Ocho cuentos


 
Woman reading on top of ladder (1920).Bettmann/CORBIS


Por Denise Fresard


Bibliófila

     Aquellos lomos empastados de cuero y tela, y sus filigranas doradas raídas por el tiempo, me obligaban a pasar muchas horas en el gran salón de la biblioteca. Me conmovían sus estanterías hasta el cielo raso, llenas de volúmenes de distintos colores y tamaños. A media altura, un riel sostenía una escalera que se desplazaba a lo largo de los estantes, para alcanzar los tomos de más arriba. Recuerdo días enteros sintiendo aquel olor a encierro tostado que se me pegaba en la ropa y en el pelo y se iba conmigo cuando debía abandonar la sala de los libros. Deploraba la oscuridad en que quedaban. Cuando volvía a aquel recinto, sentía la alegría de encontrar a un viejo amigo y me sumía en la lectura abstrayéndome de todo cuanto ocurría a mi alrededor. A veces, arrobada por el dulce ulular de un poema, levantaba los ojos extasiados y empujaba el libro oprimiéndolo contra mi vientre, me gustaba sentir su frágil firmeza enterrada en mi ombligo. Siempre lo besaba cuando debía dejarlo inconcluso y no pensaba en otra cosa hasta que volvía a acariciar sus hojas con las yemas de los dedos, sintiendo su seca rugosidad, suave y tierna como la piel de un durazno. Un día, no pude irme dejándolo de vuelta en su lugar y llegada la hora de cierre, escondí el libro debajo de mi falda y salí simulando no llevar nada. Me costaba caminar sosteniendo el volumen entre los muslos y me producía una extraña excitación el haberme adueñado de aquel objeto mudo y cálido que ahora guardaba tan íntimamente. Ahora era mío y podría devorar su contenido y acunarlo debajo de mi almohada, incluso leerlo en medio de la noche a la luz de la luna. Fui hasta mi cuarto y me metí desnuda entre las sábanas, con el libro en el pecho, sintiendo su peso amoroso, y así me dormí, sin leer una sola página.



Monstruo

     Yo lo vi, era un gigante. Y ardió un buen rato antes de que algún alma compasiva se atreviera a intervenir. Y todo, por esa maldita costumbre de quemar un muñeco el domingo de resurrección, y lo insultan, lo escupen y aplauden, mientras Judas arde en una estaca en la plaza.
     Ese día, entre la gente surgió un ser enorme y encorvado que hablaba tartamudeando y gesticulaba torpemente, se golpeaba el pecho con los puños mientras emitía un chillido entrecortado como gimoteando. Le atravesaba la cara una cicatriz que pasaba por encima de la nariz partiéndola en dos y un ojo parecía ciego. Se acercó a una mujer que gritaba enardecida –¡¡¡Quemen al traidor, abajo Judas!!! – la tomó por los brazos con fuerza intentado articular palabras que no pudo decir, la levantó varios centímetros del suelo. Un hombre salió de entre la gente para defenderla, pero solo consiguió que la zamarreara con más fuerza, golpeando su cabeza a lado y lado, después la lanzó sobre los atacantes, que a esas alturas ya eran varios, y como no lograra esquivar los golpes, pareció enfurecerse arremetiendo con puños a diestra y siniestra, golpeando a quien se le acercara, destruyendo  vidrieras, haciendo sonar alarmas y creando una atmósfera de caos.
     Cuando logró sacarse de encima a la turba que intentaba detenerlo, sangraba. Se acercó al muñeco amarrado en la estaca y lo desató, lo tomó entre sus brazos acunándolo, parecía llorar, de rodillas y con Judas en brazos. 
     Esto solo duró unos segundos, porque no bien se repusieron los que habían sido golpeados, lo atacaron entre todos y lograron reducirlo. Lo sostuvieron mientras corcoveaba y se retorcía, luego le ataron las manos y los tobillos y, como eso no fuera suficiente para mantenerlo fuera de combate, lo amarraron a la estaca, como a Judas.
     Llegado el momento, nadie intentó evitar que le prendieran fuego.



