"Estampas", por Azucena Franco

Jan Saudek



Estampas




Estampas de sábado por la tarde. Jugando ruleta de feria acaban sin ropa, las copas a un lado, el vino tirado, los labios vehementes pretenden abarcarlo todo.



Sus brazos: una promesa, persigue la boca, impone silencio, acaricia cuello, hombros, conoce de tiempo lasciva mirada, aun así se estremece. De norte a sur, las otras manos abarcan montañas.



La materia sobrepasa al propio cuerpo, en el ajetreo las molduras rebasan los límites, la figura delineada, mero sofisma.



Rechinan troncos, se estremecen, la hamaca se mueve vertical, por aquí nadie conoce la palabra incómodo, al fondo se oye el mar.



Ritmo cadencioso, pausado al tiempo, gozando ese momento. De súbito una urgencia impera, mandato del cuerpo: sin mayor demora consumar desenlace.



Lo derrama, la inunda.



La Tierra se formó y transitó por las eras, toda la energía y la historia del mundo fueron hechas para que el tiempo y el espacio en este instante converjan.

***

Azucena Franco. Mexicana, estudió la Licenciatura en Historia y es Maestra en Letras Latinoamericanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; es coautora de MicroBerlín. De minificciones y microrrelatos, ¡Nocauts! Microrrelato internacional de boxeo, Imaginarios de papel, la edición mexicana de ¡Basta! Cien mujeres contra violencia de género, ha publicado en diversas revistas y blogs literarios; ha presentado ponencias en congresos nacionales e internacionales de minificción. 

Microrrelatos de María Belén Aguirre


Joan Miró



Paradoja I



A veces, para alejarte de mí, fingía odiarte. Encarnizada y ominosa excavaba tus defectos hasta hallarlos. Un día dijiste: “para perderme será mejor que me ames sin rodeos”. Y fui feliz mientras pude.


(A Claudia Nicolini)


Amor filial


Prisioneros en el Palacio del Hambre, el Conde Ugulino y sus hijos —las entrañas vacías y ruidosas— se miraron. El mayor de los niños extendió su brazo hacia el padre; y sabiéndose sabroso exclamó:

—Buen apetito, papá.


(A Marisa Pilán)



La carta circular


Hijo, te estoy creando. He comenzado por las manos. Si todo marcha según tengo previsto, mañana por la noche tu brazo derecho girará sobre tu perfecto, redondeado hombro. Si ninguna dificultad sobreviene, estarás conmigo a comienzos del invierno, el año próximo.

Tu padre que te ama.

Jorge Luis.


(A Ada Porcel)




Sumimasen


Vos leés entre líneas las acciones que yo escribo. Vos conocés de mí más de la cuenta. Para agradecerte la osadía de saberme, he inclinado la cabeza a la manera oriental. “De nada”, me dijiste.



Otros pájaros


Este pájaro ha querido suicidarse varias veces. Lo he visto replegando sus alas a propósito, desde la cima. Como vos, la noche que dijiste “está viciado el aire de esta casa”; y te lanzaste.



El enano


Colecciona objetos en miniatura, riega con esmero su bonsái, detesta la alta cultura. Se ha procurado un mundo a su medida.



Ofelia


Tal vez debí decirte que era tarde. Ahora que Caronte te ha traído hasta mí, has sentido la caricia del agua flotar y el turbador golpeteo de los remos allá abajo.

También entre los muertos, mi cielo, se cuecen habas.


***

María Belén Aguirre (Tucumán, 1977, Argentina)

Es narradora, guionista, poeta y gestora cultural. Desde 2002 ha obtenido diversos premios y menciones en concursos de cuento y poesía locales y nacionales, habiendo publicado poemas, artículos literarios y cuentos en antologías latinoamericanas y en varias revistas culturales impresas y digitales. Ha guionado documentales y ficción para cineastas zonales. Su novela "Viaje a Lituania" (Brillovox, 2009) ha sido traducida al italiano, francés y portugués; está en proceso su edición en esos idiomas y su reedición en castellano; compiló y prologó "Autores y/o textos inéditos por sí mismos" (2011); representó a Tucumán como poeta invitada en ArteBA 2011 y en el 1º Encuentro Internacional de Microrrelato (Santiago del Estero 2011). En 2009 fundó y desde entonces dirige la Biblioteca Parlante Haroldo Conti, institución de difusión cultural orientada a personas con capacidad visual disminuida. 
 
