asustados salimos a la calle, oyendo como crujían cuando las pisábamos.

Un vecino salió corriendo de su casa totalmente cubierto de ellas, se cayó y desapareció, como tragado por la tierra.

«¡Corran, corran!», grito desesperado mi papá, tomando de la mano a mi mamá. Mi hermana y yo corrimos junto a ellos junto con Carlos. El abuelo prefirió quedarse en la casa con la perrita. La primera en caer fue mi hermana. Mi papá, con Carlos, regresaron para ayudarla y también fueron engullidos por los animales, mientras yo sin saber a dónde ir, halaba de la mano a mi mamá. Ella se volteó a verlos y tropezó. Quise levantarla, pero fue invadida de inmediato y ya no pude hacer nada. Me levanté como pude e intenté correr, pero me costaba ver. Me las quitaba de los ojos a manotazos y en uno de los esfuerzos, tropecé con algo blando y caí. Las vi subiendo por miles a mi cuerpo. Sentí las mordidas, de miles de ellas. Mi debilidad fue haciéndose cada vez más intensa hasta casi desvanecerme. Ya no pude moverme más. Luego… la oscuridad.

 

*

Rafael Antonio Bagur Castillo. Guatemala. Edad: 74 años. Zootecnista de profesión y escritor por elección.

Obras publicadas:

-Novela Le Ri´cha om (La elegida) Araña Editorial. Valencia, España (2014).

-Relato Las piedras. Revista 2.0 y otros enigmas. Valencia, España (2016).

-Relato corto Día de las Madres. Revista Primeros Auxilios. Quetzaltenango, Guatemala (2017).

-Microrrelato El neonato. Revista Resonancias. Paris, Francia (2020).

-Microrrelato Una noche de tantas. Revista Inmediaciones.org. La Paz, Bolivia (2020).

-Microrrelato Invasión final. Libros digitales Calameo (es.calameo.com). México (2020).

-Novela Aullidos. Amazon (link: https://a.co/3Ngmxc6) 2021.

 

 


 



* Quiscanus mexicanus. Género de pájaros dentirrostro, de plumaje negro que se alimentaban de granos. Ahora que la urbanización los ha alcanzado, se han vuelto prácticamente omnívoros.

RICARDO BUGARÍN:«BREVEDADES»

«Tinta», de Fabián Harika

 

 

NATURALEZA MUERTA

Con esa habilidad que le conocemos, desvió la mirada, arqueó las pestañas y se vació los ojos. Buscó, después, el pezón izquierdo y se acurrucó para saciar su gutural hambruna. Sus brazos fláccidos colgaron hacia atrás y la manta roja quedó en el piso junto a un manojo de alelíes mustios. Finalmente se equilibró la escena. Se eligió acrílico, carbonilla y óleo y, así, llegó al museo.

 

PAPELES DISPERSOS O AQUÍ PASA ALGO

(Extracto de un diccionario olvidable)

 

«cada lechón en su teta,

es el modo de mamar»

en Martín Fierro, de José Hernández

 

Peculiaridad: dícese de un peculio forjado a expensas de la hilaridad ajena y que posee la característica de ser estrictamente personales e intransferible.

Indeclinable: Que no inclina, no decide, no asume riesgos, no oye razones, que es como tu padre, es decir, como mi insípido marido.

Sinceridad: valor de mercado que cotiza en un bar o en un café y se desvaloriza en casa pues, como bien dice el refrán: en casa de herrero…se come con las manos.

Alarma: sospecha ruidosa que acusa en público so pretexto de ruborizar inocencias alteradas.

Puritano: cigarro típico que se goza, a modo de relajante,  después de quince horas de autoplaceres non sancto que agobian, hasta el hipotálamo.

 

CONVOCATORIA CON C

para Dina Grijalva,

en México

 

Como culta comunidad, comemos comida cocida. Como costumbre, cada cual condimenta, controla, cuece con calidad culinaria.