Mientras duermo

     Me caminan moscas por los brazos. Tiemblo. El frío parte las hojas de los árboles. Mi cabeza navega en otro tiempo y mi frente persigue una idea que se posa esquiva en una realidad aparente.
     Siento que asisto a mis obligaciones sin mirar el cielo mientras trabajo y que me rueda el sudor entre el cuello y la camisa, aun en invierno. Creo lo que acude a mis sentidos y me dejo llevar por frases publicitarias que no entiendo.
     Nada es simétrico en mí.
     Observo la herida de la infancia como una condición de vida, la llevo siempre conmigo porque es el sello de mi identidad más profunda. La herida es el lado oscuro, el lugar donde habita la espesa realidad de los sueños, esos que tienden a desaparecer, negándonos su verdad implacable.
     Nada es simétrico; por todas partes la injusticia. Pareciera que la verdad no es más que una pretensión que no alcanza a los que duermen.
     Mientras duermo me guían las estrellas que alumbraron mi nacimiento y desde el infinito, me parece que los muertos de mi destino tejieran la red de un encargo. Me debo a sus designios, siento su influencia  amorosa, los nombro, los pienso, aunque no los conozca.
     Mientras duermo parece que todo fuera cierto como la muerte, y que yo también me iré, para dejar lo que he creído mío. Yo no soy de este mundo, estoy de paso, igual que los sueños, igual que las moscas.



Bossa nova

     Ella, sentada en el taburete con minifalda, la cintura desnuda, los muslos brillantes. Levanta un vaso que el barman acaba de poner en la barra.  Se siente aburrida. Al fondo una banda toca un Bossa nova.
     Él está en la otra esquina del local, cerca de la ventana, le sudan las manos, sigue el ritmo con los pies, quiere una cerveza.
     Cuando se acerca a la barra ella lo ve. Viene directo hacia ella, es un hombre fuerte y sonríe al cruzar la mirada, ambos sonríen.
     -¿Tienes un cigarrillo?
     -No se puede fumar aquí dentro.
     -Bueno, podemos fumar afuera.
     -Está bien.
     Salen del bar, ella lo toma del brazo, sus tacones la hacen rebotar a lado y lado. Él la toma por la cintura. Ella se deja. Él se aproxima, le habla al oído, su aliento es tibio y alcohólico. Se voltea y se abrazan. Él desliza una mano por la espalda de ella, ella mete los brazos dentro de la chaqueta de él rodeándolo por la espalda.
     -Me alegra que aun podamos encontrarnos aunque sea a fumar. Desde hace un tiempo solo piensas en los negocios.
     -Tu sabías que mi trabajo es lo más importante para mí.
Se separan. Ella prende un cigarrillo.
     -¿Quieres uno?
     -Bueno. Yo tengo fuego.
     Fuman, mientras él bebe su cerveza.
     El cielo está despejado y cientos de estrellas iluminan la noche afuera del bar.


