MANUELA VICENTE FERNÁNDEZ:«EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO»

«Memories of dream fragments», by Christine Von Diepenbroek

 

 

EL CAMBIAZO

En el corazón del bosque habita un Robin Hood que juega a menudo con Guillermo Tell. A veces se encuentra con Alicia que duerme su siesta bajo un árbol. Un atardecer pudo ver de lejos a los hermanos de Pulgarcito. Robin es discreto y procura no interferir en las historias de sus vecinos, solo en una ocasión no pudo contenerse y le dio un beso a la Bella Durmiente. Lo cierto es que la princesa se despertó y ahora Robin tensa la cuerda de su arco, apuntando, nervioso, al corazón del príncipe que acaba de llegar al castillo.

LA FOBIA

Sentada en el diván hablábamos de miedos y barreras mentales. Él se hacía el profesional, pero yo le veía dar ligeros respingos a cada puerta que traspasábamos.

―Todos tenemos cuartos prohibidos ―me dijo.

―Los míos están llenos de telarañas ―respondí.

Dijo estar acostumbrado, pero no lo estaba. A cada puerta que abríamos se asustaba más; tanto, que a veces intercambiábamos puestos y él se tumbaba en el diván y era yo quien le guiaba.

Hubo un momento en el que nuestras mentes se confundieron y él se quedó dentro de uno de mis cuartos. Ahora cree que es un insecto atrapado en una tela de araña y yo lucho por liberarlo.

DESIGNIOS

Robé el billete de veinte euros de la cesta cuando el padre Ángel no miraba. Lo necesitaba para comprarle una pulsera a Amanda mejor que la que le había comprado Guille. Faltaba un día para su cumpleaños y llevaba un mes rogando que un billete de veinte euros estuviese al alcance de mi mano.

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

No me di cuenta hasta que fue demasiado tarde de la enorme cantidad de tiempo que había perdido. A fin de recuperarlo me dirigí a la oficina pública de cosas perdidas, pero no hallé ni un mísero segundo desperdiciado del que poder apropiarme. El tiempo no existe, me dijo una anciana desvaída que veía pasar las horas muertas sentada a la puerta de su casa, cuando quise volver sobre mis pasos advertí que el camino ya no estaba.

DISTORSIÓN

Se presenta sin avisar, pero siempre ruidosamente. Esta característica del ruido está a punto de volverme loca. Da igual que sea de noche o de día. Enciende la tele, se ducha alzando el volumen de la emisora de música, habla a cualquier hora por teléfono. Nunca pensé que los fantasmas tuviesen nuestras mismas necesidades. Ella incluso guisa estofado de carne en la cocina y se maquilla en el cuarto de baño. Para asustarla, a veces formo palabras sobre el vaho del espejo y entonces entra en pánico y grita, estrellando mi fotografía contra el suelo.

TRUCO O TRATO

«Se alquila casa con fantasma», decía el anuncio. Al hablar con el dueño me di cuenta de que la oferta era una auténtica ganga, así que firmé el contrato, encantada de la vida. Cierto que el fantasma es un tanto ruidoso, pero a mí siempre me ha dado miedo la soledad así que formamos un buen equipo, además, en Halloween nos iremos de gira por los alrededores y pensamos pasárnoslo de espanto.

SISENÉG

Cuando despertó contempló su cuerpo desnudo. Yacía al lado de la mujer y ambos se contemplaban mutuamente. Retrocedieron, desandando el camino, y contemplaron a las criaturas del agua a la par que veían volar las aves sobre sus cabezas. Siguieron retrocediendo hasta alcanzar la noche y observaron el nacimiento de la bóveda celeste, surcada por las estrellas y la luna. No se detuvieron en su caminar y, en su retroceso, asistieron a la separación de las aguas y a la formación de la tierra. Totalmente absortos en su mística contemplación llegaron hasta el primer día, para ver, maravillados, surgir la luz de entre las tinieblas. Dieron entonces un paso atrás, uno solo, que les bastó para sumergirse en el caos y ver emerger a Dios en su pensamiento.

MUNDO FELIZ

El hogar es ahora un remanso de paz. Muy de mañana abro las ventanas para ventilar las habitaciones, antes de que despierte la ciudad y el ruido inunde las calles. Pasados unos minutos, vuelvo a cerrarlas, para preservar el silencio. Insonorizar la vivienda ha aumentado mi tranquilidad. Practico mi tabla de ejercicios y veo películas que muestran un mundo nuevo. Todo cuánto necesito comprar puedo pedirlo por la web o por teléfono. Estoy de baja por estrés, pero gracias a las buenas costumbres me estoy restableciendo. El otro día, cuando acudí al especialista en psico-robótica sus recomendaciones fueron claras: es imprescindible para mi total recuperación que el humano que vivía antes en esta casa siga cumpliendo la orden de alejamiento.