 

VIII Jornada de Microficción





VIII Jornada de Microficción



42 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Sala Roberto Arlt.

Jueves 5 de mayo, 18:30 hrs.




PROGRAMA


• Presentación de las Jornadas. A cargo de Raúl Brasca.

• Homenaje a Jorge Ariel Madrazo, Alberto Ramponelli y Mario Grabivker.

• Mesa de lectura de microficciones: Gilda Manso – Daniel Frini – Patricia Nasello – Agustín Marangoni – Leonardo Dolengiewich.

• Microficciones enlazadas: Juan Romagnoli – Saurio – Sandro Centurión.

• Microficciones orales, para el oído de la dama y la oreja del caballero: Fabián Vique.

• La microficción y sus autores: Pablo Montoya – Pía Barros – Andrés Neuman - Ana María Shua.

• Mesa de lectura de microficciones: Orlando van Bredam – María Rosa Lojo – Nestor Tirri - Rogelio Ramos Signes.

• Micronoticias

• Lectura final: Microficciones de Pablo Montoya – Pía Barros – Andrés Neuman - Ana María Shua.

Dirección General: Raúl Brasca.

Coordinador: Martín Gardella. 
 
 

Microrrelatos de Belén Lorenzo

Elliott Erwitt

EL OTRO BIG BANG

En un momento indefinido, la población comenzó a replegarse. Ocurrió sin una señal de alarma por nuestra parte, como algo inevitable que asumimos sin cuestionar. Vimos cómo las nuevas familias tenían cada vez menos hijos, pasando de cinco a cuatro, a tres, a dos, a uno. Ésa cuenta atrás nos llevó al cero. Ahora que somos tan pocos, nos preguntamos qué pareja llegará al final: qué Adán, qué Eva.



CERTIDUMBRES

Una línea es una longitud sin anchura.
Los extremos de una línea son puntos.
La distancia más corta entre dos puntos es la línea recta.
No hay manera de acercarnos.




CUESTIÓN DE ÁNGULO

Todos coincidieron en describirlo como un hombre recto. Es cierto que nadie lo definió nunca como un obtuso, pero también que no destacó por ser especialmente agudo. Poco más se puede afirmar de esta persona que decidió dar un giro de 180 grados a su vida, rompiendo así todos los cálculos.



ANCIANO-ATLANTE

El peso del mundo doblega sus hombros.



EN FAMILIA

Apenas salían de casa. Preferían permanecer juntos en la sala de estar ausentes.



FOBIA

Me da miedo quedarme sin



OBLIGACIONES

Plantó árboles para compensar que sus hijos fueran libros.



UNA PREPOSICIÓN INDECENTE

Los casos de corrupción dejaron a la palabra sobre bajo sospecha.



FANTASMAS

A veces se le aparecen recuerdos.



VARIANTES DEL CUENTO ‘EL DINOSAURIO’, DE AUGUSTO MONTERROSO

MONTERROSO Y LOS REYES MAGOS
Cuando despertó, sus padres todavía estaban allí.

MONTERROSO Y EL PLAGIO INCONSCIENTE
Cuando despertó en un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, el dinosaurio todavía estaba allí.

MONTERROSO Y FREUD
Cuando despertó, su madre todavía estaba allí.

MONTERROSO Y EL EXISTENCIALISMO
Cuando despertó, su vida todavía estaba allí.

***
Belén Lorenzo (La Palma, España, 1980)
Historiadora del arte y musicóloga, ejerce profesionalmente como archivera. Mantiene los blogs literarios Todas las palabras cuentan y Relatos para leer de pie. Algunos de sus minificciones han aparecido en antologías y en publicaciones digitales como 'La esfera cultural', 'En sentido figurado', 'Revista Periplo', 'Microfilias' y el fanzine 'Ruido'. En 2015, participa como autora invitada en el VI Encuentro de Escritoras de Microrrelatos, organizado por Yurena González Herrera y Daniel Bernal Suárez en la isla de Tenerife, y en el I Simposio Canario de Minificción realizado en la Universidad de La Laguna. Ha publicado los libros 'Breve historia de un cuento que soñaba con ser un título' (Cartonera Island, 2014), 'Leo en las calles' (Fundación Mapfre Guanarteme, 2016) y 'Leyendas de La Palma' (junto al pintor Alexej Dvorak y el investigador Manuel Poggio Capote; Cartas Diferentes Ediciones, 2016).


