Federico Spoliansky: «Atlántov»


De la bitácora de Federico Spoliansky


¿Cuál es el panorama? Conocer el latido del girasol, cómo responde el corazón del girasol al humor del viento, al humo de un caño de escape. No hablo sobre girasoles, hablo con ellos; el diálogo con los girasoles es el poema lindero. Algunos capataces trompearían, le darían una tunda al girasol que se rehusase a rotar. Que los girasoles sigan el rumbo sin detenerse por entuertos.



No existe mortaja para vela. No existe cementerio ni momento vela. Una vela no recibe pensión ni se jubila, trabaja hasta el no doy más. El lugar para una vela es un zaguán, un oratorio, un estar vecino al kohinoor, una partida de chinchón. ¿Qué profesión puede elegir? “¡Vamos!, ¿de profesión?”. “Vela”. “¿Qué hace?”. “Velo”, responde trans. ¿Cuántos avatares puede resistir? Le exigimos a una vela más que a un percherón.



Qué sol, qué superficie puede albergar al corazón de un alcaucil. Atrapado en un remolino de Aceite, como si disfrutara chupado, como si le hubieran dicho que Aceite, Disney y el Chavo son del mismo palo, el alcaucil muere, no de un síncope.



El agua inquieta mueve aguas.



El cultivo debe volver al vientre, transitarlo una vez más, ser cosecha que se mira, como mira el sol al grano cuando acopiado lo lleva el camión.



La vizcacha va por el monte, deslizándose, deslizándose pegada a la tierra, va soldada, la vizcacha montesa del Sur.


*

Contratatapa de libro Atlántov, por Luisa Valenzuela:

El maestro desafía a su exdiscípulo: “Si tuvieras la plata, ¿te irías de acá al aeropuerto” para volar a Rusia? El exdiscípulo se indigna: “¡Voy a cambiar todas mis contraseñas!”.
A partir de esa extemporánea amenaza o —promesa—, los textos de Federico Spoliansky se suceden rompiendo todas las normas y guiándonos por un camino de desconcierto y encantamiento. Animistas, protoplasmáticos, son tarjetas de invitación a nuevas imaginaciones. A partir del infinitivo del verbo escribir acepta que “solo hay música en el infinitivo ser cantante”. He ahí la búsqueda siguiendo “la tramoya de la duda” en la cual “toda charla parece interconsulta”.
Porque somos aledaños, atlánticos distintos, el cambiador de contraseñas avanza por minimalistas, exaltados mundos. Como marcas de agua.
“Así es en la escritura: hay latitud, longitud. Y hervor”, reconoce. Y en ese hervor nunca más aludido de las olas del Atlántico, y en ojotas, el observador de lo inobservable va atravesando refugios de palabras en los que “hay goteras”. Quien habla comprimida y verborrágicamente deambula por playas, sorpresas, adopciones, intuiciones, presencias, hasta alcanzar esa otra Rusia del alma que es la voz del tenor: Atlántov.
Propongo aquí mi interpretación de este libro escrito en total libertad que, como una ristra de koans, abre caminos de extrañamiento, reflexión y empatía.


*

Federico Spoliansky nació en Buenos Aires en 1970. Posee un Master en Realización Audiovisual (London Film School & London Metropolitan University). Es Licenciado en Psicología (Universidad de Buenos Aires). Publicó los libros Atlántov, Duda patrón y El agujero. Escribió los ensayos sobre música y literatura Épocas de Galera, Apuntes sobre la caballerosidad rústica. Y los ensayos sobre ópera María Callas, Medea y el dragón, Prima Donna Siciliana, El libreto de Ópera: fuente y acotación. Recibió el Primer Premio Nacional Iniciación de Poesía, Ministerio de Cultura de la Nación (Bienio 1991-1992). En 2017 ganó una beca de Formación (Letras) del Fondo Nacional de las Artes. En 2018 fue Visiting Scholar del departamento de Estudios Hispánicos de Brown University (Providence, USA).



GUIDO EYTEL, UN POETA DEL SUR



 
VINCENT VAN GOGH


CUANDO EN EL SUR FLORECÍAN LOS CEREZOS


A mi primo Marcelo Salinas Eytel,
detenido desaparecido hasta hoy.


La calle no tiene hoy ni luz ni pájaro. / Quién va a cantar, quién va a levantar / una mínima esperanza luminosa.

Se vuelven otra vez los perros horizonte / y no hay agua para lavar esta injusticia. / Qué va a correr bajo los puentes / llenos de vergüenza, carcomidos / por la humedad del desamparo.

