ERNESTO R. DEL VALLE: «CATHALEPSYS»

 


 

CATHALEPSYS

 

Me siento bien, no hay calor ni frío a pesar de que el tiempo haya diluido su línea infinita y no sepa cuánto llevo aquí desde que me sucedió aquello. Me siento raramente estable.  De cuando en vez escucho ruidos metálicos, pero sólo eso, nunca voces, es una sensación rara pero no molesta. Ahora siento el ruido metálico mucho más cerca, lo que sucede ciertamente no lo sé, todo me llega en ondas sensitivas, nada palpable. Ahora escucho el ruido de una pequeña sierra y siento un extraño dolor intenso que me come el cerebro abro los ojos súbitamente y veo el rostro sorprendido y demacrado del forense todo manchado con mi sangre, y el rostro estupefacto de su auxiliar, una joven trigueña que grita.

Vuelvo a cerrar los ojos y ahora sí es para siempre. Hasta hoy.

 

 

 

 

DOS CENTURIAS MÁS TARDE

 

 

Más de media tarde. Un niño de 8 o 9 años de edad y su madre, en medio de la espesa vegetación, recorriendo los árboles, en busca de hojas, frutas y todo el vegetal comestible, 

echándolos dentro de una bolsa de bejucos entretejidos.

El niño mira a su mamá y le pregunta:

—Mami, ¿cuándo vas a terminar de contarme sobre lo sucedido por el coronavirus, en la época de mi tatarabuelo?

—Esta noche mi amor, pero ahora apúrate que ya está oscureciendo y debemos regresar para encender la hoguera que nos defenderá, en la caverna, de los animales salvajes.

 

(Este relato fue publicado en la antología BREVIRUS auspiciado por la revista BREVILLA 2020.)

 

 

PROFECÍA

 

Fue solo un chispazo de luz en la retina. El árbol cayó lentamente, como en cámara lenta; pedazos de astillas salieron disparadas y las grandes ramas quebradas dejaban sus muñones en el viejo tronco.

Arrastró en su caída pequeños arbustos y altas malezas de donde bandadas de palomas salían en un duro y violento aleteo hacia el oscuro cielo.

Ya caían las primeras gotas de lo que sería una tormenta.

El enorme barco varado sobre la tierra había cerrado la gran puerta por donde habían entrado las parejas de cada una de las especies del planeta.

El hombre volvió a mirar la barcaza y tomando a su mujer de la mano le dijo: «vamos hacia aquella altura, mujer, que comenzaron a subir las aguas».

No sabían que había comenzado el diluvio Universal.

 

 

SOLEDAD DE LA NINFA

 

Ya en su jardín Synrix iba despojándose de la ropa. Antes de acomodarse entre las flores fue hasta la fuente y se vio, eliminando de su cuerpo algunas hojas del laurel ya comido por las sombras. Se miró una vez más, ahora directamente la opacidad del pubis que se le antojó parte de la noche en el jardín y se vio como un abismo que la separaba inexorablemente del inocente espacio que había entre ella y la imagen reflejada en aquellos ojos que detrás la estaban mirando con lujuria.

Entonces dio vuelta.

El Fauno con una sonrisa llevó a sus labios la flauta de sus bellas melodías y le entregó a la joven un hermoso ramillete de Ciclamen.

Amanecía.Junto a un rayo de sol, los pétalos del Ciclamen, manchados de sangre, descansaban sobre el pubis de la joven. 

 

 

DE MI DIARIO PERSONAL

Agosto 5/ 2023. 10:30 am

Luego de varios días de camino decidimos descansar bajo un enorme álamo.

De las más de cincuenta personas que éramos, sólo quedamos no sé, diez ó quince, entre ellos, cuatro o cinco niños.

Todos delgados, ojerosos, casi desnudos y descalzos.

Habíamos caminado una eternidad para llegar hasta aquí y avizorar a dos o tres kilómetros, un pequeño pueblo.

Cuando entramos a él sentimos el mismo silencio y la misma soledad de las ciudades anteriores.

Edificios callados de paredes ulceradas, automóviles en un completo abandono.

El temor por perder nuestras vidas nos hizo mucho más astutos y desconfiados Mirábamos para todas partes, incluyendo las azoteas de los edificios más bajos.  Uno de los niños recogió del suelo un viejo periódico en el que podía leerse, a pesar de las letras desvaídas por el tiempo.

Miami Junio 9, 2021. 

EL PRIMER INFECTADO DEL VIRUS Z-K-21 DE DESCONOCIDA PROCEDENCIA Y CONVIERTE A LAS PERSONAS EN zombies HA IDO ENJAULADO POR SU VORACIDAD Y CANIBALISMO. (Siga leyendo en la página nro. 7.)

Y este fue el principio de nuestra Apocalipsis.

 

Estos cuentos y breves relatos pertenecen al libro inédito CUENTOS QUE YO ME CUENTO.

