Milton Puga: «Hippo»


 
Foto: Beso Gulashvili / Georgian Prime Minister's Press Service via European Pressphoto Agency


Hippo

Estos últimos días ha llovido mucho por aquí. El río que pasa cerca de la ciudad se desbordó y siguió su curso por las calles de la ciudad. El torrente también llegó hasta el zoológico.

El nivel del agua subió tanto que muchos huéspedes salieron flotando por encima de la reja, como si alguien los hubiera tomado en brazos para liberarlos de su aburrido encierro. En cuanto estuvieron fuera, todos fueron a dar un paseo por el centro de la ciudad. Avestruces, monos, osos, tigres, cocodrilos, leones, elefantes... y yo.
Muchos lamentan que calles y plazas estén cubiertas de barro. Para mí es el paraíso. A pesar de mi tamaño y mi aspecto imponente, tengo la piel muy delicada. Todos los días me doy baños de barro para protegerla y mantenerla tersa y suave. No es vanidad, es un imperativo fisiológico.
Justo aquí, delante de la tienda, se ha formado un gran charco. Creo que voy a tomar un baño ahora mismo. Y después voy a entrar a probarme un reloj. Siempre me han gustado los relojes de marca. Tengo la muñeca un poco ancha, pero seguro habrá una correa que le calce.
Apuesto a que ya vieron al hombrecito que intenta ocultarse torpemente tras el árbol. Cuando menos lo espere, le voy a dar una gran sorpresa. Tal como hizo mi amigo el cocodrilo cuando trataron de llevarlo de regreso al zoológico. En cuanto sonrió, todos salieron corriendo. Tiene una dentadura perfecta. Y es terriblemente simpático. Igual que yo.


Viuda

Era el experto más renombrado de la Facultad en los mecanismos reproductivos de los arácnidos tropicales. Los especímenes que atesoraba en el terrario que había construido en el jardín de su casa eran una leyenda viviente.

Al examinar un insecto es fácil prescindir de cualquier consideración y atravesarlo sin más con un alfiler entomológico. No obstante, si el objeto de estudio es una Phoneutria fera, la veloz tarántula corredora del Brasil, la actitud del observador cambia, necesariamente.
Su veneno puede matar a un varón recio y bien conformado en menos de dos horas. No existe ningún antídoto. La mordedura produce contracciones musculares y respiración anhelante, culminando con un espasmo terminal y muerte por asfixia.
Con todo, el veneno, en cantidades moderadas, se ha usado para remediar el vergonzante síntoma de un penoso trastorno de la condición viril.
Quizá éste fue el origen de los insidiosos rumores que corrían en la Facultad.
Aludían a las atenciones que el profesor prodigaba a sus estudiantes más agraciadas.
Sólo la envidia podría atribuir semejantes intenciones al hecho que el profesor invitara con regularidad a algunas alumnas a tomar el té. En tales ocasiones, además, siempre estaba presente su esposa.
Luego del accidente todo cambió. Probablemente él se confió demasiado al manipular uno de los especímenes más agresivos.
El terrario fue desmantelado y la viuda del profesor se mudó a otra ciudad. En todo momento demostró ser una mujer de gran carácter. Durante las exequias, enteramente vestida de negro, irradiaba un aura de severa dignidad.


Appassionata

Yo contaba con su devoción por la música. Y por mi esposa.
Me las arreglé para que ella misma lo convenciera.
Sería una acción de arte. Esa clase de extravagancias habían cimentado su fama. Más que talento, tenía un apetito voraz por la novedad.
En una playa debía interpretar una de sus composiciones en un piano, mientras éste era consumido por las llamas.
Él ya estaba vestido con un traje de asbesto cuando el público comenzó a llegar. Al caminar en dirección al piano, la gente lo aplaudió.
Se sentó frente al teclado y se ajustó el casco. Rechazó los guantes. Como estaba previsto, con los primeros acordes se activó la combustión y el piano comenzó a humear. Instantes después una lengua de fuego asomó bajo la caja de resonancia.
Él apuró la ejecución. De pronto, una llamarada envolvió la cubierta. Instintivamente él se apartó del teclado, sin dejar de tocar. Estaba completamente poseído por el éxtasis de la vanidad.
A esas alturas, las cuerdas y los martillos, deformados por el fuego, habían transformado la vibrante melodía inicial en una pesada monstruosidad.
Cuando los parlantes instalados en la playa sólo reproducían el sonido de la madera crepitante y él parecía un mimo patético imitando a un pianista, una llamarada violenta lo lanzó de espaldas.
Ya no se movía. Mi esposa corrió junto a él. Minutos después los paramédicos anunciaron que el insigne artista había muerto. Paro cardiorrespiratorio fulminante. “Ars longa, vita brevis”, pensé, mientras confortaba, sin éxito, a mi mujer.