***

Manuela Vicente Fernández (Ourense/España-1970)

Escribe microrrelato, poesía, ensayo y cuento. Colabora en varias revistas escribiendo artículos y crítica literaria. Socia de AMEIS (Mujeres Escritoras e Ilustradoras), forma parte del colectivo REM (Red Internacional de Escritoras de Minificción). Su obra ha sido premiada y parte de ella publicada en numerosas antologías y revistas literarias nacionales e internacionales. Dirige y coordina el blog grupal de escritura femenina actual Nosotras, que escribimos/Mulleres que escribimos. Ha colaborado con varios cuentos en el Proyecto Sherezade, publicación on line que nace para la difusión del castellano y reúne cuentos de habla hispana de todo el mundo. Escribe para varios medios culturales:  Periódico Novas do Eixe Atlántico, Revista Contrapunto, Culturamas, Moon Magazine y Revista Galerada, entre otros.

 


 

SAID RAMÍREZ: «LOS TERRIBLES BLUES DE GUAYAQUIL»

 




 

Los terribles blues de Guayaquil

Intrincados son los caminos de la creación artística. Stefan Kral, escritor checo radicado en Ecuador, solicita a un fotógrafo mexicano la difícil tarea de crear un Libro de Pequeño Formato inspirado en la identidad de la ciudad de Guayaquil. Esta nanonovela es una historia sobre aquellos que viven el misterio de la creación desde lugares fuera del centro y del orden. Escrita con un lenguaje transparente y con un sentido rítmico de la composición, tan directo como lúcido en su brevedad, Los terribles blues de Guayaquil plantea un viaje singular a partir de una historia aparentemente sencilla, gracias a la cual se atraviesan experiencias sobre el arte y el extrañamiento en nuestra época, siguiendo el verso de José Emilio Pacheco: «El que se va no vuelve aunque regrese».

 

Algunos textos:

 

*

Ayer no pude fotografiar. Lo que quería capturar nada tenía que ver con el Libro de Pequeño Formato y esta cámara no era mi herramienta de oficio sino una plataforma de despegue de mis cohetes iconográficos.

 

*

Desde el centro de Guayaquil, siempre estaba listo para mirar y disparar. Desarraigado, caminante eterno, a veces en bicicleta, sabía observar la ciudad y moverme en ella. Transitaba con destreza entre los soportales de la memoria urbana, así como en los experimentales pasajes del arte. ¡Click!

 

 

*

Una llamada telefónica confundida, que parecía provenir desde más allá del mar, me perturbó y me hizo inquietarme por una nube de testigos ¿Quién era él? Me pregunté antes de dormirme. Esa noche soñé que un hombre moría enredado entre manglares.

 

 

*

La noche anterior me detuve en un punto muerto y exasperado subí a la terraza a pedir una nueva botella de whisky, pues mi imaginación giraba en el vacío como un satélite sin cosmonauta.

 

 

 

Said Vladimir Ramírez Téllez (1991, Guerrero). Es Licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Guerrero y Maestro en Humanidades por la misma universidad. La literatura ecuatoriana contemporánea, en particular la Generación del 30 focaliza el centro de su interés académico. Ha publicado ensayo en revistas indexadas, participado en congresos en diversos estados de la república, y realizado estancias de investigación en Ecuador. Es miembro del comité editorial de La Manticora Revista de Humanidades. Como autor ha publicado el libro de cuentos Como cazar al tigre (La tinta del silencio, 2019). Gusta impartir talleres de cuento y poesía. Actualmente cultiva la pasión por la fotografía, los pequeños formatos y las técnicas antiguas como la cianotipia. En sus ratos libres cosecha los azules del trópico. Su nuevo libro, Los terribles blues de Guayaquil, es una novela que dialoga con el blues y la fotografía, entre México y Ecuador.

 

 


 

NÉLIDA CAÑAS: «DE ZERZURA A ADA KALEH»

 

                De Edenesan - Trabajo propio, CC BY-S


 

Ada Kaleh

Supe de la existencia de Ada Kaleh leyendo a Mircea Cartarescu. Supe después que la isla no fue una utopía, sino que existió entre dos mundos hasta 1970. Tengo el propósito de llegar a ella, aunque sé que yace en las profundidades del Danubio. La imaginación o los sueños obran prodigios. Y cualquiera de ellos me servirá para encontrarla y sumergirme en sus calles donde flotan peces y algas doradas. Alguien que pudo realizar la travesía cuenta que, sobre el limo, todavía  crecen, entre volutas de humo, flores deslumbrantes.

 

Tilcara

Cuando llegó al pueblito de la Quebrada supo que la envolvería para siempre en su  manta tibia de colores ocres. Una manta para dejarse estar, callada y leve, con el rumor del río y el esplendor azul entre los álamos debajo de los párpados. No ha salido de ahí ni por el paso del tiempo, ni por otros rumores ni otros cielos.