Microrrelatos de José Rodríguez Infante

En Artbox




Hombre pegado a móvil


Se levantó por la mañana y notó algo extraño en la oreja; como aún no estaba bien despierto, no tuvo fuerzas para mirarse al espejo, así que encaminó sus pasos a la cocina, preparó la cafetera y mientras templaba la leche en el microondas, se acordó que tenía que llamarla. Puso la cafetera y preparó la tostadora, descolgó el teléfono pero no se acordaba del número: necesitaba el móvil para mirar en la agenda; el microondas emitió un pitido, volvió a darle, colocó la rebanada de pan, se fue al salón a buscar el móvil, olía a café recién hervido; no aparecía el móvil, se fue a la salita y desfondó el sofá; la tostadora lanzó las rebanadas de pan en la encimera, en la cocina olía a café requemado, volvió al dormitorio y buscó entre las sábanas y el edredón; se le estaba pasando el hambre. Se fue a la ducha y escuchó un fuerte chasquido como de explosión, abrió el grifo pero reaccionó rápido y corrió a la cocina: cortó directamente el térmico del cuadro eléctrico, cerró el grifo de la ducha y volvió a meterse en la cama tapándose la cabeza con un cojín; en ese momento sonó el móvil, se activó el reconocimiento de voz y allí estaba ella. Por fin sus músculos encontraron laxitud.



Huellas


Tan humano es sentirse joven como andar por el mundo reflejando en el rostro el paso del tiempo. Su caminar es pesado, ¿porque las varices no perdonan o porque dejó en la cama al hijo que aún hay que mantener? Viste chaqueta de cuero, pantalón de felpa y bufanda de lana reliada al cuello; pasa junto a la falsa acacia y parece tener clavadas cada una de las espinas, que el árbol despliega de forma airosa. ¿Cuánto tiempo hace ya desde que el marido quedó postrado en la silla? Sus manos están descuidadas, pudieran ser las de un varón si las sacásemos de contexto —observándolas lejos del brazo—. ¿Qué quiere decir la radio con eso del día de la mujer trabajadora? Mañana cambian la hora, pero es mentira, al día siguiente volverán a ser veinticuatro y le seguirá faltando una para poder llegar a fin de mes.



El semáforo


El semáforo se pone en verde y le da a las mujeres jóvenes diez segundos para que puedan cruzar la calle. Todas cruzan. A continuación cinco segundos para niños acompañados. Una madre se entretiene y se le agota el tiempo en mitad de la calzada; la primera moto en arrancar por poco la atropella; rugen los motores y quedan petrificadas, faldas al aire: cinco minutos de calvario. Ahora se pone rojo para los vehículos y le da tres segundos para que crucen las bicicletas: la madre sigue impasible. Los diez segundos siguientes son para ancianos o gente impedida; el niño se desespera y arranca a correr hacia la acera, la madre levanta los brazos y corre tras él. El semáforo vuelve a abrirse para los vehículos a motor. Un guardia se interpone entre la madre y el niño, y se dispone a multarla por haber atravesado la calle cuando no le correspondía. La gente forma un corro en torno a ellos, el guardia se siente presionado y decide pedir refuerzos. Mientras tanto el semáforo a lo suyo: ahora le concede veinte segundos al público en general.



Hombro con hombro


Ella sale del portal con la bufanda al cuello y el portafolios sobre su pecho como protegiéndose de algo. La mirada lanzada al suelo mostrando el suave colorido que ha puesto en sus ojos. Él espera como cada día, una mano en la bicicleta y la otra dispuesta a encontrarse con el suave tacto de la amada. El portal es indiscreto y hasta volver la esquina no pondrá su brazo derecho sobre los hombros de ella, en la que se acurruca tímidamente tratando de mantener la compostura. Hablan suave, silabean, con la mano izquierda dirige el manillar de la bici, tratando de que los pedales no le den en la pantorrilla. La noche ha sido muy larga, como todas, y los ahorros van bien; ya queda menos para que se efectúe el sorteo de las viviendas, y con un poco de suerte y otro de promesas municipales, pueden conseguir que se acorten los plazos para ese ansiado momento. Mientras tanto ahí están cada mañana caminando hombro con hombro.