B 612

Atrás quedó el hogar, las tristes discusiones, el despecho. Atrás quedó Consuelo. Sobre el desierto todo lo que se nombra nace del silencio. Entre oasis y ciudades, a mil millas de todas las regiones habitadas, volando a treinta mil pies, es posible alcanzar la eternidad. “Tú serás para mí único en el mundo”, dijo. Los relojes se detuvieron. En la soledad del vuelo, la Tierra es la mansión de los hombres. Unidos por una sonrisa, buscan el mar. Última misión. En el último día de julio, vamos andando juntos por calles y por islas el niño, el zorro y yo.


A las puertas del cielo

Todos venían del mismo lugar. Todos hablaban el mismo idioma. Todos tuvieron la misma idea. Nada les impediría alcanzar su propósito. La palabra era el cimiento de su obra. Encendieron fuego, cocieron ladrillos, alzaron andamios y comenzaron a construir. Día y noche se afanaban entre cuerdas y poleas. Con entusiasmo se daban instrucciones, compartían cifras y símbolos. De mano en mano pasaban escuadras y plomadas. Algo más fuerte que el alquitrán unía las palabras a las cosas. Al amanecer del último día, justo antes de colocar el último ladrillo, a un palmo de tocar el cielo, los envolvió el silencio.


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Estas aguas hablan de arriesgadas travesías y de héroes audaces; de la ira de los dioses y de un hombre empeñado en regresar a su hogar. Ahora muchos han debido abandonar el suyo, convirtiéndose en protagonistas de una nueva odisea. El cruce es difícil y el horizonte parece muy lejano. Por dos mil euros es posible hacer el viaje. Él terminó boca abajo en una playa, cerca de un exclusivo resort. Parecía dormido, con la placidez de los niños cuando sueñan. Vestía una polera roja y pantalones azules. Aún tenía sus pequeñas zapatillas puestas. Una imagen vale por cien palabras.


***
 
Milton Puga

Rancagua, Chile, 25 de noviembre 1960.

Profesión: Diseñador Gráfico.

Oficio: Publicista.

Vocación: Lector que escribe.

Desde diciembre de 2011 reside en Temuco, en La Frontera del Reyno de Chile, donde asesora a empresas e instituciones en gestión de marca y comunicación estratégica.

Un libro publicado: Amanecer, Sudamericana, 2003; doce relatos de ficción.

Tiene la esperanza de publicar pronto otra docena de cuentos con el título Reverso.

Cultiva la microficción. 


ANTOLOGÍA DE MICRORRELATOS.CONVOCATORIA


 
Katsushika Hokusai


¡ATENCIÓN, MICROCUENTISTAS DEL MUNDO!

Se reciben microcuentos con el tema de «El sueño de la esposa del pescador», de Katsushika Hokusai. 

OBJETIVO: Creación de la antología digital de la Revista Brevilla que reunirá microrrelatos basados en «El sueño de la esposa del pescador», de Katsushika Hokusai.

CONDICIONES DE ENVÍO:

*Un (1) solo texto por persona, de 200 palabras como máximo.

*Envíos en doc. word a lilian.elphick@gmail.com o vía inbox FB, mismo formato.

*Mini bio autor/a de no más de 5 líneas.

*Texto y minibio en un solo archivo.

*No se aceptarán PDF ni fotos ni textos pegados en el cuerpo del mail.

*Se reciben textos en otros idiomas, con su correspondiente traducción al español.

*Los textos serán evaluados por el comité editorial de Brevilla.

*El incumplimiento de cualquiera de estas formalidades equivale a la descalificación automática.

FECHA TOPE: 20 DE DICIEMBRE.