Yo no soy más que el testigo de la ausencia, / qué hago reclamando ante el vacío. / No
sucederá otra vez: / las enredaderas ocultan la casa / y a la lluvia del tiempo / le dio por borrar todas las huellas. / ¿Alguien ha visto un niño perdido?

He bebido cicuta: / se me dan vuelta las palabras / y como ciego busco / el gesto que perdí por esos días. / Qué lo voy a encontrar, cuál era. / ¿Era una sonrisa, era un saludo, / era una manera de caminar / poniéndole el pecho a la injusticia?

Como siempre, esta noche / el mismo sueño me persigue: “si no, / primo, si no, si no era nada, / aquí estuve todo el tiempo, / soñando como tú bajo el manzano”. / Qué voy a despertar.

La última vez usaba sandalias / y una chaqueta verde / del color del pasto / que brota a principios de noviembre. / ¿Alguien supo qué le hicieron? / ¿Cuando murió qué dijo?

¿Levantó una mano, gritó, / abrió los ojos / (se verá en sus pupilas la faz del asesino)
o solamente suspiró / y pensó que en el sur / estaban floreciendo los cerezos?

Hoy la calle no tiene luz ni pájaro. / Afuera el silencio parece que va a estallar.


LOS VIEJOS AMORES

Los viejos amores salen a volar
como luciérnagas
por las noches.
Se escabullen por los matorrales
de tus sueños
y cuando quieres atraparlos
y abres los ojos
solo la oscuridad del bosque te recibe.
Y ahí te quedas,
en pleno corazón del misterio,
sin poder recordar
el camino de regreso.
Y se abre un lirio cuando cae la noche.
Húmedo y rosado, tiembla.


EL BAR DE LOS JUBILADOS

Los jubilados beben lentos su vaso de vino.
Miran en el diario
los avisos de las defunciones,
hablan de la humedad, del reumatismo,
y luego se quedan en silencio.
No hay reloj frente a la barra
y el calendario ya no sirve de nada.


JARDÍN BOTÁNICO

Una mujer da de comer a docenas de gatos
mientras los mellizos maman de la loba.
Un anciano espera la llegada del invierno.
Árboles desconocidos, pero sombras amables
me reciben y paseo por los senderos
siguiendo el vuelo de las aves enmascaradas.
“Esta es la hora en que debo pensar”, digo,
y me siento a recibir el tibio sol del otoño.
Pero no puedo pensar.
Sólo espero que pases a buscarme.

o la Muerte.


PARA QUE QUEDE CONSTANCIA

Hoy no puedo escribir un poema.
Los gorriones beben de las pozas de la última lluvia.
El magnolio florecido dice díbujame, huéleme, escríbeme.
Pero yo no puedo escribir un poema.
Dejo la fecha para que quede constancia:
miércoles 8 de octubre.
Será un día largo.

*

En:
Poesía Sur. El Norte de la Poesía.

Guido Eytel, 1945-10 de diciembre de 2018.TU VOZ ESCRITA EN LA MEMORIA

LEONEL HUERTA: «MYM»





MYM

Hoy
     No me lavé las manos, las tenía limpias de la semana pasada. Usé la misma camisa de ayer, los calcetines me los cambié. No pensé en ahorcarme en la mañana, decidí dejarlo para después. El almuerzo me dio sueño, pero no dormí. Los MYM estaban dulces, solo me dieron de un color. Fui al baño y no usé papel; se dieron cuenta, casi me da lo mismo.
Hoy
     Los calcetines eran de distinto diseño, cómo pasó. Magia. Pensé en las venas abiertas, pero el rojo no lo soporto. Ahora me dieron MYM antes de almuerzo. La camisa era nueva, me felicitaron, me sentí bien, pero mi camisa vieja lloró. Por qué siempre es hoy, a veces quiero que sea mañana o ayer, pero siempre es hoy, es muy desagradable estar siempre donde mismo.
Hoy
     Pasé el peine del perro por mi pelo, salí sonriendo del baño, tanta alegría por un peinado. Me gustan los MYM, pero están saliendo ácidos. No pensé en la muerte, solo en mañana.
Ayer
     Hoy parece ayer. Debe ser por tanto MYM.