Lo que no arde, destella


     Abrí mi puerta para ver qué ocurría. Era de madrugada. Al medio de la cancha había una hoguera y ardían discos, revistas y enciclopedias.  Algunos llevaban sus libros voluntariamente. Pude ver que había un hombre agazapado en el rincón más oscuro del pasillo.  Solo cruzó conmigo una mirada antes de entrar en el departamento; por favor, dijo, solo será un momento. Los militares estaban por todas partes, gritando, sacando a la gente a la calle. Registraron algunos departamentos y todos estábamos en la cancha, semi vestidos, en la oscuridad, alumbrados por la fogata. No dije nada. Mientras tanto: ¡Nombre!, ¡dirección!, ¡avance!, ¡se acabó la filosofía, señores!
     Ese hombre se escondió en mi casa. Si no la hubieran registrado, otra sería la historia. Mis libros, mi ropa, hasta las ollas tiraron para reducirlo y después a mí, enfrentando a un sargento que me llevó a tirones hasta donde estaba el teniente. Aquí está la dueña, dijo, y me empujó. Me preguntaban por qué estaba escondiendo a ese hombre, yo no sabía ni siquiera cómo se llamaba. ¿Quién es ese hombre? - ¡Marxista de mierda!, decían antes de golpear, y luego volvían con la palma abierta, con más fuerza -Los libros no, por favor. Y de vuelta otro golpe.
     Esa noche se hizo larga; al final logré demostrarles que no conocía a ese hombre, fueron los vecinos y él mismo, confesó haber entrado a hurtadillas y sin mi consentimiento. ¡Le digo que no lo conozco! Todo terminó poco antes del amanecer, no pude hacer nada por salvar los libros. Se llevaron a ese hombre. Desapareció esa noche y todos lo vimos, caminando hacia atrás, lo llevaban del cuello, la boca sangrando. Nos miramos apenas unos segundos.



La asunción de Sibila


     Cuando salió la luna reunió los ingredientes, prendió una hoguera de grandes proporciones. Se iluminaron en la noche las copas de los árboles y cuando la  leña se volvió rescoldo, instaló un caldero grande sobre el fuego. Fue poniendo en el las hierbas: romero y albahaca, miel y siempreviva, leche de cabra y finalmente la sangre de una paloma.
     Cuando la luna llegó a medio cielo, se desnudó con calma y se introdujo en el caldero que aun estaba tibio, se refregó con las hierbas y bebió agua ardiente. Luego salió envuelta en vapor y se cubrió con una manta púrpura con estrellas doradas, estiró los brazos hacia el levante y antes del amanecer, emprendió el vuelo.



Desde adentro


     Mi tío Venuste vivía con nosotros en la casa de la abuela. De esa casa recuerdo sobre todo el reloj de campanas y el espejo de mi tío. Mi abuela había dicho que esa sería la única herencia que tendría Venuste, él lo tomaba muy en serio.
     Desde niña, disfrutaba mirándome en aquel vidrio. Me gustaba más lo que veía en él. Contemplando el reflejo, descubrí que al cerrar los ojos, aquella superficie fría reproducía en la oscuridad, sombras que susurraban voces ilegibles. Me complacía quedarme con los ojos cerrados, tratando de descifrar aquellas voces, entre el tictac del reloj de campanas que colgaba a mis espaldas.  Con los años el reloj se detuvo, pero en el espejo siguió sonando el tic tac alojado allí dentro.     
     Algo parecido le pasó al pobre Venuste, que siempre se arreglaba la corbata y se pasaba una peineta por la nuca antes de corroborar la hora en el reloj y salir, dando una mirada cómplice a su reflejo. Un día, en el salón, se le trizó la cabeza como una cáscara y cayó al suelo con la lengua torcida y las manos crispadas, al mismo tiempo que se veía reflejado en el espejo. Mi tío no volvió a decir palabra y una mueca vulgar le desfiguró el rostro desde entonces.
     Solía pasar muchas horas extasiado en aquel vidrio pintado, que sostenía un gran marco de madera dorado.
     Una tarde me dormí en aquel salón y soñé que el espejo paría una estrella redonda, resplandeciente y muda, que debía entregarle a Venuste para que sanara. Tuve que admitir que todo provenía desde adentro.
     Cuando murió mi abuela, no quedó nada de aquel salón salvo el espejo, tal vez si permanece la ventana iluminando un interior atribulado y ajeno. Allí, aunque nadie lo ve, se pasea Venuste con su mueca feroz, insuflando un aire frío que llena la casa y hiela hasta la escarcha.
     Pobre de ti, caminante, si al cruzar el umbral oyes el tictac del reloj y te animas a pasar adelante.