Yayoi Kusama

«CAPILAR», DE LILIAN ELPHICK




Del libro Capilar, de pronta aparición:

Cinco
Juan y Laura. Así nos llamamos. Nuestros registros dicen otros nombres. Los padres no quisieron aventurarse en lo original y recordaron que la proclama es una familia muerta a balazos.
Crecimos en el mismo barrio; fuimos a la misma escuela. Tuvimos las mismas manchas de tinta en los dedos.
Atesoramos pistolas que fueron nuestras enamoradas.
Leímos Eloy, de Carlos Droguett.
Tuvimos toda la juventud por delante, y nos amamos bajo los álamos del invierno. Algún día, dijimos, todo esto va a cambiar, mientras la bencina escurría por nuestros cuerpos.
 Nos enterraron juntos, hueso contra hueso. 
***
Capilar, de Lilian Elphick. Ediciones Eutôpia, Santiago de Chile, 2018.

Nieves Pascual Soler: «Soplo de humo negro»

Zoizick Meister


CARIÑO

Cariño, esto. Cariño, lo otro. Cariño, lo de más allá, que si por arriba y para abajo. Y es que se había olvidado de mi nombre.


EL NÚMERO TRES

Se dijo que el tres era sagrado en Roma, Grecia, Asiria, Fenicia, Escandinavia, México, Perú, China y Japón, siendo su peculiar significado que es el primer número impar que contiene uno par, así que la tercera vez nunca falla. El hombre se convenció de que si no hacía todo por triplicado ocurrirían desgracias. Digamos que, por ejemplo, no cerraba la puerta del frigo tres veces. Entonces moriría electrocutado. Si no miraba bajo la cama tres veces antes de dormir nunca se despertaría. Si no se lavaba la cara tres veces cada mañana contraería una terrible enfermedad en la piel. Esta visión tridimensional de la vida consumía su existencia. Perdió el trabajo, pero había heredado una pequeña fortuna para cubrir sus caprichos. Se quedó sin amigos porque lo atrevidamente divertido deja de serlo al repetirlo.
Un día mientras desayunaba su tercer croissant en la cafetería de enfrente de su edificio vio a la nueva vecina entrar al portalón. Era guapa, más o menos de su edad. Enseguida salió, olvidadiza y confusa, pero volvió a entrar y de repente a salir. Le pareció al hombre que entró de nuevo y luego salió. Se enamoró y le pidió una cita. Ella, que también se encontraba muy sola, accedió y una noche él se decidió a besarla. Un beso, dos besos y cuando se disponía a un tercero, ella le detuvo las intenciones y le dijo que no más de dos.

ES LA COSTUMBRE

Perdió la cabeza por ella que la conserva, como le enseñó su madre, dentro de una urna antigua de cristal soplado con base de madera, sobre la repisa de la chimenea, junto a las otras.

PERFECCIÓN

Teníamos unos trabajos perfectos, una casa perfecta, unos vecinos perfectos, unos niños perfectos y el mismo divorcio habría sido perfecto si antes de salir a trabajar no me hubiera percatado de una mancha en la camisa de mi marido, a la altura del ombligo. Dorada, pequeña y redonda al igual que una moneda. La restregué con un paño húmedo, pero a su regreso había reaparecido. A la mañana siguiente en otra camisa limpia, y a la siguiente y a la otra recurría. No crecía, no cambiaba la forma ni mudaba el color. La misma mancha afeaba toda mi ropa. Cambié de marca de detergente. Usé un nuevo quitamanchas. Me deshice de las alfombras y aireé los armarios por si el problema fuera de humedad. Todo fue inútil, pero nos sentimos irresistiblemente atraídos y una noche dormimos juntos. La luz de la luna se filtraba por la ventana. Empecé a lamerle con perfección los ombligos. Primero uno, luego el otro. Él también me los lamía. El segundo ombligo nos rezumaba líquido como una tubería rota. 

SOPLO DE HUMO NEGRO

El Sr. Cuentista soñó que a las doce de la noche se le apareció la bruja frente a su escritorio en un soplo de humo negro. Estaba harta de ser bruja. Él, que se encontraba cansado y no de muy buen humor, le dijo que se evaporara. Ella insistió:
 -No quiero vivir para siempre.
 -Tu vida no está en mis manos. Es parte del inconsciente colectivo, le dijo él.
 -¿Qué he hecho yo para merecer esta desgracia? Algunas noches sueño que me muero y entonces encuentro algo de paz. ¿Podría al menos darme un nombre?
Él negó con la cabeza.
 -No lo esperan así los lectores y existes para ellos.
 -Pues un tratamiento en el spa para un fin de semana.
 -No digas tonterías y evapórate.
 -Solo si me concede un beso, le dijo ella mirándolo fijamente a los ojos, sin pestañear.
En contra de su voluntad, él se inclinó hacia la maligna bruja y le imprimió en su pérfida boca del infierno un beso. La bruja desapareció en otro soplo de humo, pero el Sr. Cuentista se olvidó de despertar.