El Conducto

El pequeño titán que vive en mí lleva un tiempo torturándome. Cuando creo que puedo seguir escribiendo, vuelve sin contemplación a embestir. Solo seis calmantes en la tira, todos a la boca. Masticar y masticar, las pastillas solo han aumentado el martirio. Tres de la mañana, no tengo donde ir. Busco alcohol en la cocina. De la última junta no queda una gota. Se ha convertido en mi elefante blanco, no encuentro solución para este pesar. Desesperado, abro cajones; en uno de ellos, un alicate me llama la atención. Doy vueltas por el pequeño departamento, saco la cabeza por la ventana esperando que el frío lo adormezca. La calle vacía, mi suplicio ausente de todos. El pequeño titán sigue latiendo con más tesón, imponiendo nuevos niveles de dolor y angustia. En el baño, el espejo revela la cruel realidad. La cara hinchada, deforme, me convierto en el nuevo Gregor Samsa. Abro la boca y lo veo, sé que debo hacer, a mi espalda, el cajón aún sigue abierto.


Hormigas

Otra vez aquí. Ya estuve antes. ¿Cuándo? No lo sé.
No me gusta estar tirada en el pasto, las hormigas caminan sobre mí y luego no hay forma de sacarlas, la única solución posible: aplastar. Alguna vez me sentí como un insecto, pero solo recuerdo el sentimiento, por más que trato de recordar la ocasión, no puedo. No todo es rememorar, también se trata de vivir, pero parece que la vida sin recuerdos es solo vacío; acaso solo una memoria llena puede experimentar la existencia, esos pensamientos no son míos, de alguna forma los tengo en mi cabeza, llegaron y no se fueron. No puedo negar que el paisaje es hermoso, incluso esas dos construcciones en el fondo, que a pesar de estar agregadas no desentonan con esta campiña. ¿Tendrán caballos? Eso sí lo recuerdo, montaba todo el día. Los potros y el viento eran para mí la combinación perfecta, el animal siempre estaba dispuesto a cabalgar. Ambos, un solo pulso. La unión de lo bello y lo bestial es seductora, al parecer causa un efecto sublime, lo intocable, nuevamente estos pensamientos que no llevan a ninguna parte, no puedo escapar de ellos. El hálito campestre envuelve mi rostro, quiero que toque toda mi piel ¡me tocabas, me tocabas! No sé si fue antes o después de él, ¿había un él?, ¿quién? Tus caricias me enloquecían, no recuerdo tu rostro, pero tus suaves y pequeñas manos vuelven a mi piel.
Vengo hacia mí, pero si yo estoy aquí. Me hablas, saludas: “abuela, qué estás filosofando”. No entiendo, la niña que está al frente soy yo o lo que fui. Estoy enferma, muy enferma. Caminaré hacia un futuro sin pasado. Solo espero no olvidar tus caricias, las hormigas en mi cuerpo.


Tigres
  
Nadie conoce el principio o el fin del muro. Hacia arriba es eterno y en dirección contraria se presenta infinito. Los ladrillos que lo forman son impenetrables, toman el color del día y olor del caminante. Nadie sabe si su forma es circular, recta o la combinación de ambas. La muralla está ahí y acompaña al viajero durante la travesía. La vida del andante está rodeada por el muro.
Mientras camina, escucha un sonido.
   ¿Alguien ahí?
   Sí, pensé que no había nada al otro lado.
   ¿Quién eres?
   Disculpa, no me presenté, soy una tigresa de Elphick.
   Yo, un tigre de Borges.
   Imagino que tienes rayas.
   Sí, tengo. ¿Qué hay a ese lado?
   Plantas, árboles, ríos y animales de todo tipo.
   En este lado también, seguro se parecen a los tuyos.
Siguieron juntos por el sendero. Se contaron sus vidas, esperanzas, miedos y alegrías. Aprendieron de sus palabras. En sueño y vigilia se acompañaron, mas el muro no terminaba.
   Ya casi no te escucho.
   Y yo a ti.
   ¿Paramos o nos devolvemos?
   Prefiero seguir adelante.
   Yo también
   Entonces es un adiós.
   No lo sé, tal vez el muro cambie algún día.

Treinta y nueve azotes  

El animal ya no podía más. El hombre debía hacer la entrega, montado en la carreta fustigaba al caballo, no se movía. Desesperado bajó para hablar con él, acariciando su cabeza, mas un nuevo flagelo brotó de su látigo. Ambos miraban al cielo pidiendo explicaciones, como si Dios fuera el culpable de sus vidas. Amo y esclavo, ¿quién era quien? Un nuevo movimiento de manos y el cuero caía sobre el lomo del que fuera corcel. Le hizo promesas, “está será la última vez, luego podrás descansar, viejo amigo”, el compañero seguía estático. Sólo faltaban unos pocos kilómetros, de no cumplir con el contrato lo perdería todo. La mancha blanca de su cabeza apuntaba al suelo, las siguientes agresiones con el rebenque tampoco dieron resultado. El hombre sabía que ya estaba todo perdido, sin embargo, siguió torturando al jamelgo una y otra vez; con el golpe treinta y ocho cayó agonizante. El carretón volcó, las calabazas rodaron por todas partes. No pudo controlar la turba que, embrutecida, tomaba los zapallos. Miró al animal casi muerto, su carro vacío. Con furia descomunal un último azote mató al pinto.

