«CAPILAR»: MICROFICCIÓN PARA DEGUSTAR Y JAMÁS OLVIDAR





Por Francisco Martínez Bouzas

    Lilian Elphick es uno de los referentes fundamentales de la microficción tanto en España como en Latinoamérica, ese género nuevo -menor para algunos- y que poco a poco se está abriendo camino porque, con la calidad de muchas de sus producciones, ha convencido a autores, lectores y críticos de que no es un subgénero baladí, subordinado a la narrativa extensa o de largo recorrido. Las mismas obras de Lilian Elphick (Bellas de sangre contraria, Diálogo de Tigres, Confesiones de una chica de rojo y K), comentadas en esta bitácora, son una prueba palpable y de difícil refutación de cuanto digo. Sus microrrelatos, esos «textículos» a los que se refería Cortázar, incluidos en múltiples antologías han servido para enaltecer esas ficciones de hechura breve, de desenlace inesperado y de la recompensa inmediata.
   La microfición de la escritora se ve aumentada en este inicio de 2019 con Capilar, cerca de sesenta minificciones en las que Lilian Elphick  no se repite, sino que sigue explorando nuevos caminos y haciendo gala de su creatividad. Y se enfrenta por enésima vez a ese arte, hasta ahora poco valorado, que se juega la vida en las primeras líneas y resucita, si su excepcionalidad es insoslayable, en las últimas, tal como declaraba Andrés Neuman.
   Capilar se halla estructurado en dos secciones de desigual tamaño, aunque de similar enjundia: «Capilar» y «Las aristas del tiempo». Una cita de Primo Levi sobre la perniciosa ilicitud de callar («No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿quién hablará?», que remite sin duda a Si esto es un hombre, abre la puerta a diecisiete breves relatos en los que el amor, la pasión, el erotismo toman el protagonismo, mientras la protagonista y el ser apelado «huyen de los gases, del agua sucia de la policía», hasta que en la bravura de las aguas del Pacífico  explotan sus cuerpos amarrados con alambres y dejados caer desde las alturas. Otros relatos de esta primera sección reescriben en nuestras pupilas  la persecución -no precisamos preguntarnos cuál, la de la dictadura pinochetista-, fusionada con una pasión irrefrenable capaz de acariciar al mismo miedo.
   Capilar, en su brevedad y por la sangre vertida, es el testamento de los enterrados juntos, «hueso contra hueso», de los masacrados, de los silenciados en las salas de tortura; en la lucha por la libertad y contra la tiranía, pero alimentados por el inmenso poder del amor y del erotismo. Es el olvidado recordatorio de la muerte que revive en las flores, en la naturaleza y en la bondad del mundo, a pesar del olvido porque eso fue hace mucho tiempo. Historia de los amantes que acaso reviven en la zona capilar. E historia de un país frustrado que parece que ya se olvidó de aquellas traumáticas experiencias.
   «Las aristas del tiempo», la segunda parte de estas minificciones, introduce al lector en amplio un puñado de historias en las que el tiempo, la vida que transcurre a través del tiempo, deja sus tijeretazos en personajes que, no solo por su nombre, sino por su hechura, parecen extraídos de un sueño de Cien años de soledad. Personajes de ficción y personas reales como Adolf Eichmann, Josef Mengele o Walter Rauff, pueblan con bondad o con sus demenciales crueldades estos relatos, aterrorizando todavía hoy a los fanatismos «que navegan por los fiordos de la memoria». Historias de personajes temidos, de sangre vengativa, otros defensores de la igualdad y el pan de los hambrientos, de lavanderas temporeras y prostitutas cuando anochece.
   Microcuentos muy cultos e intensamente profundos, capaces de hablar de lo cotidiano y de lo filosófico. Otros rebosantes de sentido común, de ansías utópicas y del orgullo de las más humildes. Sin que, al final falta ese embrujo del amor, la fragilidad  de ser amantes, la fuerza del deseo y la renuncia al amor bravo para seguirse amando, rodeados por la inocencia de múltiples sueños.
   Como excelente maestra del microrrelato, Lilian Elphick echa mano de vez en cuando de la intertextualidad, con guiños a escritores y lingüistas. Y sobre todo condensa tramas completas en estructuras lingüísticas hiperbreves, en muy pocas líneas. El tercio sumergido en la condensación y nos las transmite con la exquisitez de una prosa primorosa, elegante, fuerte  a veces y siempre llena de tensión e impulsos torrenciales. Leer algunos textos de Lilian Elphick significa tener la posibilidad de degustar unos de los mejores lenguajes literarios que hoy se escriben en español.