***

Nieves Pascual Soler (Almería, España, 1966). Catedrática acreditada de Filología Inglesa. Enseña online para la Universidad de Jaén y la Universidad Internacional de Valencia. Ha publicado múltiples ensayos y libros de carácter académico. Autora de: A Critical Study of Female Culinary Detective Stories: Murder by Cookbook (2009), Hungering as Symbolic Language (2011) y Food and Masculinity in Contemporary Autobiographies (2018). Co-editora de: Rethinking Chicana/o Literature Through Food: Postnational Appetites (2013), Comidas bastardas. Gastronomía, Tradición e Identidad en América Latina (2013), Traces of Aging: Old Age and Memory in Contemporary Narrative (2016), Cartografía del limbo. Devenires literarios de La Habana a Buenos Aires (2017) y Pasión Caníbal (2018). Desde 2016 reside en los Estados Unidos.

HAIKUS DEL SUR DEL MUNDO II


 
Katsushika Hokusai


Por María Isabel Quintana



Suena el silencio
En cielo sin estrellas
El pueblo duerme

     - o –

Frente a la lluvia
Se bate en retirada
El arcoiris

     - o –

Hielo nocturno
Sobre la telaraña
Teje cristales

     - o –

Viento inclemente
Los árboles se inclinan
Con resignación

     - o –

Despeña el agua
Suicidio irrefrenable
De la cascada

     - o –

Quebranta el verde
Se visten de naranjo
Los arrayanes

     - o –

Al son del viento
Abandonan la tarde
Las hojas muertas

     - o –

Trucha arcoiris
En aguas cristalinas
Mira mi sombra





Sawako Utsumi


***

Maribel Quintana


María Isabel Quintana inicia sus actividades literarias en Coyhaique, Región Carlos Ibáñez del Campo. Columnista durante un año en el Suplemento literario Alhuén del diario El Divisadero de Coyhaique.

Obtiene la Beca de Escritores el año 1999. Ha sido antologada en Cuentos integrados de la región Patagónica y en Cien microcuentos chilenos, selección de Juan Armando Epple, 2002.
 
Ha publicado El último dinosaurio y otros cuentos, 2002; Con la muerte en la cartera, 2003, y Vivir en Puerto Aysén. Diario de Noemí Coyopae,2012, premio Escrituras de la Memoria, Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes, 2010.

Reside en Viña del Mar, Chile.







LAURA ELISA VIZCAÍNO: ABISMO


 
Vasili Kandinsky


LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Una mosca murió aplastada dentro de la libreta de un ingenioso que le encontró forma y sentido al bicho. Ahora, el diminuto cadáver es una hermosa estrella de color tostado en la obra de un autor.


HOJA EN BLANCO

Apoyé la pluma sobre el papel en espera de que las ideas brotaran. De pronto vi muchas letritas en mis dedos, subieron por mi brazo hasta rozar mi cuello, hacerme cosquillas detrás de la oreja y acurrucarse en mi cerebro. Con la piel erizada y sin moverme, esperé a que bajaran. Finalmente, a las tres de la mañana, vi resbalar unas cuantas letritas (todas ellas mayúsculas), hasta llegar al papel y formar la palabra RÍNDETE. Después subieron por mi brazo hasta rozar mi cuello, hacerme cosquillas detrás de la oreja y acurrucarse en mi cerebro.


ABISMO

El lápiz reposa junto a la hoja blanca y ambos se dirigen la vista con compasión. El tiempo transcurre y las miradas se agotan hasta cerrarse. Los dos permanecen sobre la mesa como cuerpos inmóviles. El autor, desde arriba, los observa aterrado.


PARODIA

A falta de espejo, un Relato cualquiera se miró en el Lector, descubriendo tras de sí una hilera de Quijotes tocando el infinito.


PROBLEMAS CON EL ESTAMBRE

La doncella Aracné abrió una Escuela de Tejido y Bordado. Entre millones de alumnas sólo una no pudo graduarse. La creían holgazana e irresponsable, incapaz de hacer la tarea completa. Sus compañeras se burlaban de ella y, como no le dirigían la palabra, nadie le preguntó por qué deshacía el tejido todas las noches.