Jardín

Llevo tiempo deseando dejar este mundo, este cuerpo que no responde, recordando lo que fue una vida, un futuro que no será. Llevo años sin hablar, sin mover un dedo, sin que me entiendan, humillada día tras día. El joven de la mañana levanta las sabanas, saca mis porquerías y luego me limpia. Pasa un paño por aquellos labios donde antes hubo dedos, bocas y manos que me enloquecían, ¡manos, manos, ¿dónde están mis manos?! No puedo gritar, ¿acaso perdí mi voz? Por la noche viene una señorita. Ella me mira, acaricia mi mejilla y luego llora, siempre llora. Yo no sé qué hacer con usted, señora, ayúdeme a resolver este problema. Si le hablo, solo tengo una pregunta por hacer, señora. Las lágrimas son por mí o por ella, no la entiendo, pero cómo hacerlo si nunca me ha dicho una palabra. El joven de la mañana no para de parlotear, pero ella sin decir nada está más cerca de mis pensamientos, ¿acaso tendremos la misma idea? No le hablo, porque no me atrevo a preguntar, a preguntar lo que usted, señora, no podrá responder. Sé lo que quiere, señora, y estoy dispuesta a hacerlo. Cada vez que la veo en su cama acostada en una posición que  no eligió, me pregunto cuánto extraña su libertad. Señora, esclava de la muerte, dígame si quiere ser libre. Hoy no ha venido nadie, estoy en un jardín, hay un jardín.


Blanco y Negro

El que golpea es un viejo con sombrero de película de los años cincuenta, de esas en blanco y negro. Mamá no dice nada, simplemente abre la puerta. El hombre se detiene por un momento en el dintel de entrada, sus ojos cavernosos examinan cada rincón de la habitación, su mirada se clava en el mueble de las fotografías por un largo rato. Mamá entra en la cocina, yo le sigo. No hables, no preguntes, me dice. Él ya está sentado en el sofá, enciende el televisor. Mamá le lleva un té, él no da las gracias; ella no espera respuesta. Hasta ahora no se han dicho nada. El viejo sin sacarse el sombrero se queda dormido con el control remoto en la mano. Mamá sale a la calle, la espera la vecina, se abrazan y luego caminan.
Algunas canas se dejan ver, su cara arrugada, dedos deformes, uñas negras, pelos que  escapan de la nariz y las orejas. La ropa que usa es anticuada, pantalones oscuros con finas líneas blancas, una chaqueta de solapa desgastada y una camisa blanca de cuello opaco. Zapatos negros, sin lustrar, cordones deshilachados. Emana un olor a humedad, a humo, a pan con cebolla, a pobreza. Mientras duerme abre la boca, no tiene muelas, solo algunos dientes. Un lunar asoma en su cuello.
Mamá vuelve, yo la sigo, comienza a cocinar. No me mira. Ajena a mi presencia, saca las compras de una manera tan lenta que parece no tener ganas de hacer aquel trabajo. Abre cajones, toma ollas y prepara la comida. Enrepollado, es la cena para hoy, una combinación de repollo cocido, papas, carne y tocino. Es la primera vez que lo hace. Saca el mantel y servicio que solo usamos en Navidad. El Viejo no es cualquier viejo. Está servido, dice ella. Él se pone de pie, todavía con sombrero. Camina al parecer con algo de dolor, porque, a pesar de los pocos pasos que hay desde el sofá a la mesa, se toca varias veces la espalda. Sentarse también se torna un suplicio. Toma aire y huele, un gesto epifánico pasa por su rostro. Él levanta la cabeza para mirarla, ella le quita la vista, pero al rato también lo observa. Ambos sin quitarse los ojos de encima acercan la mano a la cuchara, como los vaqueros en un duelo. El viejo parpadea, mamá aún lo mira, mamá ha ganado. No entiendo nada. Le dice que puede quedarse en mi pieza, que yo dormiré con ella. Espero que no agarre mis libros, nadie los puede tomar. Es la primera vez que el viejo me mira, su mirada solo indica cansancio. En la cama, mamá me toma la mano, me acaricia y luego me abraza. Solo ella puede tocarme, a los demás no les dejo.
Me levanto, ella aún duerme. En el cuello también tiene un lunar. Sobre la mesa hay un montón de billetes. Cerca de las fotografías, el sombrero, en blanco y negro.