 

*

 

Ernesto Rodríguez del Valle. Docente, poeta cubano estadounidense, gestor cultural. Fundador de la revista literaria Guatiní. Tiene publicados varios poemarios y libros de relatos para adultos e infantiles. Para más datos acudir a EcuRed, Enciclopedia cubana. Reside en la ciudad de Westchester Florida, EUA.



MARÍA ISABEL QUINTANA: «PIEL SOBRE PIEL»

 


 

PIEL SOBRE PIEL

 

Me agoté después de un día de búsqueda por toda Valdivia.  Golpeé a la puerta que anunciaba «Hospedaje» en letras desiguales sobre un papel pegado en la ventana. La habitación en el segundo piso era pequeña y limpia, no me importó la ausencia de muebles, sólo reparé en el único ventanuco, allá en el fondo por donde se colaba un resto de cielo.

Aterricé sobre la cama y mientras la tarde declinaba tras la ventana, volví a recordar minuto a minuto nuestro tiempo juntos, allá más al sur. Apenas te conocí me atrajo la morenidad de tu piel y de tanto amarnos sentí que se incrustó en la mía. Amaba cada parte tuya, tus ojos, siempre ardientes, tus dientes que brillaban en la noche y dejaban mapas en mi cuerpo que luego te empeñabas en seguir. Tus manos de pianista que extendías con facilidad de un bemol a otro en mis alturas.

Hacíamos locuras como citarnos en medio de la naturaleza y hacer de ella un aliado amatorio, tendidos en la hierba, embriagados con el olor a tierra mojada, me hablabas de colinas y humedales. Me hacías descubrir sensualidad en el golpeteo de la lluvia o incitación al placer con el rumor de las hojas. Reíamos con las nubes en posturas caprichosas que tratábamos de imitar, así yo aprendía contigo lenguajes paralelos. 1

Un día te fuiste, con un adiós sin palabras. Te vi desaparecer a través de la ventana, tu sombra quedó estampada en el cristal y tu piel tatuada en la mía.

Te seguí a Valdivia. A lo largo de la costanera te busqué. En la brisa del Calle- Calle y en la flor de las camelias respiré tu aroma. Crucé el puente hacia Isla Teja estirando los pasos para adaptarlos a tus huellas. Tendida sobre los prados, rodé asida a tu recuerdo, el brillo de tus ojos parecía vigilarme entre el follaje. Mi piel ardía y el cansancio me venció.

Y aquí estoy, atravesada sobre la cama mirando la ventanita por donde entran los rayos de la luna. Me desnudo, y espero el baño de luz. Un temblor me recorre entera, siento tu mano que toca la octava perfecta mientras la otra, en lento quehacer, se aloja en la cintura, aprieta las caderas y de un repentino envión me apegas a ti. Y es tu mano, y es mi mano, que busca, que toca. Es tu saliva y mi lengua que humedece los labios. No hay gemidos compartidos, no hay viento, no hay lluvia, sólo un completo desatino de los sentidos que, pasada la vorágine, termina con una sonrisa. Una sonrisa que acompaña la redacción de un edicto imaginario. Yo, Eva Mardones, no soy la costilla de nadie, no soy la piel de nadie. Antes de caer rendida, miro el ventanuco, cuatro vidrios y una cruz de madera, símbolo perfecto para un entierro.

 

Nota:

1.- Frase extraída del cuento «Tu más profunda piel», de Julio Cortázar.

 

COMO ARCILLA ENTRE LAS MANOS

 

Nieva sobre París, el joven, con el cuello del abrigo levantado, la cabeza descubierta blanca de copos, sube de dos en dos los peldaños de la escalera que lo llevará al quinto piso, a su buhardilla ubicada en una antigua construcción en el quartier 14. Detengo el lápiz y cierro los ojos mientras lo imagino despojándose del abrigo y sacudiéndose el pelo, estoy detenida en la imagen de tristeza que debe presentar por la reciente discusión con su novia. Abatido, se deja caer sobre una silla, apoya los codos en las rodillas y las manos frías sujetan la cabeza que cae desarticulada. El agua escurre por su pelo negro y permanece así por largo rato. Las imágenes se atropellan en mi mente, las palabras cabalgan unas sobre otras y no logro encontrar la acción, el verbo que lo hará moverse. Levanta su pelo con un brusco manotón, espanta la tristeza y se dirige a su taller. El olor a arcilla húmeda pone en alerta todos sus sentidos, con placer hunde sus dedos en la masa pardusca. Lo acompaño, lo observo. Hace una bola, haciéndola girar entre las palmas húmedas. Se detiene, revisa unas figuras garrapateadas en hojas sueltas. Yo busco en mi afiebrada mente la figura que modelará. Levanto la cabeza, el lápiz suspendido sobre el cuaderno. Una mirada circular a su taller muestra figuras femeninas gráciles, a punto de iniciar un movimiento. Luego de estudiar sus bocetos vuelve a la arcilla, sus manos van dando forma a una figura femenina, parece una bailarina porque tiene piernas largas, él las apoya con delicadeza sobre la mesa y con un diestro movimiento articula sus pies en una innegable cuarta posición de ballet. Los brazos, también largos, terminan en unas manos algo grandes, entrecruzadas en la espalda. Del resto del cuerpo no se preocupa demasiado, dedica más tiempo a la cabeza. Con ternura la gira hacia atrás y levanta el mentón en actitud desafiante. Se retira un poco y la observa. Me detengo, cierro los ojos y los observo a ambos. Escucho un chirrido de frenos en la calle y pierdo la concentración y vuelvo a estar frente a un escritorio, una taza de café vacía y algunos libros de esculturas que he estado leyendo. Cierro los ojos y lo obligo a volver, debo hacer que termine la obra. Las palabras vuelven al mentón y la actitud desafiante, la bailarina se muestra con los ojos cerrados, el pelo tirante hacia atrás, es indudablemente negro puesto que la cara presenta rasgos indígenas, pómulos altos boca de labios generosos, aztecas, quizás sea una diosa como Chantico, la diosa del fuego, de los volcanes, el arquetipo de la gracia femenina.