El velo


Volaba por el espacio confundido con una hoja de periódico; se fue a posar en la cabeza de una anciana que entraba en la iglesia que se distraía leyendo la frase “para hablar con Dios no hace falta el móvil”. A la salida del culto, un remolino le hizo recuperar el vuelo y se lanzó a la aventura junto con una bolsa del Lydl. Se alejó por tejados y azoteas descendiendo suave hasta posarse en el tocado de una novia, que salía del coche nupcial para iniciar la sesión de fotos en el parque. La emoción del momento le hizo pasar desapercibido, ni el novio —que se fundía ojos con ojos—, ni el fotógrafo —que preparaba el teleobjetivo—, se dieron cuenta de la llegada del intruso, hasta que la madre (de la novia), se percató del evento, lo estrujó entre sus manos y lo lanzó todo lo lejos que pudo; quedó prendido entre las ramas de un paraíso hasta que un día —como si nada—, cuando pasaba por debajo del árbol Aziza, cayó sobre su hombro acariciándole suave el rostro.



El chicle


Tiene el pelo lacio de color castaño, recortado sobre los hombros. Luce falda de tablas por encima de las rodillas, calcetines largos de color azul oscuro y zapatos negros. Cuando no fuma mastica chicle sin parar, mientras consume la distancia que separa su portal de la verja del colegio. Siempre va sola, camina de forma garbosa tratando de imitar a las chicas de las pasarelas, sólo que en lugar de lucir delicados modelitos de alta costura, luce una mochila llena de libros que le hacen doblar el cuello hacia un lado, para contrarrestar el peso de la cultura en el hombro contrario. Al dar una calada, baja la mirada, para que se vea su buen gusto en el rimel. A nadie mira a los ojos, pero se sabe observada y eso le basta y le sobra para complacer su ego. Durante el trayecto suele sonarle el móvil dos o tres veces, y puede oírse su cálida voz contestar con firmeza y sin el menor atisbo de rubor. El obrero de casco amarillo tiene agotado el repertorio de frases ocurrentes, y aunque sus compañeros le animan para que no decaiga su ímpetu, ya está pensando bajar a la calle y esperarla a pie de obra, para decirle algunas cosas con más intimidad. En su mano lleva un chicle, con el que piensa conquistarla.



Poco antes de partir


Habían aprovechado hasta el último rincón del coche, para que no faltara ni un detalle a la hora de pasarlo bien. En veinte minutos estarían en el lugar de cita donde habían quedado con los amigos. El vehículo estaba aparcado ocupando en parte el acerado, porque iban a salir de inmediato, pero al disponerse a utilizar el mando a distancia —mire usted por donde—, éste no responde ni por activa ni por pasiva, y además como se trate de abrir el coche con otros métodos saltaría, el antirrobo y allí se formaría lo nunca visto: lo último es que se asomaran los vecinos o que acudiera la policía; el bochorno sería terrible y la multa de aquí te espero. Así que había que intentar seguir las indicaciones para cuando le fallan las pilas al mando: tres veces se gira la llave en el sentido de las agujas del reloj, y dos en sentido contrario, ¿o era al revés?, ¿o era cuatro veces en un sentido y una en otro? O al contrario. Los veinte minutos se consumen y otros veinte y el sudor se marca en la camisa. Y a la hora y tres minutos después del primer intento, se produce un hecho insólito: la abuela, que se ha quedado en casa, juega a salir de viaje con las llaves de repuesto. El hombre tira del móvil para avisar a los amigos del problema que tienen encima, se equivoca y marca el teléfono de la abuela; ésta contesta y sin querer presiona el botón del cierre centralizado en la llave de repuesto. La mujer toca la empuñadura de la puerta del coche por hacer algo... Y ésta se abre. ¡Aleluya! Acababan de inventar el método de apertura de puertas en la distancia. Lo malo es que nunca se enteraron de la autoría del descubrimiento.