***
Leonel Huerta Sierra (Santiago, Chile, 1964). Escribe desde el año 2014. Miembro activo de: Taller Literario Peuco Dañe, Academia Libre y Talleres La Venezuela. Dirige la publicación Gaceta Literaria Peuco Dañe. Ha participado en talleres dirigidos por: David Hevia, Denisse Fresard, Iván Cuerco y Lilian Elphick. Ha sido publicado en la revista Alerce, de la Sociedad de Escritores de Chile. Fue incluido en la antología “Más allá de un No”, de la Universidad Alberto Hurtado. Su cuento “Ebullición” ha sido llevado al teatro.
Segundo Lugar. Concurso Raíces de Mujeres, 2016. Conmemoración Día Internacional de la Mujer Indígena. Cuento “Mapudungún”.
Segundo Lugar Regional. XXIV Concurso Historias de Nuestra Tierra, Cuentos y poemas del mundo rural, 2016. Categoría Historias Campesinas. Cuento “Huacho”.
Primer Lugar Regional. XXV Concurso Historias de Nuestra Tierra, Cuentos y poemas del mundo rural, 2017. Categoría Historias Campesinas. Cuento “La noche de la plumas”.
Mención Honrosa cuento “Viejas casas”. Concurso Cuento Corto de Vitacura, 2018.

Leonel Huerta

ELIANA SOZA MARTÍNEZ:«MIS LLAVES Y YO»


 
Chema Madoz

FANTASÍAS

Nunca había preparado con tanto gusto una cena, la mesa está arreglada como si fuera un día festivo, mis hijos se asombrarán y quedarán encantados.
Toda mi vida quise complacer a los demás, nada de lo que hacía lo había elegido libremente, ni mi carrera, ni mi esposo, ni siquiera mis amigas. Mi vida entera es una actuación, una mentira escrita y dirigida primero por mis padres, luego por mi marido y ahora puedo sentir que mis hijos también me controlan.
Todo esto me asfixia, en cada cosa que hago siento que se me va la alegría, ya no sé sonreír, siento que vivo en un infierno rodeada de demonios que torturan mi alma. Pensé en el suicidio, pero soy muy cobarde para hacerlo.
Lo único que me queda es buscar esta ansiada libertad en mi mente, en mi imaginación, por ejemplo fantasear en cómo renunciar a mi trabajo y envenenar la comida de la cafetería para ver morir a todos vomitando sus intestinos; visitar por última vez a mis padres y despedirme iniciando un incendio en su casa, finalmente asesinar a mi marido despedazándolo y preparando de su carne y con mucho gusto una exquisita cena.

EL NACIMIENTO

Los dolores de parto comenzaron a la una de la madrugada, retorcijones que aumentaron en intensidad, no era suficiente gritar y llorar para sacar el dolor fuera, intentar romper la mano de Javier sí. La partera llegó a las dos, una hora y media el dolor la torturó sin que nada pudieran hacer todas las vecinas que le acompañaban. Después de luchar para que aquel niño naciera, a las 3:33,  lo hizo con un imperativo grito que estremeció a todas las que estaban en la habitación.
La partera, al divisar la cabeza del neonato llena de sangre coagulada no vio nada especial además del tamaño desmedido del cráneo; pero cuando lo tuvo entre sus brazos y lo empezó a limpiar, casi se desmaya, nunca había visto una criatura de ese tipo, todas empezaron a gritar y a escapar, dejando sobre la nueva madre al recién nacido; ella orgullosa y con una sonrisa macabra empezó a lamer a su cría.


CONTIENDA

Rumiaba mi problema, recordando cada detalle de aquella discusión, lo que más me dolía era cómo no había salido ni una sola palabra de mi boca, ninguna frase coherente por lo menos. Y claro justo después, las oraciones precisas viniendo a mi mente, argumentos sólidos con los que hubiera ganado la disputa y hubiera hecho callar a mi contendiente. Por eso decidí estar preparada para la siguiente vez, armé en mi cabeza un pequeño discurso firme pero agresivo. En el reencuentro, cuando estuve a punto de soltar todo de una vez, él me besó y lo olvidé todo.