***

Tres microrrelatos de Capilar

Tres

«Escríbeme, dame forma, conmuéveme y descéntrame. Escríbeme, señala el norte de las palabras, hazme historia fugitiva para arrancarme esta piel y entregarme a tus manos, Escríbeme, inventa cómo era yo en el tiempo de las cerezas corazón de paloma, cómo tu boca recorría las caderas y besaba el cielo del pubis.
Querías ser testigo de mis sueños. Me veías marchando por las calles, huyendo de los gases, del agua sucia de la policía. Me veías gritando consignas: «queremos comida», «queremos salud”, «queremos justicia”, «queremos memoria».
Dijeron que merecía la muerte. Así, amarraron mis pies y manos con alambre y, desde un avión, me lanzaron al Pacífico. Llevé tu nombre al agua.
No te olvides de mí: escríbeme.»

...

La soldadera

« Iba a pie. Él, a caballo. Asaba las tortillas, lavaba sus ropas, colocaba paños húmedos en su cuello. Mantenía el filo de la navaja con el cuero, revolvía el jabón y era la guardadora del espejo.
Muchas veces perdí criaturas en las trincheras. Tanta era la sangre. Es que a él no le gustaban mis modos de afeitarlo. Me tenía miedo. Decía que cualquier día iba yo y lo degollaba. Y me pateaba en el suelo. Por eso, esa mañana, le sostuve el espejo. Ante las tres señales de luces, mi comadre tomó su 30-30  me encajó la bala en el corazón. Tal cual le pedí. A ella la acribillaron allí mismo. Este hecho no pasó inadvertido para la revolución: nos recordaron como valientes lesbianas.»

...

Hija de Afrodita

«Son las cinco  de  la tarde y camino por las calles vacías. Pero, ojos, esto es una canción; no hay un yo melancólico que desee cambiar las cosas, no hay nada. Desde el vacío me rebelo. Y no es que no pueda ir a  la esquina a comprar pan  y cigarrillos. Eso es muy fácil. No es que no logre mirar al cielo y decir: va  a llover. No me hallo en esta detención de valva imperfecta, esta ruina de mis ojos, que siguen viendo las maletas de mi bisabuelo en el fragor de la guerra.
Temblores de labios.
Labios como espadas, decía Aleixandre
Voy a la bala y a la muerte, como una hija de la tierra.»

(Lilian Elphick, Capilar, páginas 13, 41, 62)


Capilar
Lilian Elphick
Ediciones Eutôpia, Santiago de Chile, 2018, 81 páginas.


«HOKUSAI», ANTOLOGÍA DE MICRORRELATOS




Hokusai es una antología digital que reune microrrelatos basados en «El sueño de la esposa del pescador», de Katsushika Hokusai (1760-1849), pintor y grabador japonés, adscrito a la escuela ukiyo-e del periodo Edo. La xilografía en cuestión pertenece al género shunga, de contenido erótico.

Los microrrelatos pertenecen a escritores/as de Argentina, Chile, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Colombia, Perú, Bolivia, Portugal, Canadá, México, Australia, España, Italia, nacidos/as o que viven es estos países. Cada uno/a de estos/as autores/as sembró una perla en sus minificciones. Brillante, pulida, cautivadora. Que nos perdone el maestro Hokusai por habernos montado arriba de su xilografía, que se apiade de nosotros/as, escribientes de mínima factura, por haber retorcido y subvertido a aquella mujer soñadora, con palabras que, al final, son colores y texturas. Una imagen re-creada, transformada, convertida en historias. ¿Soñaremos con el castigo de «La gran ola de Kanagawa» rompiendo en nuestras barcazas ficticias? Quizás no. Quizás Hokusai se esté riendo en este mismo momento por haber provocado e inflingido tanto erotismo a nuestras plumas. Erotismo al modo de George Bataille:



«Podemos decir del erotismo que es la aprobación de la vida hasta en la muerte». 

        