Círculos concéntricos


Los niños jugaban en la calle formando un corro cogidos de la mano. En el centro otro círculo más pequeño giraba y cantaba una canción ancestral de la sabana africana; utilizaban un dialecto de difícil comprensión. Los de fuera respondían a lo que parecían preguntas llenas de musicalidad. En un momento dado se produce un intercambio de niños de dentro afuera y cambia la música; ahora tiene aires sudamericanos. Se entiende. Sigue el juego de las preguntas y nuevo intercambio, ahora hasta de cinco que pasan al círculo interior. Suenan aires de sevillanas. Todos se sueltan de las manos y bailan en parejas sin perder el sitio en los círculos. La letra implica pregunta, que al responder conlleva un nuevo trasiego de niños de fuera para adentro. Las voces se vuelven toscas, rudas y marciales, con los brazos entrelazados bailan como si estuviesen en la estepa rusa. Una voz sobresale y en un momento dado forman una piña multicolor, que se desgrana en un mar de risas. Suena el silbato de uno de los monitores y corren bulliciosos hasta la puerta del bus escolar. Hora de regresar a casa.



***

José Rodríguez Infante, nace en Paymogo (Huelva) el 12/08/1951, escritor por afición, bloguero y autor de numerosas obras tanto en narrativa como en poesía. Colaborador de revistas y prensa diaria, donde tiene publicado algunos escritos.

Profesor E.G.B. Oposita a la Diputación de Sevilla y trabaja como administrativo en el Hospital de San Lázaro de Sevilla.

En literatura, tiene una extensa obra inédita (novela, poesía, cuento), fraguada a lo largo de toda una vida, puesto que siempre le gustó escribir. Tiene publicada las novelas “Trece días” en Publicatuslibros.com, y “Cuando los bosques mueren” en la editorial Amarante. De igual manera ha publicado los libros de relatos “A la sombra de la Encina Gorda” en la Sociedad Pagos de la Sierra y “Una parada obligatoria” en la editorial Círculo Rojo. 
 
 
 

"Tisanas", de Ana Hatherly

Ana Hatherly



Ana Hatherly nació en la ciudad de Oporto en 1929 y murió en Lisboa en 2015. Poeta, pintora y profesora universitaria es una figura muy interesante y fundamental en el panorama de la literatura portuguesa.

Los textos que presentamos pertenecen a su libro Tisanas (literalmente infusiones) consideradas pequeños poemas en prosa o en la terminología actual micro-ficciões.

Estas Tisanas o infusiones lingüísticas comenzaron en 1969, lo que se conoce como work in progress. En ese año se publicaron las primeras 39 Tisanas. Ana Hatherly nos dice: cuando publiqué las primeras Tisanas “ estaba en plena actividad vanguardista, porque en 1666 me había adherido al grupo de Poesía Experimental, ligado al Movimiento Internacional de Poesía Concreta que surgió en Brasil en los cincuenta y en Portugal al inicio de los sesenta”.

Las Tisanas que presentamos en Brevilla pertenecen al libro editado en 2006 por Quimera Editores que contiene las definitivas 463 Tisanas. Todas siguen una numeración estricta independientemente del tiempo en que fueron escritas. La selección ha sido como toda selección: subjetiva y antojadiza.

Traducción de Sergio Astorga.



Tisanas (portugués y Español)

205

Era uma vez um gato preto com uns olhos tão verdes que quando passeava pelo bosque dir-se-ia que era uma sombra em que se tinham aberto dois buracos para se poder ver a verdura do verde.



Había una vez un gato negro con unos ojos tan verdes que cuando paseaba por el bosque se diría que era una sombra a la que se le abrieron dos hoyos para poder mirar la verdura del verde.



103

Sento-me e escrivo. É mi tisana matinal. Penso no acto de escrever. O real é uma retrospectiva: registar recolher nomear esquecer. A mão obedece é uma bobina de seis pontas quando escreve. Esse é o mundo natural do escritor.



Me siento a escribir. Es mi taza de té matinal. Pienso en el acto de escribir. Lo real es una retrospectiva: registrar recoger nombrar olvidar. La mano obedece. Es un carrete de seis puntas cuando escribe. Este es el mundo natural del escritor.



80

Era uma vez uma história tão impressionante que quando alguém a lia o livro começava a transpirar pelas folhas. Se o leitor fosse muito bom o livro soltava mesmo algumas pequeninas gotas redondas de sangue.



