Microrrelatos de Rubén Pesquera Roa


Rufino Tamayo



Ligera de equipaje


Desde que era pequeña mostró esas tendencias, siempre se ngó a usar gorra, aun bajo el sol más ardiente. Al poco tiempo usó zapatos por última vez y no salía a la calle sino descalza y en ropa interior. Cualquier tipo de joyería, adorno corporal o accesorio le repugnaba. A los quince años se escapó a una colonia nudista donde causó cierto escándalo al depilarse por completo —cabellera y vello púbico incluso— y por extirparse todas sus pestañas y hasta la última de las uñas. A diario dedicaba un par de horas a tallarse con estropajo y piedra pómez.

La vi hace un par de días, era un cuerpo cubierto por sólo una marcada masa de músculo de entre cuyas estrías —aquí y allá— escurrían minúsculas gotas de sangre. Iba a dirigirle la palabra, mas se sacó el corazón de entre el pericardio fibroso y lo miró con apuro para acto seguido regresarlo —coronarias y venas también— a su lugar. Supuse que iba con retraso y dejé que se fuera.



Suceso

Hace dos meses, la Luna se cayó del cielo y se hizo añicos. Acabo de ir al sitio del impacto, ya cuando el ejército ha levantado el cerco. No hay mucho que ver, sólo quedan los cachitos más pequeños y mucho polvo, pero pude adquirir un trozo de regular tamaño con uno de los vendedores de baratijas que pululan en el lugar. Lo he comprado como por inercia y quizá fui víctima de la mercadotecnia: no entiendo mucho por qué, si desde aquí abajo parecía de plata, sus restos no son sino de un gris parduzco más bien oscuro. En fin...



Medias de seda

Llegó a Perisur desde temprano. Ha pasado horas mirando escaparates, como cada sábado antes de regresar a casa para una noche de sexo culpable. La plaza está llena de hombres que hacen lo mismo, excepto algunos que caminan en parejas o que, solos, buscan un obsequio para su amado. ¡Cómo los envidia!, él intentó hacerlo dos veces, una cuando adolescente y otra un par de años atrás. No funcionó.

Compra un juego de medias negras de lycra y otro de nylon invisible, al tiempo que se pregunta por qué las anuncian como medias de seda.

Era muy pequeño, por eso no las recuerda, pero ha ido al museo, ahí las exhiben embalsamadas, muchas en ropa interior, con medias y ligueros. Pero están muertas, la nube áurea las mató a todas.

Toma el metro y regresa a su cama donde, entre catálogos de lencería y una centena de medias de seda, se masturba tres o cuatro veces. Después se emborracha.



La lagartija de plata


La soberana quiso que le forjaran la más preciosa de las joyas: una lagartija de plata. No sólo eso, ordenó que le imbricaran alma de platino y espíritu áureo decolorado con paladio.
Durante décadas, los alquimistas del país lucharon por incorporar la mayor cantidad de materia en cuanto recoveco de manifestación probabilística electrónica encontraron disponible. Luego, y en atención a un nuevo capricho, apretujaron, en las regiones intersticiales de los ojos de esmeralda, una pléyade de rubíes y zafiros en matriz de buckminsterfullereno.

Cuando se presentó la quimera argentina, venía dentro de un cofre de martensita y plomo, barnizado con neutronium. La Reina levantó la tapa y tomó el pequeño objeto que flotaba sobre aquella solución de deuterio en superfluido gaseoso. El salón del trono emanaba sutilísimos efluvios con aroma a desintegración beta, rayos gamma y vapor de tritio.

Después, todo fue llanto cósmico y crujir de quarks.



Pesadilla en Idrighreb



Tienen serpientes en lugar de brazos.

Las venas del cuello se les hinchan

también como serpientes para asfixiarlos.

Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos ~ Jaime Sabines



Hoy hace un año que quemó a las brujas, y regresa al lugar del holocausto. El erial se ha poblado de rosales silvestres —uno por cada condenada— y están a reventar de escaramujos. El inquisidor Sosa González se arrastra hasta donde ardió Lida y comienza a devorar los frutos en un frenesí que no puede controlar, mientras que las espinas le flagelan las carnes y el alma.

Al anochecer busca refugio junto a una roca, y sueña que sus brazos se convierten en serpientes y que las venas del cuello se le hinchan y también son serpientes. Lo visitan imágenes de los gritos de espanto tatuados en el humo de las piras sacrificiales.

De madrugada le llega un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas.

Se quiere morir, no puede. Se aleja dando tumbos y suplicando misericordia, deja un rastro de sangre y lo persiguen las últimas palabras de la hechicera: «Nunca dejarás de desear, ni después de muerto, mis sagradas formas».



Crimen perfecto

Lo consumía el prurito de contárselo a alguien, aunque sabía que eso sería su perdición. El viernes, en la tertulia, explotó como una bomba. Contó todo, sin que faltara un solo detalle: motivos, oportunidad y medios, cómo se había salido con la suya y por qué nadie sospechaba de él. Sus amigos se desternillaban de risa al oírlo jurar y perjurar su culpabilidad. Cuando vio que no tenía forma de probar que él era el asesino, entendió, horrorizado, que había cometido el crimen perfecto.



El testamento de Peeping Tom

—Sí, señor..., soy yo y no, no me quedé ciego, ¡puros cuentos! Se me concedió la visión más hermosa que mortal alguno gozara, vi a Lady Godiva cuando su famosa cabalgata.

—Mercado de Coventry, 31 de mayo de 1043: No menos de tres mil personas asistieron, dispuestas a mantener la cabeza baja y los ojos cerrados mientras su heroína montaba desnuda tan brioso corcel. El único que se atrevió a mirar fui yo, y no me arrepiento, tenía trece años y era aprendiz de sastre. Juré nunca decirle a nadie, pero ya no importa. Por eso, Padre, ésta es la primera vez que confieso mis pecados.

—Ella me guiñó el ojo, y hoy traigo a la tumba el recuerdo fulgurante de aquella diosa de esplendor: lucía el más elegante de sus vestidos, de finísimo tisú, toda engalanada con sus joyas y los guantes de cabritilla acariciando la brida.



***


Rubén Pesquera Roa (México, DF), estudió biología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Dice que no es escritor: escribe, sobre todo relatos mínimos. Tiene también algo de poesía, aforismos y otros cuentos. Ha sido coordinador del taller de minificción en La Marina de Ficticia (ciudad virtual de cuentos e historias), y un día al mes colabora en la revisión de textos de sus conciudadanos. En la vida real hace otras cosas: cultiva hongos y mantiene un vivero. 
 
 

 


 

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