    Aquí, apreciado/a lector/a, encontrarás viscosidades y placeres varios bañados en sueños. Podrás, incluso, aprender a cocinar el pulpo según varias recetas; o ilustrarte acerca de las buceadoras de perlas que aparecieron en algunos textos de esta antología. Sabrás, también, de escenarios marinos, intertextualidades grecolatinas, musicalidades, guiños a Kafka, Lovecraft y Cthulhu, coqueteos con Chuang Tzu y con el psicoanálisis. Los microrrelatos que hallarás aquí son como el aleph borgiano: se reúnen todos los tiempos, pasado, presente y futuro; cronos y aión. No se trata de una esfera, sino de tentáculos que se enredan unos con otros. Estos brazos literarios, plenos de frescura, actúan en rebeldía. Se oponen a la moral y las buenas costumbres, al temor al placer sensual y sexual y son, definitivamente, un estallido de significados. Aquí no hay nada obsceno; es más obscena el hambre y la guerra, las murallas fronterizas que impiden la entrada a miles de migrantes, las matanzas, la ascención del fascismo, los femicidios diarios. La literatura siempre será un acto de rebeldía y resistencia. Estoy segura que esta antología no será censurada por aparatos estatales ni eclesiáticos, como lo fueron El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, Lolita, de Vladimir Nabokov, Madame Bovary, de Flaubert, Persépolis, de Marjane Satrapi, los escritos de Boccaccio, Marqués de Sade, Oscar Wilde, Henry Miller, Cela, J.K. Rowling, por citar algunos ejemplos. Aunque más de alguien pondrá el grito en el cielo: aquellas/os frígidas/os damas/os del jurado que aún pululan bajo las piedras de la ignorancia. Y seremos acusados/as de incitar a la zoofilia.

    Los microrrelatos aquí reunidos destruyen el cliché de lo erótico donde la mujer es castigada por amar/gozar y reorganizan un sistema literario diferente y desprejuiciado.





Lilian Elphick

Enero de 2019


PUEDES LEER LA ANTOLOGÍA «HOKUSAI» AQUÍ





 



Anderson Imbert, el escritor que enojó a Perón


Enrique Anderson Imbert


Por Ernesto Bustos Garrido (Corebo)


Hacia fines de 1949, Enrique Anderson Imbert fue despedido de su cátedra en la Universidad Nacional de Tucumán. La orden vino "desde arriba". El entonces omnipotente dictador de Argentina, el general Juan Domingo Perón, lo colocó en una "lista negra". ¿Su pecado? Ser opositor y dirigir el diario socialista Vanguardia. Así el profesor Anderson Imbert, por cumplir los 39 años de edad, debió exiliarse y partió a Estados Unidos con una beca de la Universidad de Columbia.
El episodio aparece en la vida del escritor, ensayista, poeta y crítico literario como un mazazo en la cabeza, que sin duda lo fue, pero en el fondo el dictador Perón le hizo un favor, porque Enrique Anerson Imbert, nacido en Córdoba el año 1910, obtuvo al poco tiempo en Estados Unidos una cádetra para enseñar literatura en la Universidad de Harvard. Antes fue también docente en la Universidad de Michigan entre 1951 y 1965. En Harvard estuvo entre ese año y 1980.
Su paso por esos planteles dejó huellas. Aparte de ser un hombre ilustrado, poseía la sabiduría de los antiguos profetas y el don de gente de los diplomáticos vaticanos. Escribió incansablemente y redactó un gran estudio sobre las características del cuento. (Teoría y técnica del cuento -Ariel Letras, 1979).
Su obra literaria en cuanto a ensayo y crítica literaria es amplia. Escribió junto a Pedro Orgambide y Raúl Scalabrini un ensayo llamado Anti-Borges, en el cual vapuleaban la obra y la postura filosófica del autor de El Aleph. Afirmaban que la producción literaria de Borges tenía un futuro obscuro y no perdudararía. Sostenían que Borges era superficial y que nunca "quemó las naves" para fijar de cara al lector sus principios sobre la crisis moral del pueblo argentino. Al parecer se equivocaron, y en grande, porque Borges los sobrevivió a todos.
No obstante este desliz (todos tenemos uno o varios) no emsombrece la magistratura de Anderson Imbert en el campo de las letras.  Algunos dicen que echó las bases de la crítica literaria como disciplina de alta academia. Y hay quienes opinan que este resplandor obscureció en gran medida sus grandes dotes de novelista y autor de cuentos.
Estos se mueven entre el realismo y la fantasía. Buena muestra de ello son sus cuentos "El suicida" y "El fantasma". Hay muchos más, y todos los ingredientes que definen al cuento son parte de una literatura que se podría rotular como andersoniana: la sorpresa, la economía, la universalidad. Un escritor no se define desde la política, la religión o el lugar heredado que ocupa en la sociedad: se definiría, en todo caso, por su estatura humana y su vigor mental. Y se lee por el interés que despierta su escritura.
De su estilo se dijo siempre que brotaba de una imaginación frondosa y a la vez acotada al europeísmo del Río de la Plata. "Son estructuras montadas sobre bases casi matemáticas y la pluma propia de quien da prioridad al raciocinio", sostuvo Bloom.
Escribió hasta muy tardía edad (falleció en Buenos Aires a los 90 años de edad) hasta después de dejar la docencia. Su último proyecto, según sus biógrafos, era un relato donde un prestigioso violinista perdía u olvidaba su partitura poco antes de dar un concierto. ¿Cómo habría encaminado Enrique Anderson Imbert esta historia para grabarle su sello y hacerla enteramente suya?