INFLUENCIAS

Soñé que soñaba con un lugar común, en el que mi otro yo pretendía revelarme la verdad absoluta. De repente Borges me sacó del primer sueño, ahogándome con una almohada y gritando algo sobre los derechos de autor.
Cuando desperté por completo, fui directo a mi biblioteca y quemé todos los libros del envidioso.


EGOS

Es tan sólo mi sombra la que se hace grande con tus palabras de luz o la que empequeñece con tu noche de silencio. Es tan sólo mi sombra la que te anhela. Pero ¿quién se llaga? ¿Quién camina hasta tu casa? A las sombras no les salen lágrimas. La que se enfría en el abandono de la noche tan sólo es una.


ENTRADA POR SALIDA

Asomada a la ventana vi tu fragilidad de colibrí, tu hermoso cuerpecito verde y tus alas queriendo entrar. Mi codicia por tenerte fue aguda, empujé el cristal y me dejé ir. Entraste emocionado, mientras yo caía sin freno desde el último piso.


ASTERISCO

Me tachas, me crucificas y me convierto en estrella.



*

Laura Elisa Vizcaíno nació en la Ciudad de México en 1984. Es doctora en letras por la UNAM. Publicó el libro para niños El barco de los peces pirata (con Fernández Editores en 2014), el libro de microrrelatos CuCos (con Ficticia Editorial en 2015), Bienmesabes (con La tinta del silencio en 2017) y ha participado en una veintena de antologías de minificción. Sus estudios teóricos sobre narrativa breve han sido publicados en revistas arbitradas y libros colectivos. Colabora en www.senalc.com y es tallerista en www.ficticia.com



Ocho cuentos


 
Woman reading on top of ladder (1920).Bettmann/CORBIS


Por Denise Fresard


Bibliófila

     Aquellos lomos empastados de cuero y tela, y sus filigranas doradas raídas por el tiempo, me obligaban a pasar muchas horas en el gran salón de la biblioteca. Me conmovían sus estanterías hasta el cielo raso, llenas de volúmenes de distintos colores y tamaños. A media altura, un riel sostenía una escalera que se desplazaba a lo largo de los estantes, para alcanzar los tomos de más arriba. Recuerdo días enteros sintiendo aquel olor a encierro tostado que se me pegaba en la ropa y en el pelo y se iba conmigo cuando debía abandonar la sala de los libros. Deploraba la oscuridad en que quedaban. Cuando volvía a aquel recinto, sentía la alegría de encontrar a un viejo amigo y me sumía en la lectura abstrayéndome de todo cuanto ocurría a mi alrededor. A veces, arrobada por el dulce ulular de un poema, levantaba los ojos extasiados y empujaba el libro oprimiéndolo contra mi vientre, me gustaba sentir su frágil firmeza enterrada en mi ombligo. Siempre lo besaba cuando debía dejarlo inconcluso y no pensaba en otra cosa hasta que volvía a acariciar sus hojas con las yemas de los dedos, sintiendo su seca rugosidad, suave y tierna como la piel de un durazno. Un día, no pude irme dejándolo de vuelta en su lugar y llegada la hora de cierre, escondí el libro debajo de mi falda y salí simulando no llevar nada. Me costaba caminar sosteniendo el volumen entre los muslos y me producía una extraña excitación el haberme adueñado de aquel objeto mudo y cálido que ahora guardaba tan íntimamente. Ahora era mío y podría devorar su contenido y acunarlo debajo de mi almohada, incluso leerlo en medio de la noche a la luz de la luna. Fui hasta mi cuarto y me metí desnuda entre las sábanas, con el libro en el pecho, sintiendo su peso amoroso, y así me dormí, sin leer una sola página.