El joven mira embelesado a su pequeña bailarina. Momentáneamente ha olvidado a su novia, todo su amor se expresa en sus dedos. La bailarina está desnuda. En los bocetos se observa un tutú de tul rosado y un lazo de satín, algo insólito para una escultura, sin embargo, debo confesar que me encantaría que la vistiera. El artista se acerca a la ventana, afuera sigue nevando. Tiene las manos agarrotadas por el frío.  Rendido por las emociones y el cansancio se derrumba sobre un sillón y en pocos minutos su respiración se hace profunda y sonora. Duerme. Quizás sueña, sueña con su novia enfadada sueña que tiene la cara de Chantico, la diosa que debe velar por mantener encendidos los fuegos del corazón. Veo a la novia, hay frío en sus ojos, tiene nieve sobre el cabello y lleva las manos enguantadas. Se acerca a la escultura, objeto de sus celos, estira las manos, yo contengo el aliento, no podría soportar que le hiciera daño. Chantico sabe defenderse, despide fuego por los ojos y sus labios se contraen en un gesto de infantil crueldad.

Mi joven artista se agita en el sueño, tiene la cara enrojecida y los puños apretados. Transpira.

Se escuchan insistentes golpes en la puerta, el joven despierta sobresaltado. El lápiz resbala de mis manos heladas. Afuera llueve, ha dejado de nevar. En el escritorio hay un aroma dulzón a café. Cierro los ojos, busco concentrarme, ¡Qué ganas de saber quién golpeó a esa puerta!

 

EL GRAN HERMANO

 

1984. Estudiaba yo en Concepción. De la Universidad a mi pensión, cerca del puente, tenía como media hora de camino. Cruzar la Diagonal, con la lluvia también en diagonal, significaba llegar a la Plaza de los Tribunales empapada de pies a cabeza. Mi chaleco de lana se podía estrujar y el peso hacía que la marcha fuera más pesada. Difícil tomar un descanso en medio del enjambre de policías armados que estaban en todas partes.

1984. El Gran Hermano nos vigilaba. Llegar a la facultad cada día y verlos apostados en los cerros aledaños, alteraba la concentración.

—¡Silvia! ¡Silvia! Zumbaba desde lejos.

—Perdón, ¿es a mí?, pregunté a una señora de cabellera con visos dorados, abrigo caro, que se sostenía sobre unos enormes tacones y se ocultaba bajo un paraguas y unas gafas de sol, a pesar de la lluvia.

—¡Prima! ¿no me conoces? ¡Soy la Fran, de Valparaíso!

—Hola, Panchita, no te reconocí. Tan elegante, mujer

—Ya te cuento todo, primero vamos a almorzar, estoy muerta de hambre ¿te gustan las pastas? Y sin esperar respuesta me empujó al interior de una Trattoria.

Ni en mis sueños más felices habría yo entrado a un restaurante como ese.

—Panchita, dime que haces aquí.

—De primera, no me llames Panchita ¡es tan ordinario! Hora soy la Fran, la señora Francisca Toledo de Mendoza. Vivo aquí, mi marido es coronel de carabineros y está a cargo de la seguridad de la ciudad

Los tortellini o ravioles o como se llamen se me atragantaron. Tosí y palidecí, no sé qué fue primero. ¡Almorzando con el enemigo! parecía una película antigua. Creo haber visto al mozo que se acercaba con un vaso de agua.

—…la estabilidad del país…eliminar el cáncer marxista…esta ciudad está llena de terroristas. Tienes que andar con cuidado Silvia…me llegaban restos de su perorata, como si estuviera dirigiéndose a otra persona.

—¿Qué te pasa? Estás pálida.

—Son los pies mojados, mentí, parece que es un resfrío.

—¡Pero, Silvita! ¿cómo andas con eso zapatos delgados en un día de lluvia? Bueno, niña, tú y yo nos vamos de compras. Pagó la cuenta, que vi de reojo, alcanzaba para dos meses de pensión, y sobraba.