UN NEGOCIO PARA TODOS

Era una tarde de otoño, que pintaba los pasajes del parque de anaranjado y café, cuando Justina se paró con un pequeño cartel que había hecho a mano. Vender sonrisas sería un éxito, podía intuir que la gente lo necesitaba, ella misma experimentó aquella necesidad. Muchas personas que pasaban la vieron mofándose y pensando que era una broma, pero al final del día, muchos de ellos llegaban a casas vacías, que los recibían sin calor de hogar y se daban cuenta que nadie les había sonreído, entonces ya no parecía una locura comprar una sonrisa.
Una mujer la compró escéptica pero cuando recibió aquella sonrisa cálida y sincera sintió que una luz atravesaba su corazón, como si el sol hubiera podido, de alguna manera penetrar su piel; sus propios labios fueron moviéndose automáticamente formando con  sus comisuras un paréntesis y sus dientes asomaron como diciendo hola, esto la levantó más que las píldoras que tomaba para superar un mal día. Así el negocio fue creciendo, cada uno de sus clientes, por diferentes razones, estaba convencido que su inversión diaria valía la pena porque lo hacía sentir bien.
Con tantos compradores, después de un tiempo, Justina se fue sintiendo agobiada,  porque no quería vender sonrisas vacías, sino entregar su corazón en cada una, para lo que se preparaba anímicamente todos los días, esto la apesadumbró y tuvo que dejar su negocio. Sus clientes lo resintieron tanto que la buscaron por todas partes, incluso hubo alguien que publicó su foto como extraviada, sin éxito. Ahora cuando ella camina por el parque vestido de primavera, algunos la reconocen, le sonríen y ella es feliz.

EZEQUIEL

Ezequiel disfrutaba el ocaso en aquella campiña tan diferente a la ciudad. Sintió que la obscuridad llegó como si un manto negro hubiera caído repentinamente. Ahora, la tenue luz de la luna menguante daba al paisaje un halo tétrico. Apuró el paso hacia su alojamiento.
De pronto, divisó un bulto al margen del camino, al acercarse vio un cuerpo descuartizado, al que le faltaba la cara, los intestinos florecían sobre su abdomen y la sangre formaba un charco profuso en la tierra.
Sintió su corazón desbocarse y una arcada formarse en su garganta, corrió pensando solo en ponerse a salvo; lo que le esperaba era peor; encontró, a cada paso, cientos de cuerpos tirados a la vereda del camino, todos expuestos de la misma forma que el primero. Caviló por un segundo, quién o qué pudo hacer aquello y el terror se apoderó de él; al intentar volver sobre sus pasos vio una niña de rostro arrugado, con ojos desorbitados relamiéndose la pequeña boca ensangrentada.

ABSTINENCIA

Debía dejar el café, sintió que podía lograrlo, pero mientras pasaban las horas era cada vez más difícil; no soportaba los dolores de cabeza, el sueño a todas horas ni las pesadillas que lo angustiaban. Pero todo llegó al límite cuando en un sueño se vio en medio de la nieve, sin un refugio a la vista; de pronto un embriagador aroma a café lo condujo hasta una taberna alejada, allí rogó por un café irlandés. Cuando tuvo la taza enfrente y trató de tomarla emergieron de la mesa, como de un pantano, unas manos obscuras y húmedas que tiraban de su café para no dejarlo beber aquel elixir deseado, peleó con ellas derramando todo, enfurecido sacó una navaja y las apuñaló una por una, creando un charco de sangre.
Despertó exasperado, vio sus manos ensangrentadas. No podía ser verdad, corrió al baño a lavarse y tirar la navaja. Sentía que el intenso dolor de cabeza volvía y que todo su cuerpo, especialmente sus manos empezaban a temblar, bajó desesperado por un café, cuando estaba a punto de beberlo golpearon estruendosamente su puerta: ¡abra, es la policía!

MIS LLAVES Y YO

Estoy llegando a creer que mis llaves tienen vida propia; estoy segura que todo el tiempo me juegan bromas escondiéndose por todo mi departamento. En las noches me las imagino caminando, usando sus cuerpos con dientes como piernas, las veo contonearse con sus cabezas redondas y triangulares; las más modernas, las que llevan un forro de plástico de colores son las líderes, las que encabezan la sublevación en mi contra. Los pequeños agujeros que tienen en medio de sus cabezas, me hacen pensar en el ojo de un cíclope, inmenso y que todo lo ve; con ellos me ven mofándose cuando estoy a primera hora de la mañana buscándolas para salir corriendo a la oficina, mientras ellas escondidas muestran sus dientes cuando se ríen.
En vano, afanosamente, clavé un portallaves sobre la mesita del teléfono y dejé un plato debajo del espejo a la entrada del departamento, nada de esto me salvó, las sigo perdiendo o en realidad, como yo creo se siguen escondiendo y riéndose a mis espaldas.
Me enteré sobre un artefacto que contenía un control remoto, a través del cual se emite una alarma y las llaves se encuentran fácilmente. Pensé que podría ser mi salvación. Lo compré decidida, pero al día siguiente usé el control, presioné el botón y en todo el departamento, a pesar de un silencio profundo, no se escuchó ni un solo sonido; otra vez me ganaron; entretanto, en medio de una tonelada de ropa que ahogó el pitido del artefacto, ellas, de nuevo, riendo y burlándose de mí.