Hubo una vez una historia tan impresionante que cuando alguien la leía el libro comenzaba a sudar por las hojas. Si el lector era realmente muy bueno, el libro soltaba algunas pequeñitas gotas redondas de sangre.



404


Quando eu era uma criança a minha avó levava-me a ver filmes de Buster Keaton, Harold Loyd e Chaplin. Nunca me levou a ver Branca de Neve. Foi um erro. Mais como haveria ela de saber que eu estava condenada a viver rodeada de anões?



Cuando era una niña mi abuela me llevaba a ver películas de Buster Keaton, Harold Loyd y Chaplin. Nunca me llevó a ver Blanca Nieves. Fue un error. ¿Pero cómo habría de saber que yo estaba condenada a vivir rodeada de enanos? 

"Lola la parvularia", por Javier Perucho

"Lolita", film de Stanley Kubrick

Lo en el jardín

En las mañanas de cada domingo, tendías un cobertor sobre el césped, deshacías sus arrugas como si plancharas un mantel o tu blusa, luego desanudabas los tirantes para despojarte del vestido y tenderte bajo el sol del mediodía tal cual yo te conocía: blanca del mentón hasta el dedo meñique de tu pie izquierdo. Negras nubes en el pubis, girones más negros en la frente y un cúmulo oscuro y desordenado flotando sobre tu cabeza, coronada por diminutas flores arrancadas del jardín, injertadas por mí mientras te contemplaba, alelado por tu osadía: posar sin corpiño ni braga ante el sol resplandeciente y la mirada azorada de los niños del vecindario que transitaban en sus bicicletas. Si la baranda no te encubría de los fisgones, menos yo podría hacerlo de las miradas de esos mozalbetes, la histeria de sus madres y el ánimo lascivo de los padres que se asomaban al jardín para arrobarse con el nido de aves que resguardabas entre las piernas.


Solicitud

Don Humbert, ¿se lo mamo como chupón? ¡No, mejor como pirulí!
—Ándele pues, Dolores.

Pilosías

¿Por qué sólo bajo la regadera me rasura el pubis, don Humbert? En el jardín justo al mediodía, ¿no podría?


Cabezal

¿Así se llama? ¿Prepucio? Un gusano cara de niño.


Matutina

La chiva expiatoria me solicita su ordeña.



Solitaria

No sé cuándo lo aprendí ni quién me lo enseñó. Ya que don Humbert no me llenaba durante las noches ni con sus turgencias matutinas. Cuando entraba a la ducha y su cálida llovizna caía sobre mi cuerpo, mis manos tentaleaban la grieta de mis piernas hasta que sonreía, hasta que reía, hasta la carcajada profunda de una dicha sin sosiego. Luego enjabonaba el cabello. Con una esponja me esmeraba en mis piernas, brazos, axilas, rostro y manos. Cuando salía, Humbert me preguntaba, Qué tanto hacías ahí dentro, se oía mucho ruido. Nada, le respondía. Y seguía mi camino hacia la recámara para escarmenar y secar ese torbellino que sobrevolaba mi cabeza —así le decía don HH—. Pero antes de vestirme, clausurada la puerta con el cerrojo, el cordial de nuevo husmeaba entre mis labios vaginales, pero sin llegar hasta la carcajada.


Dolores

¿Lola? ¡Lola! ¡¡¡Looo-laaaa!!! Gritaba su madre por el corredor, pero no le respondía, pues ya se atragantaba con el pene de Humbert Humbert.


Prostática

Míster Humbert, ¿por qué su mástil ya no se eriza?


Lugosismos

En luna roja no beba de la fuente, Humbert, ¡¿cuántas veces se lo he pedido?! Qué gusto ése de amamantarse con mi sangre menstrual.


Relevos gringos

Lolita encontró en su alcoba a los amantes. Él era amigo de Humbert. Ella, amiga suya, a quien corrió de la casa a empellones para yacer con el amigo de HH.


Súbditos del miembro

A Lolita lo que es de Humbert; a Humbert, el coño de Lolita.


Novelerías
Cuando Lolita envejeció, se convirtió en la protagonista de una novela sobre nínfulas.