Monstruo

     Yo lo vi, era un gigante. Y ardió un buen rato antes de que algún alma compasiva se atreviera a intervenir. Y todo, por esa maldita costumbre de quemar un muñeco el domingo de resurrección, y lo insultan, lo escupen y aplauden, mientras Judas arde en una estaca en la plaza.
     Ese día, entre la gente surgió un ser enorme y encorvado que hablaba tartamudeando y gesticulaba torpemente, se golpeaba el pecho con los puños mientras emitía un chillido entrecortado como gimoteando. Le atravesaba la cara una cicatriz que pasaba por encima de la nariz partiéndola en dos y un ojo parecía ciego. Se acercó a una mujer que gritaba enardecida –¡¡¡Quemen al traidor, abajo Judas!!! – la tomó por los brazos con fuerza intentado articular palabras que no pudo decir, la levantó varios centímetros del suelo. Un hombre salió de entre la gente para defenderla, pero solo consiguió que la zamarreara con más fuerza, golpeando su cabeza a lado y lado, después la lanzó sobre los atacantes, que a esas alturas ya eran varios, y como no lograra esquivar los golpes, pareció enfurecerse arremetiendo con puños a diestra y siniestra, golpeando a quien se le acercara, destruyendo  vidrieras, haciendo sonar alarmas y creando una atmósfera de caos.
     Cuando logró sacarse de encima a la turba que intentaba detenerlo, sangraba. Se acercó al muñeco amarrado en la estaca y lo desató, lo tomó entre sus brazos acunándolo, parecía llorar, de rodillas y con Judas en brazos. 
     Esto solo duró unos segundos, porque no bien se repusieron los que habían sido golpeados, lo atacaron entre todos y lograron reducirlo. Lo sostuvieron mientras corcoveaba y se retorcía, luego le ataron las manos y los tobillos y, como eso no fuera suficiente para mantenerlo fuera de combate, lo amarraron a la estaca, como a Judas.
     Llegado el momento, nadie intentó evitar que le prendieran fuego.



Mientras duermo

     Me caminan moscas por los brazos. Tiemblo. El frío parte las hojas de los árboles. Mi cabeza navega en otro tiempo y mi frente persigue una idea que se posa esquiva en una realidad aparente.
     Siento que asisto a mis obligaciones sin mirar el cielo mientras trabajo y que me rueda el sudor entre el cuello y la camisa, aun en invierno. Creo lo que acude a mis sentidos y me dejo llevar por frases publicitarias que no entiendo.
     Nada es simétrico en mí.
     Observo la herida de la infancia como una condición de vida, la llevo siempre conmigo porque es el sello de mi identidad más profunda. La herida es el lado oscuro, el lugar donde habita la espesa realidad de los sueños, esos que tienden a desaparecer, negándonos su verdad implacable.
     Nada es simétrico; por todas partes la injusticia. Pareciera que la verdad no es más que una pretensión que no alcanza a los que duermen.
     Mientras duermo me guían las estrellas que alumbraron mi nacimiento y desde el infinito, me parece que los muertos de mi destino tejieran la red de un encargo. Me debo a sus designios, siento su influencia  amorosa, los nombro, los pienso, aunque no los conozca.
     Mientras duermo parece que todo fuera cierto como la muerte, y que yo también me iré, para dejar lo que he creído mío. Yo no soy de este mundo, estoy de paso, igual que los sueños, igual que las moscas.



Bossa nova

     Ella, sentada en el taburete con minifalda, la cintura desnuda, los muslos brillantes. Levanta un vaso que el barman acaba de poner en la barra.  Se siente aburrida. Al fondo una banda toca un Bossa nova.
     Él está en la otra esquina del local, cerca de la ventana, le sudan las manos, sigue el ritmo con los pies, quiere una cerveza.
     Cuando se acerca a la barra ella lo ve. Viene directo hacia ella, es un hombre fuerte y sonríe al cruzar la mirada, ambos sonríen.
     -¿Tienes un cigarrillo?
     -No se puede fumar aquí dentro.
     -Bueno, podemos fumar afuera.
     -Está bien.
     Salen del bar, ella lo toma del brazo, sus tacones la hacen rebotar a lado y lado. Él la toma por la cintura. Ella se deja. Él se aproxima, le habla al oído, su aliento es tibio y alcohólico. Se voltea y se abrazan. Él desliza una mano por la espalda de ella, ella mete los brazos dentro de la chaqueta de él rodeándolo por la espalda.
     -Me alegra que aun podamos encontrarnos aunque sea a fumar. Desde hace un tiempo solo piensas en los negocios.
     -Tu sabías que mi trabajo es lo más importante para mí.
Se separan. Ella prende un cigarrillo.
     -¿Quieres uno?
     -Bueno. Yo tengo fuego.
     Fuman, mientras él bebe su cerveza.
     El cielo está despejado y cientos de estrellas iluminan la noche afuera del bar.