 

Uquía

Los paseantes de la Quebrada dirán que el mayor tesoro que guarda Uquía está en su capilla con el altar tallado y dorado a la hoja y en los ángeles arcabuceros vestidos de fino brocado y camisas de encaje empuñando arcabuces. Los ángeles fueron traídos por los jesuitas hace trescientos años con el fin de reemplazar el culto a los astros de los pueblos andinos. He andado sus calles con el cuerpo ligeramente echado hacia delante como sus pobladores y siento que el  tesoro de Uquía está en su casas repujadas por el sol de un pardo casi blanco, en su habitantes desmigajados por el viento, en sus manos gastadas  creando cuencos de arcilla y en las vasijas donde por las noches se mira luna.

 

Rodeados por el fuego

Los árboles se volvieron grises y las mujeres desolaban en capas superpuestas de silencio. Por momentos el aire se tornaba amarillo y era puro ardor. De a ratos, en nubes oxidadas, el aire viraba al rojo. El fuego crepitaba cada vez más cerca. Entonces pude oír a un niño preguntándole a su madre si se quemarían. Sólo abrázame, le dijo su madre, no temas. Cierra los ojos y abrázame. Todo fue un vértigo. La escena se descolgó como un telón debajo de mis párpados y ya no supe si aquello lo había escrito antes o después de vivir aquella pesadilla.

 

Muchacha con jarrón azul entre las dunas

Camina con los pies desnudos por la orilla del mar. El pueblito, rodeado por las dunas, deja ver manojos de geranios. Mientras se aleja ve a la muchacha salir de uno de esos cuadros de arena que forman siluetas móviles. La muchacha lleva una túnica y un turbante como recién pintado por Vermeer. Se detiene. Y la muchacha se acerca con el jarrón azul. No puede sustraerse a la magia. No dice nada, pero toma el jarrón con ambas manos como si le estuviera destinado. Lo guarda todavía entre otras piezas traídas de los sueños. Cuando lo acerca lo suficiente siente el rumor del mar y el deslizarse de las dunas en el viento.

 

Pueblo con eucaliptos

El pueblito tiene un arroyo que forma parte de su  nombre y no trae agua. Los eucaliptos son los guardianes del viento. Sus troncos blancos guardan cicatrices  grises o marrones. El aroma de sus hojas envuelve como un bálsamo. Detrás se desliza la llanura con su promesa de horizontes mutantes. El cielo es el más deslumbrante de los escenarios en la monotonía del verde. Nubes que se transfiguran en animales mitológicos, baobabs  o rostros humanos. Formas que se disuelven en el movimiento. A contra cielo. Si tuviera que nombrarlo diría asombro, infancia, bálsamo.

 

Centro 

El centro de mi existencia no tenía nombre. Se referían a él como el campo. ¡Ah, si hubiera tenido un nombre para bordarlo en los pañuelos y en el orillo de las sábanas! Pero no, era ese espacio monótono de verdor inusitado. Un círculo potente que a veces se convertía en un vórtice que se tragaba todo y nos tragaba. Y eso era todo. Un círculo que se caía por los bordes. Y los vientos. Los vientos cruzando marejadas de silencio. Azotándonos y devolviéndonos al centro de ese verdor y ese desasosiego.

 

El origen de las estrellas

«Detrás de la mirada siempre está el nombre del amor»

                        Claudia Dabi

 

Se habían amado tanto bajo la luz de los álamos que, abrasados en el vórtice de fuego de sus cuerpos, de ellos sólo quedó un polvo iridiscente, girando en el aire y posándose aquí y allá en el cielo distante. 

 

Córdoba, 13 de octubre de 2023

 

Zerzura

En la lenta travesía por el desierto el Conde Almásy busca a Zerzura por años. Para muchos Zerzura, la ciudad blanca o la ciudad de los pájaros, se ha transformado en un mito. Para los viajeros envueltos en tormentas de arena, el oasis arde en sus ojos como una promesa. El Conde Almásy traza coordenadas posibles e imposibles, deslumbrado por aquel milagro. En las noches de fiebre cuando el fuego se extingue sueña con llegar y sentir la frescura de las hojas y el canto de los pájaros. Amanece. En la tienda de campaña el sol cae a pique y crea espejismos. Él toma sus mapas y vuelve  a trazar aquellas líneas, señaladas por el deliro. Ve en lo alto  unas figuras pequeñitas.  Zerzura está cerca, dice. Se pone de pie. Reinicia la marcha. No sabe que más temprano que tarde lo alcanzará la muerte.