Apunte
Sólo quería que me desearan, anotó Lolita en la única entrada que estampó en su diario.


Duda

Cuando encontró un mechón de canas sobre la almohada, un relámpago agrietó su corazón, ¿y si Lolita me engaña? Si yo siempre le he sido fiel, ¿se atrevería a yacer con otro?


Rojo sangre

¡Te dije que durante los plenilunios de la menstruación no bebas de esa fuente! ¡Cochino!


Silvestre

Cuando se sentaba a la mesa, Lolita botaba el cuchillo, arrojaba el tenedor y la servilleta por la ventana, luego bebía a borbotones de la jarra, antes de atacar el pollo a dentelladas.

Lolita la parvularia

¿Qué quieres hacer el 69 conmigo? ¿No te platicó mi madre en una de esas noches calurosas del verano en que suspirabas, imaginabas y deseabas mi cuerpo mientras la poseías en su alcoba, que nomás cursé hasta el tercer grado en una escuela pública donde apenas aprendí a contar —a costa de azotes en el trasero, aullidos de la profesora y bofetadas maternas— hasta el número cincuenta? ¡So borrico!


La friega

Barrer los pisos, sacudir el polvo de cada mueble, lavar el trasterío mugriento del desayuno, preparar la comida del señor Doble H, soportar su cháchara de profesor durante la sobremesa, ¿qué vida es la mía al lado suyo? Cuando me prometió aventuras, romance, éxtasis nocturnos y servidumbre a mis órdenes. Nada de eso me da, apenas me obsequia contados minutos de sexo en los que trabaja sólo sus venidas, no las mías. ¿Por qué sigo aquí de su fámula?


De la vida conyugal

Ya no hay caricias, sólo me penetra, tiembla y gime. Sin mediar las buenas noches, una caricia o un beso para el buen dormir, se acurruca bajo el cobertor, instantes después se queda dormido, luego ronca. Éste es el justo momento que aprovecho para ponerme el camisón. Ya vestida de seda, toco la ventana del vecino. Mientras llega lo espero con las piernas abiertas sobre el sillón del cuarto de estar, pero no dejo que me penetre hasta que no me haya humedecido con su lengua, dedos y hartos besos esa boca vertical que me regala otras sonrisas en la noche, a veces carcajadas, en otras llanto. 

Pioneros

Yo le pedía variaciones, le insistía cada noche con sus días, pero él era muy testarudo. Nada más se complacía con la grieta que mi pubis oscurece. Por eso busqué nuevos exploradores para que sofocaran los incendios que estallaban en mis grutas, planicies, laderas y colinas.

Imperio del deseo

Después de que me rebozaba la vulva con su semen, le preguntaba al vecino, Con quién duermes, corazón, pero al instante mi dedo fulminaba su boca para responder por él: Dime con quién sueñas y te diré a quién deseas.

Doméstica

Yo esperaba que el pescado chapoteara en el aceite cuando lo arrojaba a la sartén para freírlo. Quería servirle a míster Humbert un guiso sazonado, intenso de sabor y cocido al dente, pero el animal ya no se agitaba.

Sésama

Lola, ábrete, quiero penetrarte.

Lacaya

Él me enseñó a hacer reverencias a su falo y a besarle el glande con el culo destapado.

Retrato

Con que esto escribes de mí, zoquete: “…era una sirena en las aguas verdosas de la tina…” ¡Vete al diablo, Humbert! Jamás creí que fueras un gran escritor, pero al menos descríbeme con la simple realidad de mi cuerpo desnudo en el lecho, que es la única estancia doméstica donde me has recorrido. Nunca en la cocina, ni en el baño, mucho menos han resonado tus pujidos en el jardín cuando me embates para sobrellevar tu monotonía. Únicamente sobre la cama te has aplicado para poseerme. ¿Sirena? Abrase visto semejante pelmazo.

Genitálica

¿Ay, Humbert, por qué cada vez que hablas los genitales se asoman en tus palabras?

Poeta y vago

Si de verdad yo fuera su musa, le pediría que me lavara los pies luego de cada friega doméstica. No le permitiría nunca quedarse ahí sentado trabando palabras que nadie usa. Sus amigos lo llaman poeta, para mí sólo se regodea en los ocios del vago.