Y ahí estaba yo, sentada en la cama, con dos pares de zapatos y dos chaquetas. Las manos me ardían, como si hubiese recibido treinta denarios.

Antes de ponerme a llorar apareció Taty, mi compañera “el ángel de las tomas” la llamábamos. Ella era una chica linda, su dulzura era un bálsamo en medio del estrés y el miedo constante. Llevaba y traía noticias, encargos, citaciones entre las facultades que permanecían en toma. Etérea, siempre sonriente. Los pacos no la detenían, caminaba entre ellos, sin miedo.

Le regalé un par de zapatos y una chaqueta. No hizo preguntas. La amé por eso.

Un día se nos ocurrió hacer una ronda alrededor de los pacos, el ojo vigilante del Gran Hermano, llevó la noticia al mismísimo coronel que apareció rojo de ira por la burla y ordenó disolver la manifestación con todo el aparato represivo disponible. Arrancamos en desbandada, mojados con agua pestilente algunos, con heridas de balines otros, tosiendo, vomitando por las bombas lacrimógenas. En medio de la estampida vimos a un compañero que caía, una bomba le partió en dos la cabeza, y quedó allí tendido, ante nuestro estupor. Un grupo se acercó a protegerlo, los demás seguimos corriendo. Corrimos sin detenernos. La Taty, con la mirada perdida, huía, despavorida.

Me detuve, a salvo en un portal y la llamé.

 —¡Taty! ¡Ya pasó!  Pero no escuchó, su miedo era superior a su entendimiento y siguió corriendo.

Este episodio me marcó, dediqué más tiempo a los estudios, sin abandonar mis ideales. Soporté a las detestables compañeras derechistas que nos ignoraban. A sus ojos, éramos completamente invisibles.

Para cuando obtuve el título de médico-cirujano, la democracia había vuelto, eso decían, aunque para mí, no era más que una post-dictadura.

El coronel estaba por enfrentar a la justicia. Mi prima cursaba una depresión severa y la querida Taty, hacía servicio país en el sur.

 

*

María Isabel Quintana, chilena, patagona. Escritora tardía, inicia sus actividades literarias en 1999, año en que obtiene la beca de creación literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura.

Publicaciones:

     El último dinosaurio y otros cuentos, 2002

Con la muerte en la Cartera, 2003

En 2010 obtiene Premio Especial de Escrituras de la Memoria del Fondo del Libro y la lectura por su libro Vivir en Puerto Aisén.

Tiene publicaciones en antologías chilenas y argentinas. Y publicaciones digitales en Chile, Argentina, Perú, España y revistas de Francia, Alemania y Suecia.

 


 

NATALIA FLORES: «GOLPE AL CORAZÓN»

 

Erika Kuhn


 

Cortar por lo insano

 

La mujer se acercó al esmeril con curiosidad y una sonrisa macabra. Le dio al amolador una tijera y un cuchillo para que los afilara. Cuando perdió el rastro de la bicicleta en la que éste había llegado al barrio, entró a la casa. Con la tijera cortó en mil pedacitos el acta de matrimonio y con el cuchillo preparó, una vez más, la cena para sus dos hijos varones.

 

Diferencias naturales

Siempre supe que él me sobraba. Décadas de estar acompañándonos mataron cualquier entusiasmo. Incluso cuando descubrimos las ventajas de estar juntos, la rapidez con la que resolvíamos cada examen del colegio y después, de la universidad y más tarde, los sonetos que no pudieron dejar de publicarnos. Un talento cooperativo obraba en nuestras letras. Yo tenía los versos y él, el ritmo. Pero todos estos beneplácitos eran absurdos en un mundo  a la medida de individuos.

Recuerdo la última vez que estuvimos así, unidos íntima y monstruosamente. Fue un invierno en que nos reunimos con otras parejas en una cena. Mi pie tocó el suyo y sentí el calor exacto de mi tranquilidad. Supe que él estaba irremediablemente conmigo. Pero me equivoqué.

Él inició su carrera como novelista y no pude soportarlo. Su prosa terminó por asquearme y dimos fin a nuestra sociedad literaria. Una mañana quirúrgica, me amputaron a mi hermano siamés.

 

Golpe al corazón

La saeta de Cupido lo alcanzó y se enamoró por algunos años. Un tiempo después, lo alcanzó el estacazo del diablo y amó por toda la eternidad.

 

Otra Circe

 

Él descubre a Delia con los bombones en la cocina. Se acerca para entender el procedimiento. En la olla brilla la ganache de chocolate. Sumerge a la cucaracha aún viva. El insecto se retuerce en el dulzor hirviente. Él no puede creer lo que está observando. La besa en el cuello y le propone un relleno menos ortodoxo. Al día siguiente, prueban con arañas.

 

Nariz, garganta y oído

 

Llovía demasiado. Condujo alocadamente por la autopista para llegar al cinerario en las afueras de la ciudad. Entró a la oficina con el rostro desencajado y recibió a su padre. Era una urnita de caoba. La selección de las mejores partes estaba contenida ahí. Recordó las palabras del viejo y su voz ronca que acaso él hubiera heredado. Cuando el empleado salió a completar el trámite, él volcó las cenizas sobre el escritorio y las aspiró. Su nariz y su garganta fueron, entonces, una fosa común.