***

Dos textos de Enrique Anderson Imbert:


El aprendiz de brujo


Páncrates era un mago de Menfis que aprendió su magia viviendo veinticuatro años en el centro de la tierra. Cierto día invita a Éucrates a viajar juntos. Éucrates observa que cada vez que llega a una posada el mago toma una maja de mortero, o una escofina, o una aldaba de la puerta, la envuelve en un paño, pronuncia unos versos misteriosos, y he aquí que la cosa se trasforma en un hombre. Este hombre es un sirviente que cumple con todo lo que el mago le manda: adereza la comida, pone la mesa, hace la cama y saca el agua del pozo. Cuando ya no hay otra cosa que hacer, Páncrates pronuncia otros versos y el hombre vuelve a su primitivo estado de maja de mortero o de escofina o de aldaba de la puerta.
Éucrates quiere averiguar la fórmula secreta para transformar una cosa en sirviente y se oculta para oír al mago en el momento de pronunciarla. Oye los versos que hacen al hombre, pero más tarde no alcanza a oír los versos que lo deshacen. Aprovechando la ausencia del mago, Éucrates toma la maja del mortero, la envuelve en el paño y pronuncia los primeros versos. ¡Qué maravilla! ¡Ahí está el sirviente!
–Trae agua del pozo.
Parte diligente el mozo y trae el cántaro lleno.
–Riega la casa.
Y el sirviente va por otro cántaro.
Éucrates teme que de un momento a otro vuelva el mago y se enoje por su intromisión, así que ordena al sirviente que no traiga más agua sino que se convierta otra vez en maja de mortero. El sirviente no obedece. Sigue trayendo agua e inunda la casa. Éucrates agarra un hacha y parte al sirviente en dos. Ahora son dos sirvientes que con sendos cántaros sacan doblada agua. En eso entra Páncrates, se enoja, deshace a los diligentes sirvientes y se va para siempre dejando a Éucrates con la mitad de un secreto que nunca se atreverá a usar porque no sabe la otra mitad.


Alas


   Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca. Un tarde me trajeron un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho, vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:
   —¿Por qué no volaste, m'hijo, al sentirte caer?
   —¿Volar? —me dijo— ¿Volar, para que la gente se ría de mí?


Imagen vista en el blog "En frasco pequeño".


*

Ernesto Bustos Garrido


   Nací el año 1943 en Santiago. Aprendí a leer en la Revista El Peneca. Fui al mismo colegio durante los doce años de mi educación formal: Los salesianos de Don Bosco. Ingresé a la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile el año 1964. Trabajé en distintos medios de comunicación. Estuve 17 años en La Tercera de la Hora.  También dirigí El Correo de Valdivia y Austral de Temuco. Paralelamente fui docente en la U. de Chile, en la Católica y en la Diego Portales. Soy casado y tengo cinco hijos: Dos periodistas, una ingeniero comercial, una abogada laboralista,  y una antropóloga social que tiene un doctorado en Brasil. Mi autor preferido es Ernest Hemingway. Me gustan Flaubert y Daudet. De los chilenos, Mariano Latorre, Rojas Manuel, y Coloane y entre los argentinos Arlt, Borges y Cortázar. Escribo cuentos y colaboro regularmente con algunos blogs literarios de España y México.


Federico Spoliansky: «Atlántov»


De la bitácora de Federico Spoliansky


¿Cuál es el panorama? Conocer el latido del girasol, cómo responde el corazón del girasol al humor del viento, al humo de un caño de escape. No hablo sobre girasoles, hablo con ellos; el diálogo con los girasoles es el poema lindero. Algunos capataces trompearían, le darían una tunda al girasol que se rehusase a rotar. Que los girasoles sigan el rumbo sin detenerse por entuertos.



No existe mortaja para vela. No existe cementerio ni momento vela. Una vela no recibe pensión ni se jubila, trabaja hasta el no doy más. El lugar para una vela es un zaguán, un oratorio, un estar vecino al kohinoor, una partida de chinchón. ¿Qué profesión puede elegir? “¡Vamos!, ¿de profesión?”. “Vela”. “¿Qué hace?”. “Velo”, responde trans. ¿Cuántos avatares puede resistir? Le exigimos a una vela más que a un percherón.



Qué sol, qué superficie puede albergar al corazón de un alcaucil. Atrapado en un remolino de Aceite, como si disfrutara chupado, como si le hubieran dicho que Aceite, Disney y el Chavo son del mismo palo, el alcaucil muere, no de un síncope.