Consulta

En uno de sus libros leí mientras le buscaba un lugar en el librero para acomodarlo: “También los tipos mediocres crean a veces grandes obras.” Desde entonces me lo pregunto por las noches y las mañanas en que sales a vagabundear. ¿Quién sabrá? ¿A quién podré preguntarle si en tu caso podrás crear esas obras? ¿Te ajustarás al tipo mediocre?


Parvulismo

Eres como un niño, poeta. Cuando te sientas a la mesa tus pies se balancean porque no se asientan en el piso. Y cuando sales a cazar tus mariposas, te comportas como un infante liberto en el jardín. Y cuando te sorprendo bocetando eso que llamas escribir de reversa, se nota más en tu semblante el alegre fantasma de tu infancia.
De tu cuaderno, copio este palíndromo: “A tu paso rosa puta.” La típica escritura de un infante que aprende la lección.


Reclamo

Le falta brutalidad, don Humbert. Azóteme, gríteme, regañe a su querida —eso soy para usted, ¿verdad?—. Enciérreme bajo llave, pero no me hable con esos melifluos pétalos de voz que no meten a la compostura, ni espantan, ni callan cuando lo ordenan.


Infidencias de Humbert Humbert


Retozaba con Lolita sólo cuando su ciclo circadiano se anunciaba por los cólicos, justo en ese instante olía su cuenca, oteaba sus enaguas y, si mostraban rastros de sangre, me disponía a sorberla por la noche. Mentira que gozara de ella. Conmigo no conoció hombre. Únicamente me importaba su ninfulidad y la sangre virginal que escurría de su vértice, por eso nunca la penetré, ni la poseí por otros frentes. Sangre, virgen y nínfula: una promesa triplicada de vida: la mía. Nada más buscaba su sangre menstrual, que bebía directamente de su fuente, labios embrocados en otros labios. A ella no le gustaba —eso decía, la muy ladina, pero sus pupilas se iluminaban con lujuria gatuna a cada lengüetazo—, mas yo me afanaba hasta que dejaba de arañarme o empujarme o gritarme maldiciones con esa voz de carretonero ebrio para que no sorbiera más de su manantial. Al resistirse felinamente a que le chupara el líquido de su musgo, se intensificaban sus gemidos, espasmos y desmayos. Cuando terminaba su periodo —días de luna, así los llamaba Lolita—, ya en nuestro lecho le daba la espalda a esa mugrienta infanta pedorra. Yo lo único que quería era mantenerme sabio, joven y blanco sorbiendo sus fluidos. Nada más.

*
Javier Perucho, “Lola la parvularia”, en Enjambre de historias, México, UNAM-Naveluz, 2015, pp.


Javier Perucho

Doctor en Letras por la UNAM, Javier Perucho es editor, ensayista e historiador literario de dos géneros menores, una causa perdida y los escritores extravagantes. Sobre los géneros menores, escribió Dinosaurios de papel. El cuento brevísimo en México (UNAM, 2009), Yo no canto, Ulises, cuento. La sirena en el microrrelato mexicano (Fósforo, 2008) y El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano (Ficticia, 2006). En “Escrituras privadas, lecturas públicas. El aforismo en México, historia y antología” dará noticia del aforismo, el otro género menor. De la causa perdida han aparecido Los hijos del desastre (Verdehalago, 2000), Hijos de la patria perdida. Pachucos, chicanos e inmigrantes en la narrativa mexicana del siglo XX (CNCA-INBA, 2001, Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas) y Estéticas de los confines (Verdehalago, 2003); el “Diccionario de escritores chicanos y mexicanos en Estados Unidos, siglos XIX y XX” es una investigación en ciernes. La apología de los escritores raros la inició con el libro inédito “Pedro F. Miret, un raro del otro siglo”, antecedente de su teoría de los raros. Como narrador, prepara el libro Anatomía de una ilusión.
En el Miretario da cuenta de novedades editoriales, cuelga reseñas, celebra efemérides y participa de las noticias culturales, además de ser el recipiente natural de su varia invención; en su columna El Brazo y la Espalda ausculta la historia cultural de los mexicanos de la diáspora, apostilla los acervos literarios de los chicanos y explora las visiones de los “indocumentados” que se desprenden del imaginario cinematográfico europeo, estadounidense y mexicano.