 

Lo último que se pierde

En la vereda del hospital, sin el amparo de un familiar o un amigo, buscó una botella. En ella metió la receta y la arrojó al río. Durante varios días, rogó que un farmacéutico la encontrara.

 *

Natalia Flores nació en Mendoza, Argentina en 1984. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Cuyo y se desempeña como docente, editora y correctora de textos. También se dedica a la música. Ha participado como integrante de talleres literarios de narrativa y ha coordinado talleres de escritura en SADE filial Mendoza, en la Biblioteca Pública Almafuerte y en el Ficcionario en la Casa de la Reforma de Godoy Cruz con el cual actualmente continúa trabajando en taller a distancia. En 2018, formó parte de la antología de microficciones Con premeditación y contundencia. En 2019, realizó la muestra de fotografía y poesía “Geometría de las sombras” y recibió un reconocimiento del Honorable Concejo Deliberante de Guaymallén por su trayectoria literaria departamental y provincial. Sus microrrelatos han sido publicados también en Chile, Perú y Nicaragua. Algunos de sus textos pueden encontrarse en:

www.cultura.mendoza.gov.ar/edicionesculturales/ http://letramasletra.guaymallen.gob.ar 

https://lahipalagedemilton.blogspot.com.

 

 

 


 

 

CHRIS MORALES: «DONDE HUBO FUEGO »

 

Kasimir Malevich: «The knife grinder»


 Momentos de oro

 

Cada día probaba sus galletas de mantequilla. El sabor, el olor, la textura hacían sentir a «Muñeca» —así le decían sus papás— una niña amada. Su mamá las horneaba; papá servía la leche y juntos las saboreaban. El deleite mayor se originó al comer muñecos de jengibre. 

 

Un año después, cuando llegó un nuevo integrante a la familia, «Muñeca» quiso hacer suculenta y especial su estancia, así que, lo puso sobre la mesa. Aunque le costó mucho prender el horno y conseguir jengibre, su hermanito quedó bien tostado, crujiente, listo para probarse con leche y reforzar el amor de familia.

 

Viaje sin fin                          

Había llegado nuevamente a la terminal sin que nadie le dijera que debía bajarse del vagón. ¿Cuántas vueltas más daría a la línea entera? No ha caído en la cuenta de que la última vez que atrajo la atención de la multitud fue al aventarse a las vías del metro cuando éste entraba a toda velocidad a la estación.

 

Por amor

No podía dejar que mi padre sufriera a causa de esa enfermedad crónica degenerativa. En realidad, todos le tememos al dolor. Lo bueno es que la muerte le llegó casi de manera instantánea. Ahora él descansa y yo también, pues el día del atropello le quité las placas al auto y nadie sabrá quién fue.

 

Malas experiencias 

Sé dónde estoy y lo que les espera a los que desconocen la vida de afuera. No soy indiferente con ellos, así que en cada expulsión encabezo la carrera, pero no por querer llegar a la meta sino para alertar a los que desean fusionarse con esa célula acerca del infierno que les espera al ser transformados. Obviamente no me hacen caso y caen en la trampa del óvulo ¡allá ellos! Yo me niego a reencarnar como humano.

 

Donde hubo fuego...                         

La noche adelantaba con rapidez sus pasos; lo incitaba a él a hacer lo mismo. Pagó la cuenta, la condujo a la salida, pidió el auto y marcharon. Al llegar al departamento, notable sorpresa se apoderó de ella: había pétalos de rosas que conducían hasta la cama formando un corazón sobre ésta; velas encendidas sobre los muebles, incienso con aroma agradable. Comenzaron las caricias, los besos, la desnudez, la agitación. El fuego se hizo presente. Un incendio se apoderó de ella, ardía su cabeza. Él no paraba, ni siquiera se percató hasta que, después de unos gritos, ella corrió al baño. No solo su cabello se estaba quemando sino el buró, la alfombra, la lámpara y un cojín. 

El romance no floreció y hoy, al amanecer, no le queda de otra a Manuel más que barrer bien la pieza porque

cenizas quedan.

 

Nuevo Menú

Me comí ese primer bocado, aunque no me gustó nada. Pensé no se repetiría, pero las cucharadas de berrinches, indiferencia, desprecios, engaños, traiciones, humillaciones, golpes, continuaron. Ahora me queda más claro que el empacho es bueno para poner un freno a la tragadera que hacemos. Curada, he decidido irme a consumir a otra parte.

 

Escasa programación

Cuánta emoción reflejaba la cara de mi marido cuando veía el box en televisión los fines de semana. Cuánto dolor sentía al recibir sus puñetazos por las noches entre semana. Ahora él no mira más, pues en la cárcel no se lo permiten. Ahora yo ya no percibo, pues un ataúd me protege.