Condenada anarquista


En esta ciudad puede caer una bomba en cualquier momento y herirte, y ni siquiera es necesaria una explosión, siempre puedes salir lesionada. Yo misma he sido herida de muchas maneras: una y otra vez me han robado desconocidos, me han abusado los que creí mis amigos, traicionado los que decían ser mis camaradas, me violó mi hermano, me negó mi hermana y todas esas fechorías han quedado impunes a pesar que las cargo como un pesado fardo sobre mi espalda. La muerte de mi madre no fue casual, ella no pudo construirse y se desmoronó demasiado bella, demasiado joven, demasiado viva para irse. A pesar de todo, los días pasaban y uno con otro parecía que nada faltaba, aunque el silencio llenaba todos los pasillos, todos los rincones y de a poco nos fuimos acostumbrando a que el cielo estuviera siempre nublado, aunque no fueran las nubes; alguien dijo que el problema no era el humo, si no que la gente respiraba demasiado profundo y desde entonces respiramos cortito aunque nos den ganas de llorar y los ojos se llenen de lágrimas. A veces creo que soy yo la que no puede llevar los días sin quejas, pero mirando alrededor veo caras más tristes que la mía, cuerpos más atrofiados que delatan torturas y temores inconfesables. En el fondo de mí una voz se revela contra el miedo y reconozco que soy débil e insegura, que a veces temo a la oscuridad en la calle y me asusta la gente. En esta ciudad no se ve el mar y se enfrentan a diario los agobiados tratando de disimular la angustia, salvando solo sus pobres vidas. Solía pensar que eso era la sobrevivencia, pero creo que ya no sobrevivimos y me asalta la idea de que permanecemos en un limbo en el que solo esperamos morir repitiendo rutinas, sean o no placenteras, sean o no necesarias. Nos miramos unos con otros cargando nuestra historia circunscrita a esta ciudad y creemos que nos pertenece a cada uno un pedazo de lo que compartimos, un pedazo que no compartiremos nunca. Por eso me las arreglé como pude para encontrar la coyuntura y romper con todo lo malamente establecido, no diré por la mayoría, si no por el poder y la autoridad que rechazo, pero al estallar la bomba comprendí que señalaba aquella debilidad como si no fuera también la mía y que me volvía insoportable y peligrosa para los que esperaban condescendencia. La gente salió herida, la sangre corría, no tuve consideración con los desvalidos y no soy más que una más entre ellos que va perdiendo la esperanza y la voz por la carraspera y las ganas de decir cualquier cosa, por que nadie escucha, nadie se detiene un momento para darse a los otros. Los más afectados son los niños que deben entender solos que lo que se dice no es lo que se hace y que no siempre nos reímos de lo mismo.
     Me siento frente a un jardín en una galería y mientras espero, me dejo llevar por el sueño a un mundo mejor y más justo. Pero en ese momento llega la policía a buscarme, dan voces con gritos feroces desde la puerta de entrada, no me han visto, no saben que ahora mismo viajo por la ciudad queriendo salvar oprimidos y tras la puerta veo sus sombras crecer hasta parecer gigantes. Creo que han pasado horas desde que escuché sus gritos y permanezco en la silla sin poder moverme. Las maletas están en la puerta, muy pronto dejaré atrás este cielo gris y turbulento y podré al fin saber qué es lo que me depara el destino.


*

Denise Fresard (Santiago, 1964), estudió en la Universidad de Chile y en la Universidad Diego Portales.
Ha publicado: Antonio Quintana 1905-1972, Fundación Palacio la Moneda, 2007 y El país que huye, Simplemente Editores, 2014. Ha participado en las antologías 73 cuentos a 40 años del Golpe, ArtteGrama, 2013 y Microquijotes 2, Academia de la Lengua Norteamericana ANLA, 2015. Sus cuentos están en publicaciones digitales en las páginas Máquina de coser palabras, Letras de Chile, Lectures d’alleurs y otros blogs.
Es miembro de la Sociedad de Escritores de Chile. Obtuvo la beca Creación Literaria del CNCA en el 2013.
Actualmente realiza talleres de creación literaria y microcuento.