Lo que no arde, destella


     Abrí mi puerta para ver qué ocurría. Era de madrugada. Al medio de la cancha había una hoguera y ardían discos, revistas y enciclopedias.  Algunos llevaban sus libros voluntariamente. Pude ver que había un hombre agazapado en el rincón más oscuro del pasillo.  Solo cruzó conmigo una mirada antes de entrar en el departamento; por favor, dijo, solo será un momento. Los militares estaban por todas partes, gritando, sacando a la gente a la calle. Registraron algunos departamentos y todos estábamos en la cancha, semi vestidos, en la oscuridad, alumbrados por la fogata. No dije nada. Mientras tanto: ¡Nombre!, ¡dirección!, ¡avance!, ¡se acabó la filosofía, señores!
     Ese hombre se escondió en mi casa. Si no la hubieran registrado, otra sería la historia. Mis libros, mi ropa, hasta las ollas tiraron para reducirlo y después a mí, enfrentando a un sargento que me llevó a tirones hasta donde estaba el teniente. Aquí está la dueña, dijo, y me empujó. Me preguntaban por qué estaba escondiendo a ese hombre, yo no sabía ni siquiera cómo se llamaba. ¿Quién es ese hombre? - ¡Marxista de mierda!, decían antes de golpear, y luego volvían con la palma abierta, con más fuerza -Los libros no, por favor. Y de vuelta otro golpe.
     Esa noche se hizo larga; al final logré demostrarles que no conocía a ese hombre, fueron los vecinos y él mismo, confesó haber entrado a hurtadillas y sin mi consentimiento. ¡Le digo que no lo conozco! Todo terminó poco antes del amanecer, no pude hacer nada por salvar los libros. Se llevaron a ese hombre. Desapareció esa noche y todos lo vimos, caminando hacia atrás, lo llevaban del cuello, la boca sangrando. Nos miramos apenas unos segundos.



La asunción de Sibila


     Cuando salió la luna reunió los ingredientes, prendió una hoguera de grandes proporciones. Se iluminaron en la noche las copas de los árboles y cuando la  leña se volvió rescoldo, instaló un caldero grande sobre el fuego. Fue poniendo en el las hierbas: romero y albahaca, miel y siempreviva, leche de cabra y finalmente la sangre de una paloma.
     Cuando la luna llegó a medio cielo, se desnudó con calma y se introdujo en el caldero que aun estaba tibio, se refregó con las hierbas y bebió agua ardiente. Luego salió envuelta en vapor y se cubrió con una manta púrpura con estrellas doradas, estiró los brazos hacia el levante y antes del amanecer, emprendió el vuelo.



Desde adentro


     Mi tío Venuste vivía con nosotros en la casa de la abuela. De esa casa recuerdo sobre todo el reloj de campanas y el espejo de mi tío. Mi abuela había dicho que esa sería la única herencia que tendría Venuste, él lo tomaba muy en serio.
     Desde niña, disfrutaba mirándome en aquel vidrio. Me gustaba más lo que veía en él. Contemplando el reflejo, descubrí que al cerrar los ojos, aquella superficie fría reproducía en la oscuridad, sombras que susurraban voces ilegibles. Me complacía quedarme con los ojos cerrados, tratando de descifrar aquellas voces, entre el tictac del reloj de campanas que colgaba a mis espaldas.  Con los años el reloj se detuvo, pero en el espejo siguió sonando el tic tac alojado allí dentro.     
     Algo parecido le pasó al pobre Venuste, que siempre se arreglaba la corbata y se pasaba una peineta por la nuca antes de corroborar la hora en el reloj y salir, dando una mirada cómplice a su reflejo. Un día, en el salón, se le trizó la cabeza como una cáscara y cayó al suelo con la lengua torcida y las manos crispadas, al mismo tiempo que se veía reflejado en el espejo. Mi tío no volvió a decir palabra y una mueca vulgar le desfiguró el rostro desde entonces.
     Solía pasar muchas horas extasiado en aquel vidrio pintado, que sostenía un gran marco de madera dorado.
     Una tarde me dormí en aquel salón y soñé que el espejo paría una estrella redonda, resplandeciente y muda, que debía entregarle a Venuste para que sanara. Tuve que admitir que todo provenía desde adentro.
     Cuando murió mi abuela, no quedó nada de aquel salón salvo el espejo, tal vez si permanece la ventana iluminando un interior atribulado y ajeno. Allí, aunque nadie lo ve, se pasea Venuste con su mueca feroz, insuflando un aire frío que llena la casa y hiela hasta la escarcha.
     Pobre de ti, caminante, si al cruzar el umbral oyes el tictac del reloj y te animas a pasar adelante.