 

Sueño libre

Varias noches no pude dormir: tuve pesadillas. Soñé que te ibas para siempre con tu amante. Hoy, por fin se hizo verídica la acción y me quedo en la soledad de una casa grande. Más vale la certidumbre de una realidad, que un descanso perturbado.

 

La absolución

Llega la tarde y quiero amarrar al sol para que no se oculte. Le temo a las 9, me apaniquean las 10, sufro a las 11 y me aterran las 12.

Por más que insisto, dicen que no hay nadie en mi cuarto, pero eso es mentira. Cada noche me mira, me vigila, no me deja descansar. Cuando le apetece se abalanza sobre mí y me tortura entre las sábanas. «Debes vencer tus miedos», dijo mi familia. «Enfrenta lo que ves para saber lo que quiere de ti».   

* * *

He cumplido parte de su exigencia. No fue fácil clavar el cuchillo. Me he quedado solo y ahora debo ir por todo aquel que llegó hasta esta palabra.

*

Chris Morales nació un 30 de noviembre en la Ciudad de México. Es actor egresado del Instituto Nacional de Bellas Artes. Ha desempeñado esta profesión desde el 2005 en los múltiples proyectos de la Compañía Artística Multidisciplinaria JADEvolucion-arte ─asociación civil constituida─, que le brindó la oportunidad de llevar a escena varios de sus textos dramáticos. En el año 2007 y 2016 dos de sus obras fueron galardonadas con el premio “Víctor Hugo Rascón Banda” otorgado por la Asociación de Periodistas Teatrales. Como escritor, egresado de la UACM, ha publicado en diversas revistas electrónicas y colaborado en las antologías “Teatro de JADEvolucion-arte” (2016); “Mínimas perdurables” (2019). “Coronavirus. Antología de minificción. Literatura Contemporánea” (2020), “Brevirus” (2020). “DiversidadES. Minificciones alternas” (2020).

Actualmente imparte talleres de teatro, expresión corporal, cartonería, máscaras, títeres y por supuesto de creación literaria de géneros breves donde lleva al máximo el impulso de la micronarratividad.

 


 

«RAPTOS DE ESCRITURA»: MUESTRA DE TEXTOS DEL TALLER DE CUENTO Y MICRORRELATO, DIRIGIDO POR LILIAN ELPHICK

 


Eros y Tánatos en la punta de la lengua

 

El taller de cuento y microcuento se desarrolló de modo virtual entre los meses de agosto a octubre de 2020. Asistieron Brenda, Ana María, Maritza, María Isabel, desde Coyhaique; Camilo, desde Arica; Brian y Leonel. La presencialidad fue imposible y ruego a la Pachamama que vuelva pronto, porque juntarse a través de la cámara de un computador, con todos los problemas que esto pueda suscitar, es algo extraño y lejano: la chicharra de la interferencia, la imagen detenida, el enlace perdido, otras voces, otras actividades, mientras Eros y Tánatos hacen de las suyas, interviniendo como referentes en la pluma de los escritores y escritoras de esta muestra.

Aquí el lector/a encontrará el juego textil de Eros y Tánatos, la urdimbre de deseos, amores, renuncias, muerte y hasta abuso. La vida se puede escapar en un suspiro, o puede encarcelarse, pero no así este nido de escrituras. Las historias se liberan de la mano de sus autores/as y se tejen a sí mismas. No se trata del simple truco del mago y el conejo que se multiplica en palomas y papelitos de colores. Aquí no los hay, tampoco premios de consuelo. Hay intensidad en estas historias, se los aseguro. Intensidad en estos raptos de escritura, configurados en la época más atroz que nos ha tocado vivir. Por eso, porque estamos vivos/as y la escritura se generó como una resistencia cuando el mundo se caía (se cae) a pedazos, doy las gracias. Feliz con esta fuerza escritural de todas y todos. Siempre aprendo de ustedes.

 

Lilian Elphick

Noviembre de 2020.

 

RAPTOS DE ESCRITURA, AQUÍ

«CAPILAR», DE LILIAN ELPHICK

 


Por Juan Mihovilovich

 

“Los capilares son los vasos sanguíneos de menor diámetro en los organismos vivos que conducen la sangre impulsada por la acción del corazón hacia el resto del cuerpo para mantenerlo vivo”. (Definición)

“¿Qué significa escribir, sino entrar en la sangre? ¿Qué significa la palabra sin el cuerpo de la sangre? ¿Qué significa decir, sin avivar la sangre? ¿Qué significa la sangre sino una historia que recién comienza?” (Post Scriptum)

 

Lilian Elphick ha estructurado una obra que sintetiza la acción de la sangre: su vitalidad, su descomposición, su alteración, su escurrimiento y a la vez, consolida de gran modo un sentido de inmanencia, de perpetuidad de aquellos instantes intangibles que sobrepasan la temporalidad y se anidan para siempre en la memoria.  Su propuesta va combinando una mirada de vida que es, primero evocación y escritura; luego eternidad.  Condensa la existencia material y establece aperturas hacia el mundo de lo incognoscible. Remueve los nutrientes del dolor, de la caída humana y su tristeza. Pero no sucumbe. A pesar de todo, resiste los ataques arteros de ese poder circunstancial que pretende aniquilar los deslindes del sueño, de la utopía, de alcanzar el cielo en la tierra.