 

Manjar de los dioses

El viento olía al depurado aroma del mar. Sal y yodo curando heridas sin que nos demos cuenta. En el puerto, las redes y los peces plateados como luz de luna sobre la piel. Los pescadores llenaban cestos, que llevaban sobre los hombros como una ligera carga. Los niños corrían descalzos recogiendo los peces, que caían o sobresalían por las grietas del mimbre. Esa noche, luego de limpiarlos, encenderían la llama y los asarían con la destreza de un experto. Ah, que delicia separarlos en pequeños trozos y llevarlos a la boca. Morder la carne blanca y tierna. Sentir cómo se deshace entre la lengua y el paladar como un manjar elegido para los dioses.

 Córdoba, 5 de enero de 2024


Mandala

No había salido nunca del pueblito de la llanura cuando llegó a la Quebrada. El ómnibus se detuvo en la terminal cerca de la plaza y allí vio las mujeres del pueblo con sus cestas de aromas: clavelitos, siemprevivas, tamales y humitas. No conocía aquellos sabores ni los rostros de las mujeres tallados por el viento. Tampoco sus mantelitos blancos cubriendo aquellas delicias. Las mujeres tenían una voz dulce y bajita. Le decían: ¿qué va a llevar, doñita? Y ella las miraba como pidiéndoles permiso por estar ahí y no saber de sus ancestros ni de sus historias ni de sus manos laboriosas. Se dejó estar entre ellas y sus polleras de colores. Llevó entre sus manos trémulas ramitos de siemprevivas azules y rosadas y clavelitos rojos. No sabía. No podía saber que allí, en ese centro, dibujaría el mandala más luminoso de sus días.

 

Bósforo

La historia ha comenzado antes. Mucho antes. Cuando ella leyó un poema frente a la hoguera en el desierto. Ahora, Lazlo, la lleva en brazos hasta La cueva de los nadadores. La deja con suavidad cerca de los helechos y el rumor del agua en la penumbra de la piedra. Ella respira con dificultad. Él enciende la lámpara. Le deja su libro de Heródoto donde dibuja los mapas y escribe sus notas. La acaricia con delicadeza. Recuerda cuando detenía su mano en la leve depresión en forma de S y le repetía que aquel pequeño estrecho que se abría sobre su pecho, era su sitio en el mundo.

Mientras se marcha recuerda el nombre: Bósforo. El estrecho que se abre entre dos continentes y recibe agua de dos mares.

No la mira. Repite aquel nombre.

Llora.

Todavía hay luz cuando se marcha.

    

 A Michael Ondaatje

 

Vórtice

Había caminado largamente por el desierto cuando llegó al poema, que un anciano escribía en el empedrado de un parque. Un poema escrito con agua, que se iba diluyendo a medida que el pincel trazaba los signos. El poema hablaba de un hombre que había caminado largamente en el desierto. Las dunas se deshacían en nubes de arena que formaban otras dunas. El hombre fue una imagen ligera. Un vórtice en el poema.

 

 

    (Textos inéditos, 2023)

***

Nélida Cañas, escritora argentina y profesora de literatura. Escribe poesía, microficción, cuentos y ensayos. Ha publicado más de veinte libros. Los más recientes: Respiro un campo de lino -poesía- (Mora & Barnacle, Bs.As. 2023) y Collares de acacia-microficción- (Ediciones del callejón, Córdoba, 2023)

Ha recibido Premios Nacionales e Internacionales: 

Premio Poesía Artes y Letras, Jujuy, 1988, Faja de Honor de Poesía ADEA, Mendoza, 1991; Primer Premio Poesía, UNJU, Jujuy, 1994 ; Primer Premio Nacional de Poesía Walter Adet, Salta, 1997; Premio Nacional de Poesía Marcelo Torelli, Córdoba, 1998; Premio Accésit Internacional de Poesía “Revue la porte des poetes”, Francia, 1998; Faja Nacional de Poesía ADEA, Mendoza, 1999; El agua y la greda, Mención de Honor  de Poesía Luis de Tejeda 2000, Córdoba; Animal de Transparencias, Mención de Honor Premio Revista Lea - Poesía, 2001, Capital Federal; Primer Premio Poesía NOA y NEA 2011, San Miguel de Tucumán. Corolas de caminante Mención en el Premio Nacional Luis de Filippo. 2015. Jurado: Matías Aimino, Teresa Guzzonato y Osvaldo Valli. Organizado por La asociación Santafecina de Escritores (Asde). Sinfonía de Agosto Mención de Honor en el Certamen Nacional de Poesía Quinto Elemento 2021, Hacia Ítaca en poesía y microrrelato (2021), Animal de lo transparencias Mención de Honor en el Concurso Nacional de poesía Homenaje a Alejandra Pizarnik. 2022 Jurado: Rafael Felipe Oteriño, Cristina Piña, Pablo Anadón- Aura entre las sombras Finalista de la V Convocatoria del Premio Rubén Reches 2022- Ruinas Circulares y Páginas de Babel.