Condenada anarquista


En esta ciudad puede caer una bomba en cualquier momento y herirte, y ni siquiera es necesaria una explosión, siempre puedes salir lesionada. Yo misma he sido herida de muchas maneras: una y otra vez me han robado desconocidos, me han abusado los que creí mis amigos, traicionado los que decían ser mis camaradas, me violó mi hermano, me negó mi hermana y todas esas fechorías han quedado impunes a pesar que las cargo como un pesado fardo sobre mi espalda. La muerte de mi madre no fue casual, ella no pudo construirse y se desmoronó demasiado bella, demasiado joven, demasiado viva para irse. A pesar de todo, los días pasaban y uno con otro parecía que nada faltaba, aunque el silencio llenaba todos los pasillos, todos los rincones y de a poco nos fuimos acostumbrando a que el cielo estuviera siempre nublado, aunque no fueran las nubes; alguien dijo que el problema no era el humo, si no que la gente respiraba demasiado profundo y desde entonces respiramos cortito aunque nos den ganas de llorar y los ojos se llenen de lágrimas. A veces creo que soy yo la que no puede llevar los días sin quejas, pero mirando alrededor veo caras más tristes que la mía, cuerpos más atrofiados que delatan torturas y temores inconfesables. En el fondo de mí una voz se revela contra el miedo y reconozco que soy débil e insegura, que a veces temo a la oscuridad en la calle y me asusta la gente. En esta ciudad no se ve el mar y se enfrentan a diario los agobiados tratando de disimular la angustia, salvando solo sus pobres vidas. Solía pensar que eso era la sobrevivencia, pero creo que ya no sobrevivimos y me asalta la idea de que permanecemos en un limbo en el que solo esperamos morir repitiendo rutinas, sean o no placenteras, sean o no necesarias. Nos miramos unos con otros cargando nuestra historia circunscrita a esta ciudad y creemos que nos pertenece a cada uno un pedazo de lo que compartimos, un pedazo que no compartiremos nunca. Por eso me las arreglé como pude para encontrar la coyuntura y romper con todo lo malamente establecido, no diré por la mayoría, si no por el poder y la autoridad que rechazo, pero al estallar la bomba comprendí que señalaba aquella debilidad como si no fuera también la mía y que me volvía insoportable y peligrosa para los que esperaban condescendencia. La gente salió herida, la sangre corría, no tuve consideración con los desvalidos y no soy más que una más entre ellos que va perdiendo la esperanza y la voz por la carraspera y las ganas de decir cualquier cosa, por que nadie escucha, nadie se detiene un momento para darse a los otros. Los más afectados son los niños que deben entender solos que lo que se dice no es lo que se hace y que no siempre nos reímos de lo mismo.
     Me siento frente a un jardín en una galería y mientras espero, me dejo llevar por el sueño a un mundo mejor y más justo. Pero en ese momento llega la policía a buscarme, dan voces con gritos feroces desde la puerta de entrada, no me han visto, no saben que ahora mismo viajo por la ciudad queriendo salvar oprimidos y tras la puerta veo sus sombras crecer hasta parecer gigantes. Creo que han pasado horas desde que escuché sus gritos y permanezco en la silla sin poder moverme. Las maletas están en la puerta, muy pronto dejaré atrás este cielo gris y turbulento y podré al fin saber qué es lo que me depara el destino.


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Denise Fresard (Santiago, 1964), estudió en la Universidad de Chile y en la Universidad Diego Portales.
Ha publicado: Antonio Quintana 1905-1972, Fundación Palacio la Moneda, 2007 y El país que huye, Simplemente Editores, 2014. Ha participado en las antologías 73 cuentos a 40 años del Golpe, ArtteGrama, 2013 y Microquijotes 2, Academia de la Lengua Norteamericana ANLA, 2015. Sus cuentos están en publicaciones digitales en las páginas Máquina de coser palabras, Letras de Chile, Lectures d’alleurs y otros blogs.
Es miembro de la Sociedad de Escritores de Chile. Obtuvo la beca Creación Literaria del CNCA en el 2013.
Actualmente realiza talleres de creación literaria y microcuento.