Por ello, sencillamente escribe. Va desde la ilusión a la línea exterior y la prisión de la memoria se expande: es silueta y sombra; pinceladas de lo imperceptible: algo que no puede ser vencido o capturado.  Ella -la narradora- clama por más humanidad con un aullido de loba inclaudicable que agita la hondura oceánica donde se anidan las huellas del crimen. Recorre las calles: el sitio común del encuentro, del amor furtivo entre futuros muertos, desaparecidos, exiliados, torturados;  la calle, esa suerte de erotismo derrotado, pero paradojalmente no rendido, que alimenta el recuerdo para seguir amando.

En esa perspectiva, por ejemplo,  redime a la pareja humana: símbolo antiguo y nuevo del mutuo crecimiento. Rescata la historia dual amparada en versos y lecturas; esboza el amor  con visos de infinitud bajo los árboles, en tanto los sacude “la bencina homicida”. Recrea al ser amado perdido y su futuro.  Habrá “algún día”, porque la letra con sangre entra y es válida para siempre. (Juan y Laura).

Así, a fuerza de gruñidos, cual lobos que se aman en la espesura de un bosque mentiroso, la muerte no pudo con ellos. La naturaleza aún es pródiga y se reproduce en la esporádica pero real bondad del mundo.  Insiste: su palabra no descansa ni da tregua, aunque la bestia que bebió la sangre de los muertos se disfrazara de oveja esmerándose en cuidar a “los suyos”, aislándolos de su maldad como un buen resguardo fílmico.

Y Capilar sugiere siempre brevedad, sangre y síntesis. Una escritura que no convierte a los muertos en Lázaros, pero remueve la ceguera de la injusticia como si sacudiera el polvo de un escuálido daguerrotipo.  ¿Habrá futuro? Sí, lo habrá, y lo pregona en medio de los ríos de sangre y los ojos reproducen como una llamarada cuerpos inertes, estigmas dolidos de la zona capilar. 

Es que de cierta forma –o de todas las formas conocidas o imaginadas-  habría regreso. Porque escribieron pudo revivir la sonrisa amplia y abarcadora.  Escribieron en la nimiedad de un restaurante. Y porque los muertos persisten, permanece también el beso que reproduce las heridas; así los carroñeros aunque sacudan sus alas no podrán volar con el peso de la sangre. He ahí los grajos del pantano: cuervos anclados al suelo donde se reproduce la herida que desangra.

Y la palabra traerá una arista del tiempo aumentada, avizorada siglos después como el esperpento de la frívola fantasía: una nueva crucifixión de quienes proyectaron “el otro mundo” a partir de la mentira. Y Ulises, mimetizado en Eugenio Pérez Bonifacio, será un nombre reiterado; un naciente esclavo de la liberación que recorrió tierras y mares multiplicado en millones para regresar a Ítaca: una paupérrima callejuela de pueblo que viera su nacimiento. Ah, de nuevo el futuro al alcance de la mano. Desde el subsuelo Lucía Alcayaga se posesiona del ser femenino sin saberlo. Camina con él por calles sórdidas, laberintos temporales de la sombría prostitución. Y sin embargo, aquella le susurra: “me leerás un día, me leerás y serás yo y la otra.”  

Y surgirá cual moderno Robin Hood, Jonás Nepucemo, un alias expulsado  de un vientre imaginario que repartirá entre los pobres nunca exterminados el dinero de todos, así acabe con la visión destruida y un perrito amigo que lo guía  por las calles de su barrio.  Y habrá puertas que abrir o suponer que puedan ser abiertas.  Sellos que confirman la desnaturalización de la mano humana. Y vendrá entremedio el Viejo Mundo trayendo asesinos nazis a este recodo del planeta: Eichmann, Mengele, Rauff;  y antes,  Popper y Mac Lennan en un circuito tenebroso del mal entronizado en las raíces con la sangre de los campos de concentración, de las guerras ajenas, del holocausto que viéramos por la prensa de la época, o que se entremezcló en la Patagonia aniquilando selknams a destajo para la enaltecida épica ovejera.

Las aristas del tiempo, esas líneas que se superponen entre dos superficies planas, ahora son convexas, cóncavas, circulares. Colón avanza con sus carabelas de juguete a someter a los incivilizados. Contrae enfermedades. Escribe cartas lujuriosas a su Reina, despotrica contra Vespucio;  pero la narradora se niega a sucumbir.  Persiste. No hay descubrimiento. No existe. La falacia de las conveniencias aspiró a confundirlo todo.  Pero la metafísica alegórica es más fuerte: hay “un te quiero” que se eleva sobre el firmamento, que supera las contingencias del hombre avasallador, posesionado de su linaje, de una aristocracia grosera que se esmeró en dominarlo todo, seres animados o inanimados, territorios, cielos, mares, y sueños de indígenas que ignoraban el evangelio.