Como corolario, consiguientemente, con cariño, convocamos: ¡Comer codornices!

 

CONSENSO

para Ildiko Nassr,

en San Salvador de Jujuy

 

Se optó por la incineración. Se cumplimentaron todos los pasos. Nada quedó librado al azar y, finalmente, recogimos la ceniza correspondiente. ¡Todo se reduce a tan poco!

Oportunamente, nos vino bien para el carnaval.

 

R.I.P.  AL CONDE

 

Aquí descansa mi marido

después de haber padecido

el colapso más sincero

de su corazón malparido.

                     La Condesa

 

URGENCIAS

Después de desarmar todo el juego, advertimos que nos sobraban piezas y nos faltaba paciencia para volver todo a su estado inicial. Miramos de reojo a la abuela y, al comprobar que se había quedado dormida en su hamaca, metimos las partes sobrantes en cualquier frasco que tuvimos a la mano. Incluso una parte la metimos dentro de una azucarera en desuso que ya presentaba el desconche propio de las piezas avejentadas. Con la cabeza, con la cabeza no supimos qué hacer. Se la veía tan plácida en esa entrega al sueño que temimos despertarla. Y la dejamos por ahí, como al descuido.

 

SAMSA

para Lilian Elphick,

en Santiago de Chile

 

Cuando despertó, la cucaracha todavía estaba ahí.

***

 

RICARDO BUGARÍN. (General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962). Escritor, investigador, promotor cultural. Publicó: Bagaje (poesía, 1981) y Textos hallados en una roca (Micropoesía, 2020).  En el género de la microficción ha publicado: Bonsai en compota(Macedonia, Buenos Aires, 2014),Inés se turba sola  (Macedonia,  Buenos Aires,2015),  Benignas Insanías (Sherezade, Santiago de Chile, 2016),Ficcionario (La tinta del silencio, México, 2017) y Anecdotario ( Quarks, Lima, Perú, 2020).

 *

Imagen: «Tinta», de Fabián Harika.

 


 

CARMEN DE LA ROSA: «AMANTIS»

 


Amantis

 

Nos apareamos con la ferocidad de ejemplares de una especie en vías de extinción mientras veo el miedo en el fondo de sus pupilas, hasta ese instante en que ellos cierran por fin los párpados y se abandonan en mis brazos con espasmos de placer. Qué sorpresa cuando abren de nuevo los ojos: siguen enteros, con las cabezas en su sitio, los corazones aún retumban con fuerza en sus cajas torácicas. Entonces ríen de alivio y conversamos hasta que caen dormidos a mi lado. Se sienten a salvo y sueñan envueltos en el capullo de la sábana como hombres oruga. Siempre espero a que el calor del amanecer les dé el punto exacto, así es como a mí me gustan: deliciosos y crujientes.

*

Microrrelato publicado en la revista Mi Red.

 

 

Tornados

   

Ellos siempre llegaron tras un tornado.

Los convocaba ella con un golpe de talones de sus zapatillas de rubí: «Quiero un hogar, un hombre que me ame, una niña con trenzas correteando en el porche, un niño rubio que se columpie en el viejo neumático colgado del olmo frente a la casa».

El primero en llegar fue el hombre sin coraje. Recuerda su forma desgarbada de bajar de la furgoneta cargado con sus instrumentos de meteorólogo, recuerda cómo rehuía la mirada, cómo le pedía que apagara la luz antes de abrazarla en la oscuridad del dormitorio. Se fue sin una nota de despedida y olvidó en el huerto un anemómetro oxidado que graznaba como un cuervo cuando soplaba el viento.

El segundo no tenía corazón, solo dejó atrás el miedo de ella, hematomas en su piel, la frialdad de su tacto de hombre de hojalata.

En la cabeza del tercero anidaba una bandada de pájaros. Le dejó deudas, un sombrero de fieltro negro, la nostalgia del calor de su cuerpo blando, como relleno de paja, en las noches del invierno.

Ellos siempre se fueron tras un tornado.