El agua inquieta mueve aguas.



El cultivo debe volver al vientre, transitarlo una vez más, ser cosecha que se mira, como mira el sol al grano cuando acopiado lo lleva el camión.



La vizcacha va por el monte, deslizándose, deslizándose pegada a la tierra, va soldada, la vizcacha montesa del Sur.


*

Contratatapa de libro Atlántov, por Luisa Valenzuela:

El maestro desafía a su exdiscípulo: “Si tuvieras la plata, ¿te irías de acá al aeropuerto” para volar a Rusia? El exdiscípulo se indigna: “¡Voy a cambiar todas mis contraseñas!”.
A partir de esa extemporánea amenaza o —promesa—, los textos de Federico Spoliansky se suceden rompiendo todas las normas y guiándonos por un camino de desconcierto y encantamiento. Animistas, protoplasmáticos, son tarjetas de invitación a nuevas imaginaciones. A partir del infinitivo del verbo escribir acepta que “solo hay música en el infinitivo ser cantante”. He ahí la búsqueda siguiendo “la tramoya de la duda” en la cual “toda charla parece interconsulta”.
Porque somos aledaños, atlánticos distintos, el cambiador de contraseñas avanza por minimalistas, exaltados mundos. Como marcas de agua.
“Así es en la escritura: hay latitud, longitud. Y hervor”, reconoce. Y en ese hervor nunca más aludido de las olas del Atlántico, y en ojotas, el observador de lo inobservable va atravesando refugios de palabras en los que “hay goteras”. Quien habla comprimida y verborrágicamente deambula por playas, sorpresas, adopciones, intuiciones, presencias, hasta alcanzar esa otra Rusia del alma que es la voz del tenor: Atlántov.
Propongo aquí mi interpretación de este libro escrito en total libertad que, como una ristra de koans, abre caminos de extrañamiento, reflexión y empatía.


*

Federico Spoliansky nació en Buenos Aires en 1970. Posee un Master en Realización Audiovisual (London Film School & London Metropolitan University). Es Licenciado en Psicología (Universidad de Buenos Aires). Publicó los libros Atlántov, Duda patrón y El agujero. Escribió los ensayos sobre música y literatura Épocas de Galera, Apuntes sobre la caballerosidad rústica. Y los ensayos sobre ópera María Callas, Medea y el dragón, Prima Donna Siciliana, El libreto de Ópera: fuente y acotación. Recibió el Primer Premio Nacional Iniciación de Poesía, Ministerio de Cultura de la Nación (Bienio 1991-1992). En 2017 ganó una beca de Formación (Letras) del Fondo Nacional de las Artes. En 2018 fue Visiting Scholar del departamento de Estudios Hispánicos de Brown University (Providence, USA).



GUIDO EYTEL, UN POETA DEL SUR



 
VINCENT VAN GOGH


CUANDO EN EL SUR FLORECÍAN LOS CEREZOS


A mi primo Marcelo Salinas Eytel,
detenido desaparecido hasta hoy.


La calle no tiene hoy ni luz ni pájaro. / Quién va a cantar, quién va a levantar / una mínima esperanza luminosa.

Se vuelven otra vez los perros horizonte / y no hay agua para lavar esta injusticia. / Qué va a correr bajo los puentes / llenos de vergüenza, carcomidos / por la humedad del desamparo.

Yo no soy más que el testigo de la ausencia, / qué hago reclamando ante el vacío. / No
sucederá otra vez: / las enredaderas ocultan la casa / y a la lluvia del tiempo / le dio por borrar todas las huellas. / ¿Alguien ha visto un niño perdido?

He bebido cicuta: / se me dan vuelta las palabras / y como ciego busco / el gesto que perdí por esos días. / Qué lo voy a encontrar, cuál era. / ¿Era una sonrisa, era un saludo, / era una manera de caminar / poniéndole el pecho a la injusticia?

Como siempre, esta noche / el mismo sueño me persigue: “si no, / primo, si no, si no era nada, / aquí estuve todo el tiempo, / soñando como tú bajo el manzano”. / Qué voy a despertar.

La última vez usaba sandalias / y una chaqueta verde / del color del pasto / que brota a principios de noviembre. / ¿Alguien supo qué le hicieron? / ¿Cuando murió qué dijo?

¿Levantó una mano, gritó, / abrió los ojos / (se verá en sus pupilas la faz del asesino)
o solamente suspiró / y pensó que en el sur / estaban floreciendo los cerezos?

Hoy la calle no tiene luz ni pájaro. / Afuera el silencio parece que va a estallar.