Pero la narradora no descansa: instalará sobre el tapete a un ladrón de almohadas, un héroe que podrá soñar a partir de la pesadilla general. O a pequeños inútiles que no son tales. O retazos de hombres escabulléndose por algún sitio de la existencia. Y habrá guiños a escritores que predijeron el futuro.

En fin: Lilian Elphick ha reconstruido la memoria sanguínea y la pasión irrestricta por la palabra.  Se ha valido de la elegancia verbal, del símbolo oculto y visible. Ha hecho un preclaro recuento de la historia de la maldad.  Pero ha esbozado notablemente el mundo venidero: hay sobrevivientes. Existen quienes  recobran su permanencia en la voz exaltada del silencio, en la quietud y en la acción. Surge una fuerza femenina inclaudicable, aunque llore a sus caídos. Se  nutre del sufrimiento y canta;  habla, y clama: el riesgo es solo abrir la otra puerta.

Y este Capilar es la llave maestra.

*

Capilar, de Lilian Elphick

Ediciones Eutôpia Ltda.79 págs. 2018

SYLVIA CAMELO: «OCHO MICROFICCIONES»

 

Erika Kuhn

 

EXCESO DE EQUIPAJE

 

—¡Hay alguien de más en esta embarcación! —dijo el pasador mirando a la mujer embarazada.

 

—¡Sí! ¡Es usted! —repondieron los inmigrantes y lo tiraron al mar.

 

 

ZOOFILIA

 

A menudo me enamoro de los sapos. Me seducen sus ojos, sus cuerpos, sus ruidos.

 

Pero, es sobre todo cuando me besan que más me gustan: es ahí cuando descubro al príncipe que eran antes.

 

 

HISTORIA DEL ARTE

 

Sí, Van Gogh se cortó una oreja, no hay ninguna duda de eso.

 

Sin embargo, nunca nadie la encontró.

 

Se cayó dentro del jarrón de los girasoles.

 

 

EXPERIMENTOS HUrbMANOS:

 

Últimamente, me he llenado de ladrillos en el cuerpo. Inclusive pisos, apartamentos y balcones me han comenzado a brotar.

 

Asustada, he buscado en mi boca la salida que unos arquitectos toscos me impiden con cemento encontrar.

 

 

NOSTALGIA

 

Cada vez que paso frente a tu casa, entro. Vuelvo a descubrir sus cuartos, sus escaleras, su chimenea, sus muertos.

Tomo después un cuchillo de la cocina y veo caer de nuevo tus últimas gotas de sangre.

 

NUEVAS SEXUALIDADES

 

Hoy, me acosté con una estrella. Me penetró tanto que me impregnó con su luz.

Me pregunto qué pasaría si lo intentara con el sol.

 

NIDO


Nos quedábamos boquiabiertos escuchándolos cantar. Nos encantaban sus voces graves que nos devolvían a los orígenes.

Un día, no los escuchamos más y nos pusimos grises como las nubes. Bostezamos y de nuestro interior salieron pájaros: los hijos de ese canto.

 

CAJAS

Las habíamos acumulado con el paso del tiempo.Pero,como nunca nos habíamos trasteado, se habían quedado sin viajar.

De repente, subieron desde la bodega, y nos empacaron.

 

ROBINSON CRUZó

Cuando le entregaron las llaves de su nuevo trabajo, no le explicaron en detalle para qué servía cada una de ellas. Le dijeron solamente que la azul abría la puerta principal y la roja la de su oficina.

Curioso, probó la lila que lo llevó hacia un jardín al final del cual había una puerta cerrada. Introdujo en su cerradura la verde gracias a la cual descubrió un pasaje secreto. Intentó la naranja para salir de éste, pero no le funcionó. Trató entonces con la violeta que casi se queda dentro de la cerradura. Insistió, cruzó los dedos y naufragó con la amarilla en una isla desierta. Fue allí donde se instaló.

 

*

 

Sylvia Camelo

ORALITORA

https://www.sylviacamelo.com

 

 

Interesada por la fusión entre las lenguas y los géneros y, particularmente por la relación entre literatura y oralidad, practica el Poetry Slam que mezcla con el Cuento y los Relatos Breves.

 

Sus poemas y sus cuentos han sido publicados en las revistas Arquitrave (Colombia), Prometeo Digital (España), Mundo Hipánico, Société Suisse des Américanistes (Suiza), Vericuetos (Francia) y Plesiosaurio (Perú).

 

Ha hecho también parte de las publicaciones colectivas « Slam des origines aux horizons" 2015, "Slam ? Slam ! Slam." (slameur.ch/boutique) 2018 y Slam en femenino 2019.

 

Publica relatos breves y microficciones en español y francés desde 2013 en la Editorial Short Edition (Francia) :

https://short-edition.com/fr/auteur/sylvia-camelo