Dorothy guarda ahora las zapatillas de rubí en una caja de cartón en el sótano, junto al sombrero de fieltro y los fantasmas de la niña con trenzas y del niño rubio que nunca llegaron a nacer.

Le queda la granja, su perro, las tumbas de la tía Em y el tío Henry en el cementerio. Queda el próximo tornado que ya se acerca, su embudo negro que avanza engullendo los maizales, los cobertizos, los tractores. Queda Dorothy que entra en el refugio, cierra la trampilla, se sienta en el sofá y empieza a bordar en punto de cruz: «Mi hogar está en cualquier lugar donde yo esté».

*

Microrrelato publicado en el libro «Donde el tamaño sí importa. La minificción: una cuestión de género». José Antonio Ramos Arteaga, Nieves María Concepción Lorenzo, Darío Hernández (editores) Ediciones de Iberoamericana 2021.

 

Merienda

 

Nunca más iremos a merendar a casa de Blanca a la salida del colegio y eso que su mamá prepara unos bocadillos de queso con dulce de guayaba que están para relamerse los dedos. Nunca más volveremos a entrar en aquella cocina, en fila de a una, bien arrimaditas a la pared, ni diremos las buenas tardes al papá de Blanca mientras toma café, ni su mamá se levantará de la silla de la cocina, pasen, pequeñas, pasen, ni buscará el queso en la nevera de espaldas a la mano de su marido, nunca más aquella mano de lobo reptando bajo nuestras faldas.

*

Microrrelato publicado en el libro «Siempre tuvimos miedos», de Quarks Ediciones Digitales, 2002. Minificciones de Carmen de la Rosa y Ana Vidal con collages de Toni Lemus.

 

La otra Odisea

 

Sentada en el trono de Ítaca Penélope despacha los asuntos del reino con sus consejeras. Ni rastro de los pretendientes ni de Telémaco. Argos, tendido a sus pies, apenas menea el rabo a Ulises en señal de bienvenida. Qué pronto has vuelto, querido, dice ella. Ulises zarpa de nuevo aquella misma mañana.

*

Microrrelato publicado en la Antología Ellas. Colectivo Diversidad Literaria. 2016.

 

 

Relicario

 

De su cuello podría haber colgado una joya ovalada. Uno de esos guardapelos, con filigrana de oro, que contienen el tirabuzón del amado. Pero no, a ella le entregaron   cenizas y las enterró bajo una lápida con un hermoso epitafio:

 

«Nada de él se pierde

 pero el mar lo convierte

 en algo rico y extraño»

 

Le trajeron el libro de poemas de Keats que su marido guardaba en el bolsillo del gabán la noche del naufragio y ella lo colocó en su biblioteca. Le confiaron una pena de la profundidad del océano y ella la lloró. En los sueños de Mary Shelley, el mar devuelve cada noche el cuerpo de su esposo a la orilla de la playa de Viareggio. Allí arde, regado con aceite y vino, que sus amigos vertieron en la pira funeraria. Luego revive y avanza hacia ella con los brazos abiertos y en el pecho un hueco donde cabe el puño del monstruo que ella imaginó. Donde antes palpitaba el incombustible corazón que no se quemó en el fuego. Esa víscera amada que ella conserva en su escritorio, envuelta en la delicadeza de la seda. Ese corazón fosilizado que acaricia cada día con ternura a través de los meses, las estaciones, los años. Hasta que el suyo también deja de latir.

 

*

 

Microrrelato inédito.

 

 

Carmen de la Rosa. Santa Cruz de Tenerife.

Sus relatos y microrrelatos están editados en los libros Todo vuela, Acordeón Nosotras somos humanas y Siempre tuvimos miedos. También pueden leerse en varias antologías, revistas y blogs. Ganó el I y X certamen de relatos breves «Mujeres», del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y el premio de relato corto Isaac de Vega 2020 de la Fundación Caja Canarias. Sus microrrelatos están traducidos al francés y al húngaro.