LOS VIEJOS AMORES

Los viejos amores salen a volar
como luciérnagas
por las noches.
Se escabullen por los matorrales
de tus sueños
y cuando quieres atraparlos
y abres los ojos
solo la oscuridad del bosque te recibe.
Y ahí te quedas,
en pleno corazón del misterio,
sin poder recordar
el camino de regreso.
Y se abre un lirio cuando cae la noche.
Húmedo y rosado, tiembla.


EL BAR DE LOS JUBILADOS

Los jubilados beben lentos su vaso de vino.
Miran en el diario
los avisos de las defunciones,
hablan de la humedad, del reumatismo,
y luego se quedan en silencio.
No hay reloj frente a la barra
y el calendario ya no sirve de nada.


JARDÍN BOTÁNICO

Una mujer da de comer a docenas de gatos
mientras los mellizos maman de la loba.
Un anciano espera la llegada del invierno.
Árboles desconocidos, pero sombras amables
me reciben y paseo por los senderos
siguiendo el vuelo de las aves enmascaradas.
“Esta es la hora en que debo pensar”, digo,
y me siento a recibir el tibio sol del otoño.
Pero no puedo pensar.
Sólo espero que pases a buscarme.

o la Muerte.


PARA QUE QUEDE CONSTANCIA

Hoy no puedo escribir un poema.
Los gorriones beben de las pozas de la última lluvia.
El magnolio florecido dice díbujame, huéleme, escríbeme.
Pero yo no puedo escribir un poema.
Dejo la fecha para que quede constancia:
miércoles 8 de octubre.
Será un día largo.

*

En:
Poesía Sur. El Norte de la Poesía.

Guido Eytel, 1945-10 de diciembre de 2018.TU VOZ ESCRITA EN LA MEMORIA

LEONEL HUERTA: «MYM»





MYM

Hoy
     No me lavé las manos, las tenía limpias de la semana pasada. Usé la misma camisa de ayer, los calcetines me los cambié. No pensé en ahorcarme en la mañana, decidí dejarlo para después. El almuerzo me dio sueño, pero no dormí. Los MYM estaban dulces, solo me dieron de un color. Fui al baño y no usé papel; se dieron cuenta, casi me da lo mismo.
Hoy
     Los calcetines eran de distinto diseño, cómo pasó. Magia. Pensé en las venas abiertas, pero el rojo no lo soporto. Ahora me dieron MYM antes de almuerzo. La camisa era nueva, me felicitaron, me sentí bien, pero mi camisa vieja lloró. Por qué siempre es hoy, a veces quiero que sea mañana o ayer, pero siempre es hoy, es muy desagradable estar siempre donde mismo.
Hoy
     Pasé el peine del perro por mi pelo, salí sonriendo del baño, tanta alegría por un peinado. Me gustan los MYM, pero están saliendo ácidos. No pensé en la muerte, solo en mañana.
Ayer
     Hoy parece ayer. Debe ser por tanto MYM.


El Conducto

El pequeño titán que vive en mí lleva un tiempo torturándome. Cuando creo que puedo seguir escribiendo, vuelve sin contemplación a embestir. Solo seis calmantes en la tira, todos a la boca. Masticar y masticar, las pastillas solo han aumentado el martirio. Tres de la mañana, no tengo donde ir. Busco alcohol en la cocina. De la última junta no queda una gota. Se ha convertido en mi elefante blanco, no encuentro solución para este pesar. Desesperado, abro cajones; en uno de ellos, un alicate me llama la atención. Doy vueltas por el pequeño departamento, saco la cabeza por la ventana esperando que el frío lo adormezca. La calle vacía, mi suplicio ausente de todos. El pequeño titán sigue latiendo con más tesón, imponiendo nuevos niveles de dolor y angustia. En el baño, el espejo revela la cruel realidad. La cara hinchada, deforme, me convierto en el nuevo Gregor Samsa. Abro la boca y lo veo, sé que debo hacer, a mi espalda, el cajón aún sigue abierto.


