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Hay pausas que no tienen final.
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Hoy mi caracol se disfrazó de escalera.
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Simplificando: el mundo es un lugar salvaje.
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Las uñas de las estatuas crecen hacia dentro.
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También hay desconocidos en mi yo, sombras opacas.
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La verdad que devuelve un espejo es un espejismo.
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Un espantapájaros me observa violentamente quieto.
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No está claro que las dunas se dividan sin resto.
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En el hueco de mis ojos bailan mis ojos.
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Los mancos pesan sus heridas en balanzas sin brazos.
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Para acertar elijo al azar cualquiera de mis errores.
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Mi oído interno es mi guarida.
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Vagabundeo decidido hacia una meta.
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Escribo puntos suspensivos sin pausas.
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Mi mapa mudo habla por mí.
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La trayectoria de la luz termina en los ojos.
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En la superficie me defiendo de los arañazos de la profundidad.
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Solo las estrellas fugaces son verdaderas.
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Parpadeo dentro de mí.
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Lo insalvable: la discontinuidad del dormir.
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¿Dónde está mi centro? Yo soy periferia.
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Un poema es la muleta de un mendigo.
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Mi reloj de arena adelanta sus gritos.
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Oigo a mis fotografías murmurar a mis espaldas.
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La poesía es una lupa.
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Vuela la sombra del pájaro que vuela.
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Tengo un bonsái al que se le han caído todas las hojas. Es su pequeña venganza, imagino.
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La muerte escribe silencios a una velocidad de vértigo.
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La ira se abriga en palabras a quemarropa.
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Después de una marea viva se entierra el cadáver del mar.
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¿Qué se gana al ganarse la vida?
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Mi piel es mi maleta.
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Los espejos guardan las apariencias.
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Ventaja: en minoría de uno contra nadie.
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El artista, un pintor de bodegones, conoce doblemente la verdad brutal.
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También el feliz tiene cicatrices que enseña cuando pronuncia la palabra felicidad.
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Los suicidas mudos no saben morderse la lengua.
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Es posible que de todas las escaleras de caracol la escritura sea la más lenta.
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El asfalto es la vejez de los caminos.
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Hay líneas negras en los mapas, restos de hogueras.
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Siempre quise ser transparente. Mi codicia no tiene fin.
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Mi bala está en el hueco de mi sien jugando a las cuatro esquinas que son tres: derecha e izquierda.
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El juego es anterior a sus reglas.
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El cielo es un acantilado azul.
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Un relámpago lentísimo, el poema.
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Todo llanto es simétrico.
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Se llega, tarde o temprano, siempre a un punto muerto.
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¿Qué sudario elegir para ser sincero?
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Mi lengua materna murió ayer.
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Me veré en un espejo pero me queda saber contra qué ojos.
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Los puntos de partida son mis finales.
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En el caso contra mi muerte alegaré defensa propia.
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En paz descansa mi lucha.
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Hoy perdí mi guerra civil.
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Cuando la memoria es exacta al olvido, ninguna vida nos alcanza.
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Hay un animal que examina mi conciencia cuando yo respiro.
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El tiempo violenta su tregua.
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Nadie comprende lo que significa verdaderamente la sentencia: morirás.
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Un vigía ciego admira el otoño que crece dentro de mí.
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Cada uno es el único testigo de su propia muerte.
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La eternidad no tiene amparo.
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Mis huellas abandonan a mis pies.
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Aquí la distancia no se alcanza.
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Seré breve.
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También hay cuencas en los ojos de la tierra.
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¿Cuántos dentros hay en mi dentro?
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La noche más larga no tiene día.
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Yo es tú.
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Esta ambición por ser el último.
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Todo termina en un gesto mínimo.
Astillas es la tercera parte del poemario (Los actos simples). Las otras dos son Los actos simples y Mecánica interior.
Ramón Gil Sánchez (A Coruña, 1964) es escritor y profesor de filosofía en la enseñanza pública. Mantuvo durante años el blog «Textos ocasionales», donde publicaba poemas y cuentos. Ha colaborado con otros espacios literarios en Internet como Letras de Chile, La máquina de coser palabras, La nave de los locos y Literatura Libre, así como en prensa, en El Ideal Gallego. Colaboró en la obra colectiva Plantando Libros (AGPI / Xunta de Galicia, Betanzos, 2007). Es autor del poemario Los actos simples (Editorial Soldesol, Almería, 2026) y del libro de relatos El uso de los nudos (Amazon, 2026). Actualmente prepara una nueva colección de cuentos.