***
Eliana Soza Martínez nació en la ciudad que está más cerca del cielo, Potosí – Bolivia, en 1979. En la carrera de Comunicación Social conoce a Lidia Valverde, que le abre las puertas hacia el mundo de la literatura. Así conoce a su más grande inspiración, Julio Cortázar. En 2017 participa en la “Antología Iberoamericana de Microcuento”, compilada por Homero Carvalho. En 2018 es parte del libro colectivo “Armario de letras” de la Editorial Caza de Versos de México; también del libro “Sombras en la Obscuridad” de la REED Potosí (Red de escritores Potosinos). De mayo a julio, seis microcuentos son seleccionados para su publicación en la Revista española Historias Pulp "Paradojas" y “Onomatopeyas”. En junio publica su primer libro de cuentos “Seres sin Sombra”. En julio junto a la Editorial Soy livre publica la antología de cuentos de terror “Macabro Festín” y es invitada en el I Encuentro Internacional de Microficción de la Feria del Libro en Santa Cruz y en agosto a la Feria Internacional del Libro en La Paz.  De julio a septiembre sus cuentos fueron publicados en revistas literarias de México, Argentina, Chile y Colombia.


Milton Puga: «Hippo»


 
Foto: Beso Gulashvili / Georgian Prime Minister's Press Service via European Pressphoto Agency


Hippo

Estos últimos días ha llovido mucho por aquí. El río que pasa cerca de la ciudad se desbordó y siguió su curso por las calles de la ciudad. El torrente también llegó hasta el zoológico.

El nivel del agua subió tanto que muchos huéspedes salieron flotando por encima de la reja, como si alguien los hubiera tomado en brazos para liberarlos de su aburrido encierro. En cuanto estuvieron fuera, todos fueron a dar un paseo por el centro de la ciudad. Avestruces, monos, osos, tigres, cocodrilos, leones, elefantes... y yo.
Muchos lamentan que calles y plazas estén cubiertas de barro. Para mí es el paraíso. A pesar de mi tamaño y mi aspecto imponente, tengo la piel muy delicada. Todos los días me doy baños de barro para protegerla y mantenerla tersa y suave. No es vanidad, es un imperativo fisiológico.
Justo aquí, delante de la tienda, se ha formado un gran charco. Creo que voy a tomar un baño ahora mismo. Y después voy a entrar a probarme un reloj. Siempre me han gustado los relojes de marca. Tengo la muñeca un poco ancha, pero seguro habrá una correa que le calce.
Apuesto a que ya vieron al hombrecito que intenta ocultarse torpemente tras el árbol. Cuando menos lo espere, le voy a dar una gran sorpresa. Tal como hizo mi amigo el cocodrilo cuando trataron de llevarlo de regreso al zoológico. En cuanto sonrió, todos salieron corriendo. Tiene una dentadura perfecta. Y es terriblemente simpático. Igual que yo.


Viuda

Era el experto más renombrado de la Facultad en los mecanismos reproductivos de los arácnidos tropicales. Los especímenes que atesoraba en el terrario que había construido en el jardín de su casa eran una leyenda viviente.

Al examinar un insecto es fácil prescindir de cualquier consideración y atravesarlo sin más con un alfiler entomológico. No obstante, si el objeto de estudio es una Phoneutria fera, la veloz tarántula corredora del Brasil, la actitud del observador cambia, necesariamente.
Su veneno puede matar a un varón recio y bien conformado en menos de dos horas. No existe ningún antídoto. La mordedura produce contracciones musculares y respiración anhelante, culminando con un espasmo terminal y muerte por asfixia.
Con todo, el veneno, en cantidades moderadas, se ha usado para remediar el vergonzante síntoma de un penoso trastorno de la condición viril.
Quizá éste fue el origen de los insidiosos rumores que corrían en la Facultad.
Aludían a las atenciones que el profesor prodigaba a sus estudiantes más agraciadas.
Sólo la envidia podría atribuir semejantes intenciones al hecho que el profesor invitara con regularidad a algunas alumnas a tomar el té. En tales ocasiones, además, siempre estaba presente su esposa.
Luego del accidente todo cambió. Probablemente él se confió demasiado al manipular uno de los especímenes más agresivos.
El terrario fue desmantelado y la viuda del profesor se mudó a otra ciudad. En todo momento demostró ser una mujer de gran carácter. Durante las exequias, enteramente vestida de negro, irradiaba un aura de severa dignidad.