Hormigas

Otra vez aquí. Ya estuve antes. ¿Cuándo? No lo sé.
No me gusta estar tirada en el pasto, las hormigas caminan sobre mí y luego no hay forma de sacarlas, la única solución posible: aplastar. Alguna vez me sentí como un insecto, pero solo recuerdo el sentimiento, por más que trato de recordar la ocasión, no puedo. No todo es rememorar, también se trata de vivir, pero parece que la vida sin recuerdos es solo vacío; acaso solo una memoria llena puede experimentar la existencia, esos pensamientos no son míos, de alguna forma los tengo en mi cabeza, llegaron y no se fueron. No puedo negar que el paisaje es hermoso, incluso esas dos construcciones en el fondo, que a pesar de estar agregadas no desentonan con esta campiña. ¿Tendrán caballos? Eso sí lo recuerdo, montaba todo el día. Los potros y el viento eran para mí la combinación perfecta, el animal siempre estaba dispuesto a cabalgar. Ambos, un solo pulso. La unión de lo bello y lo bestial es seductora, al parecer causa un efecto sublime, lo intocable, nuevamente estos pensamientos que no llevan a ninguna parte, no puedo escapar de ellos. El hálito campestre envuelve mi rostro, quiero que toque toda mi piel ¡me tocabas, me tocabas! No sé si fue antes o después de él, ¿había un él?, ¿quién? Tus caricias me enloquecían, no recuerdo tu rostro, pero tus suaves y pequeñas manos vuelven a mi piel.
Vengo hacia mí, pero si yo estoy aquí. Me hablas, saludas: “abuela, qué estás filosofando”. No entiendo, la niña que está al frente soy yo o lo que fui. Estoy enferma, muy enferma. Caminaré hacia un futuro sin pasado. Solo espero no olvidar tus caricias, las hormigas en mi cuerpo.


Tigres
  
Nadie conoce el principio o el fin del muro. Hacia arriba es eterno y en dirección contraria se presenta infinito. Los ladrillos que lo forman son impenetrables, toman el color del día y olor del caminante. Nadie sabe si su forma es circular, recta o la combinación de ambas. La muralla está ahí y acompaña al viajero durante la travesía. La vida del andante está rodeada por el muro.
Mientras camina, escucha un sonido.
   ¿Alguien ahí?
   Sí, pensé que no había nada al otro lado.
   ¿Quién eres?
   Disculpa, no me presenté, soy una tigresa de Elphick.
   Yo, un tigre de Borges.
   Imagino que tienes rayas.
   Sí, tengo. ¿Qué hay a ese lado?
   Plantas, árboles, ríos y animales de todo tipo.
   En este lado también, seguro se parecen a los tuyos.
Siguieron juntos por el sendero. Se contaron sus vidas, esperanzas, miedos y alegrías. Aprendieron de sus palabras. En sueño y vigilia se acompañaron, mas el muro no terminaba.
   Ya casi no te escucho.
   Y yo a ti.
   ¿Paramos o nos devolvemos?
   Prefiero seguir adelante.
   Yo también
   Entonces es un adiós.
   No lo sé, tal vez el muro cambie algún día.

Treinta y nueve azotes  

El animal ya no podía más. El hombre debía hacer la entrega, montado en la carreta fustigaba al caballo, no se movía. Desesperado bajó para hablar con él, acariciando su cabeza, mas un nuevo flagelo brotó de su látigo. Ambos miraban al cielo pidiendo explicaciones, como si Dios fuera el culpable de sus vidas. Amo y esclavo, ¿quién era quien? Un nuevo movimiento de manos y el cuero caía sobre el lomo del que fuera corcel. Le hizo promesas, “está será la última vez, luego podrás descansar, viejo amigo”, el compañero seguía estático. Sólo faltaban unos pocos kilómetros, de no cumplir con el contrato lo perdería todo. La mancha blanca de su cabeza apuntaba al suelo, las siguientes agresiones con el rebenque tampoco dieron resultado. El hombre sabía que ya estaba todo perdido, sin embargo, siguió torturando al jamelgo una y otra vez; con el golpe treinta y ocho cayó agonizante. El carretón volcó, las calabazas rodaron por todas partes. No pudo controlar la turba que, embrutecida, tomaba los zapallos. Miró al animal casi muerto, su carro vacío. Con furia descomunal un último azote mató al pinto.

Jardín

Llevo tiempo deseando dejar este mundo, este cuerpo que no responde, recordando lo que fue una vida, un futuro que no será. Llevo años sin hablar, sin mover un dedo, sin que me entiendan, humillada día tras día. El joven de la mañana levanta las sabanas, saca mis porquerías y luego me limpia. Pasa un paño por aquellos labios donde antes hubo dedos, bocas y manos que me enloquecían, ¡manos, manos, ¿dónde están mis manos?! No puedo gritar, ¿acaso perdí mi voz? Por la noche viene una señorita. Ella me mira, acaricia mi mejilla y luego llora, siempre llora. Yo no sé qué hacer con usted, señora, ayúdeme a resolver este problema. Si le hablo, solo tengo una pregunta por hacer, señora. Las lágrimas son por mí o por ella, no la entiendo, pero cómo hacerlo si nunca me ha dicho una palabra. El joven de la mañana no para de parlotear, pero ella sin decir nada está más cerca de mis pensamientos, ¿acaso tendremos la misma idea? No le hablo, porque no me atrevo a preguntar, a preguntar lo que usted, señora, no podrá responder. Sé lo que quiere, señora, y estoy dispuesta a hacerlo. Cada vez que la veo en su cama acostada en una posición que  no eligió, me pregunto cuánto extraña su libertad. Señora, esclava de la muerte, dígame si quiere ser libre. Hoy no ha venido nadie, estoy en un jardín, hay un jardín.


Blanco y Negro

El que golpea es un viejo con sombrero de película de los años cincuenta, de esas en blanco y negro. Mamá no dice nada, simplemente abre la puerta. El hombre se detiene por un momento en el dintel de entrada, sus ojos cavernosos examinan cada rincón de la habitación, su mirada se clava en el mueble de las fotografías por un largo rato. Mamá entra en la cocina, yo le sigo. No hables, no preguntes, me dice. Él ya está sentado en el sofá, enciende el televisor. Mamá le lleva un té, él no da las gracias; ella no espera respuesta. Hasta ahora no se han dicho nada. El viejo sin sacarse el sombrero se queda dormido con el control remoto en la mano. Mamá sale a la calle, la espera la vecina, se abrazan y luego caminan.
Algunas canas se dejan ver, su cara arrugada, dedos deformes, uñas negras, pelos que  escapan de la nariz y las orejas. La ropa que usa es anticuada, pantalones oscuros con finas líneas blancas, una chaqueta de solapa desgastada y una camisa blanca de cuello opaco. Zapatos negros, sin lustrar, cordones deshilachados. Emana un olor a humedad, a humo, a pan con cebolla, a pobreza. Mientras duerme abre la boca, no tiene muelas, solo algunos dientes. Un lunar asoma en su cuello.
Mamá vuelve, yo la sigo, comienza a cocinar. No me mira. Ajena a mi presencia, saca las compras de una manera tan lenta que parece no tener ganas de hacer aquel trabajo. Abre cajones, toma ollas y prepara la comida. Enrepollado, es la cena para hoy, una combinación de repollo cocido, papas, carne y tocino. Es la primera vez que lo hace. Saca el mantel y servicio que solo usamos en Navidad. El Viejo no es cualquier viejo. Está servido, dice ella. Él se pone de pie, todavía con sombrero. Camina al parecer con algo de dolor, porque, a pesar de los pocos pasos que hay desde el sofá a la mesa, se toca varias veces la espalda. Sentarse también se torna un suplicio. Toma aire y huele, un gesto epifánico pasa por su rostro. Él levanta la cabeza para mirarla, ella le quita la vista, pero al rato también lo observa. Ambos sin quitarse los ojos de encima acercan la mano a la cuchara, como los vaqueros en un duelo. El viejo parpadea, mamá aún lo mira, mamá ha ganado. No entiendo nada. Le dice que puede quedarse en mi pieza, que yo dormiré con ella. Espero que no agarre mis libros, nadie los puede tomar. Es la primera vez que el viejo me mira, su mirada solo indica cansancio. En la cama, mamá me toma la mano, me acaricia y luego me abraza. Solo ella puede tocarme, a los demás no les dejo.
Me levanto, ella aún duerme. En el cuello también tiene un lunar. Sobre la mesa hay un montón de billetes. Cerca de las fotografías, el sombrero, en blanco y negro.

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Leonel Huerta Sierra (Santiago, Chile, 1964). Escribe desde el año 2014. Miembro activo de: Taller Literario Peuco Dañe, Academia Libre y Talleres La Venezuela. Dirige la publicación Gaceta Literaria Peuco Dañe. Ha participado en talleres dirigidos por: David Hevia, Denisse Fresard, Iván Cuerco y Lilian Elphick. Ha sido publicado en la revista Alerce, de la Sociedad de Escritores de Chile. Fue incluido en la antología “Más allá de un No”, de la Universidad Alberto Hurtado. Su cuento “Ebullición” ha sido llevado al teatro.
Segundo Lugar. Concurso Raíces de Mujeres, 2016. Conmemoración Día Internacional de la Mujer Indígena. Cuento “Mapudungún”.
Segundo Lugar Regional. XXIV Concurso Historias de Nuestra Tierra, Cuentos y poemas del mundo rural, 2016. Categoría Historias Campesinas. Cuento “Huacho”.
Primer Lugar Regional. XXV Concurso Historias de Nuestra Tierra, Cuentos y poemas del mundo rural, 2017. Categoría Historias Campesinas. Cuento “La noche de la plumas”.
Mención Honrosa cuento “Viejas casas”. Concurso Cuento Corto de Vitacura, 2018.

Leonel Huerta