Appassionata

Yo contaba con su devoción por la música. Y por mi esposa.
Me las arreglé para que ella misma lo convenciera.
Sería una acción de arte. Esa clase de extravagancias habían cimentado su fama. Más que talento, tenía un apetito voraz por la novedad.
En una playa debía interpretar una de sus composiciones en un piano, mientras éste era consumido por las llamas.
Él ya estaba vestido con un traje de asbesto cuando el público comenzó a llegar. Al caminar en dirección al piano, la gente lo aplaudió.
Se sentó frente al teclado y se ajustó el casco. Rechazó los guantes. Como estaba previsto, con los primeros acordes se activó la combustión y el piano comenzó a humear. Instantes después una lengua de fuego asomó bajo la caja de resonancia.
Él apuró la ejecución. De pronto, una llamarada envolvió la cubierta. Instintivamente él se apartó del teclado, sin dejar de tocar. Estaba completamente poseído por el éxtasis de la vanidad.
A esas alturas, las cuerdas y los martillos, deformados por el fuego, habían transformado la vibrante melodía inicial en una pesada monstruosidad.
Cuando los parlantes instalados en la playa sólo reproducían el sonido de la madera crepitante y él parecía un mimo patético imitando a un pianista, una llamarada violenta lo lanzó de espaldas.
Ya no se movía. Mi esposa corrió junto a él. Minutos después los paramédicos anunciaron que el insigne artista había muerto. Paro cardiorrespiratorio fulminante. “Ars longa, vita brevis”, pensé, mientras confortaba, sin éxito, a mi mujer.


B 612

Atrás quedó el hogar, las tristes discusiones, el despecho. Atrás quedó Consuelo. Sobre el desierto todo lo que se nombra nace del silencio. Entre oasis y ciudades, a mil millas de todas las regiones habitadas, volando a treinta mil pies, es posible alcanzar la eternidad. “Tú serás para mí único en el mundo”, dijo. Los relojes se detuvieron. En la soledad del vuelo, la Tierra es la mansión de los hombres. Unidos por una sonrisa, buscan el mar. Última misión. En el último día de julio, vamos andando juntos por calles y por islas el niño, el zorro y yo.


A las puertas del cielo

Todos venían del mismo lugar. Todos hablaban el mismo idioma. Todos tuvieron la misma idea. Nada les impediría alcanzar su propósito. La palabra era el cimiento de su obra. Encendieron fuego, cocieron ladrillos, alzaron andamios y comenzaron a construir. Día y noche se afanaban entre cuerdas y poleas. Con entusiasmo se daban instrucciones, compartían cifras y símbolos. De mano en mano pasaban escuadras y plomadas. Algo más fuerte que el alquitrán unía las palabras a las cosas. Al amanecer del último día, justo antes de colocar el último ladrillo, a un palmo de tocar el cielo, los envolvió el silencio.


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Estas aguas hablan de arriesgadas travesías y de héroes audaces; de la ira de los dioses y de un hombre empeñado en regresar a su hogar. Ahora muchos han debido abandonar el suyo, convirtiéndose en protagonistas de una nueva odisea. El cruce es difícil y el horizonte parece muy lejano. Por dos mil euros es posible hacer el viaje. Él terminó boca abajo en una playa, cerca de un exclusivo resort. Parecía dormido, con la placidez de los niños cuando sueñan. Vestía una polera roja y pantalones azules. Aún tenía sus pequeñas zapatillas puestas. Una imagen vale por cien palabras.


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Milton Puga

Rancagua, Chile, 25 de noviembre 1960.

Profesión: Diseñador Gráfico.

Oficio: Publicista.

Vocación: Lector que escribe.

Desde diciembre de 2011 reside en Temuco, en La Frontera del Reyno de Chile, donde asesora a empresas e instituciones en gestión de marca y comunicación estratégica.

Un libro publicado: Amanecer, Sudamericana, 2003; doce relatos de ficción.

Tiene la esperanza de publicar pronto otra docena de cuentos con el título Reverso.

Cultiva la microficción.